EL DETECTOR DE METALES de Bárbara Fernández Esteban

Poco antes del amanecer me había duchado dos veces, había desayunado un té verde, había revisado mi aspecto con ojo inmisericorde y bajaba en el ascensor de mi casa mientras repasaba mentalmente la agenda, el maletín, y el contenido de mi bolso de Prada.

El espejo del ascensor no se atrevió a expresar ningún reproche. Al contrario, me devolvió una sonrisa satisfecha al contemplar mi blusa azulona de manga corta y unos ajustados pantalones blancos sobre unos tacones extensos.

—Buenos días, doña Marta.

—¡Buenos días,… leches! —exclamé antes de que las puertas del ascensor se abrieran del todo y mostraran atónito a Fermín, el portero.

Sin dejar que se repusiera del asombro pulsé el botón para ascender de nuevo a mi casa en busca del abanico que había quedado sobre la mesa de la cocina, junto al azucarero.

Al bajar me repasé de nuevo. Esta vez, el espejo del ascensor me devolvió un semblante furioso que yo aventaba con vehemencia.

El portero, parapetado en su mostrador, no se atrevió a añadir palabra.

—Perdone, pero estos calores me sacan de quicio —dije mientras taconeaba el vestíbulo camino de la puerta, sin dejar de abanicarme.

—Lo siento, doña Marta, no era mi intención —y añadió—: Aunque hoy parece que no hará tanto, han dicho los de la tele.

—¡Qué sabrán ellos! —susurré para mi abanico.

Me aposté en la esquina hasta que apareció un Opel Astra con un taxista magrebí al que ordené que me llevara a la inspección de trabajo donde tenía cita con el inspector Mallent. Me senté a la puerta de su despacho en una silla de plástico gris, dejé mi maletín en el suelo y el bolso en mi regazo mientras agitaba con frenesí el abanico y liberaba un botón más de mi blusa para paliar mejor mis calores. A las nueve en punto, el inspector se asomó obsequioso con una sonrisa afthersave, me tendió la mano a la que correspondí con escaso entusiasmo y penetré en su despacho con el cuchillo entre los dientes. No se trataba de una reunión amable sino de la defensa a cara de perro de los intereses que me habían confiado. Abrí el maletín con una sola mano, llené la mesa de papeles y, con el mismo ímpetu con que agitaba mi abanico, esgrimí mis razones hasta tal punto que el inspector Mallent llegó a perder su aplomo, y las palabras de ambos traspasaron las paredes. En el fragor de las voces, el viento de mi abanico hizo volar algunos papeles y al pretender recogerlos observé que, no solo sobre mis pantalones blancos ajustadísimos, sino también sobre el sillón beig de confidente, florecía un ramo de claveles carmesíes. A la vista de semejante jardín, me levanté de golpe, tomé el bolso, empuñé el abanico y, a toda velocidad, salí del despacho de Mallent sin dar excusa alguna, dando taconazos como tiros de metralleta, en busca del retrete. Ante mi huida ensangrentada, los funcionarios, temiendo lo peor, unos corrieron hacia el despacho de Mallent y otros llamaron a “Seguridad”.

En el retrete me quité los pantalones, me enfundé unas bragas nuevas debidamente protegidas y salí una vez aseada, como si nada hubiera pasado, vestida con una minifalda azul marino después de haber guardado todo, incluidas las toallitas húmedas, en una bolsa de plástico transparente en el fondo de mi bolso de Prada. Añadí a mis labios una pasada de rouge tentación y una sonrisa inocente que se mostró sorprendida al comprobar el alboroto que mi fuga había provocado en el despacho del inspector jefe. La mantuve a toda costa, abanicada, mientras todos volvían a sus sitios. Mallent no sabía qué hacer y “Seguridad” se llevaba, como si de una detención se tratara, el sillón manchado del confidente.

—Perdón —dije.

—No pasa nada —contestó el inspector.

—Ay, eso me gustaría, que no pasara.

El inspector se mordió los labios para no reírse y a mí me dio por ponerme seria como si nada fuera conmigo, incluso rebajé el vigor de mi abanico. La segunda parte de la cita transcurrió en beneficio de mi cliente, que pudo salir indemne, no por la treta de mis labios ardientes, ni mis piernas al aire todavía prietas, ni la expedita visión del canalillo, sino porque mis papeles estaban en regla.

Cuando me despidió con su sonrisa afthersave, desvaída la fragancia por el paso del tiempo y los estragos del esperpéntico incidente con causa en mi menopausia, se disculpó diciendo que para la próxima cita bajaría la temperatura del aire acondicionado para mitigar los sofocos.

—Espero que no sea necesario —dije, mientras zarandeaba con energía el abanico en busca de la calle.

Seguí con mi trabajo y fui a una notaría. Soporté mal la insolencia de un letrado bancario. Entré en una cafetería y mientras se licuaba un cubito de hielo que había pedido para un café frio, fui de nuevo al cuarto de baño. Menos mal que siempre seguí los consejos exagerados de mi madre en cuanto a previsiones y mi bolso contenía una tercera braguita para sustituir la segunda empapada.

No fue necesario repasar mi último asunto de la mañana antes de presentarme en el Gobierno Civil con los papeles de Dmitry Lévedev y Mohamed Ali.

Salí a la calle. El termómetro de la farmacia marcaba veintitrés grados. Me aprovisioné de más compresas, de unas bragas de papel y paré un taxi.

Al descender, me recompuse la falda, la blusa y el suje. Me atusé el pelo. Bajé las gafas de sol de encima de la cabeza. El maletín en la mano izquierda. El bolso en bandolera y el abanico en la derecha a toda máquina. Me miré en el escaparate de una lencería. La imagen no era desdeñable. Rubia, cuarenta y siete años, erguida, minifalda, taconazos y la vida por delante. «¿Por qué no podría ser la amante del agente 007?» me dije, y comencé a subir las escaleras de Gobierno Civil. En la puerta, dos guardias civiles jóvenes con metralleta y las piernas abiertas. Impasible, pasé taconeando. Me miraron de reojo y me gustó. Una vez dentro, otro guardia me indicó el detector de metales. «Soy abogada», dije. «Muy bien», respondió todo serio, ni asomo de sonrisa, y ordenó: «pase por el arco». Entré decidida. Los pitidos se escucharon desde la calle. «Vuelva a pasar». Más pitidos y dos pilotos, guiñando en rojo hasta volverse locos.

—Abra el maletín —dijo uno de los guardias. Me arrepentí de haber deseado ser la amante de James Bond.

Examinaron los pasaportes del bielorruso y del saudí y me miraron de arriba abajo.

—Voy a gestionar dos nacionalidades… —dije. No me dejaron seguir.

—El bolso.

—Ni hablar —replique como si alguien me hubiera pulsado un resorte.

—Ábralo —insistió el más maduro.

—¿El bolso? —exclamé—. ¿Están seguros? —dije después de deslizar las gafas oscuras hasta la punta de la nariz. Mi abanico no daba más de sí, ni mi sofoco. Ninguno de los guardias me perdía ojo. Les ofrecí el bolso con los ojos cerrados, pero ninguno quiso hacerse cargo.

»Vacíelo.

—Perdone. No es una buena idea —dije.

Ni contestaron. Suspiré. Cerré el abanico. Me subí las gafas de sol y comencé a vaciar el bolso. Llaves, teléfono, cajetilla de cigarrillos, encendedor, monedero, bolsita de pinturas, polvera, paquete de pañuelos, espejo, barra de labios, agenda, dos bolígrafos. Me detuve y los miré a los ojos. Refunfuñé y seguí. Las bragas de papel y la caja de compresas. Uno de los guardias se asomó al bolso.

—Siga —dijo.

Metí mano y saqué una grapadora metálica. Me detuve.

—¡Ay! Esto es lo que pitaba —dije con cara de alivio—. Ni caso me hicieron.

»Siga.

—Vale, ¡Allá voy!—Con dos dedos saqué la bolsa de plástico transparente en la que había eclosionado un campo de amapolas. Los guardias al descubrir la ropa empapada de sangre se miraron y echaron mano al cinto. Mientras tanto yo sonreía sin dejar de abanicarme.

—¿Qué es eso? —señaló el más joven con la pistola. Plegué el abanico y golpeé la mesa donde relucía el cuerpo del delito.

—Mira, hijo —contesté—. Con todo respeto, pero, ¿por qué no se lo preguntas a tu madre, si ronda los cincuenta?

Se sonrojaron al ver las bragas manchadas. Enfundaron las pistolas y el más maduro me indicó que recogiera todo después de pedirme disculpas. Pasé y subí al primer piso. Cuando bajé con los deberes hechos compartimos sonrisas.

—Llévaselo a tu santa, por si acaso —le dije al guardia más joven, ofreciéndole el abanico—. A tu madre. No creo que tu mujer o tu novia lo precisen todavía.

Luego, tomé un taxi para volver a casa tras rogar al taxista que pusiera a tope el aire acondicionado. El taxista miraba, con asombro, a través del espejo como me reía yo sola.

© Bárbara Fernández Esteban.  abril 2015