El libro de las maravillas (Reseña)
“EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS” de Fernando Clemot
Me acerqué a Fernando Clemot por culpa del Premio Seteníl que él ganó con muchísimos más méritos que nadie. Con infinitos méritos más que yo. “Estancos del Chiado”, no sólo fue un descubrimiento, sino que me deslumbró tanto, para hundirme en mi miseria insensatamente atrevida, que juré no volver a ir a ningún concurso, ni a leerle una sola palabra más de su prosa densa y profusa.
Pero mi juramento no podía ser largo porque en todo caso salía yo perdiendo, y cuando apareció “el Libro de las maravillas”, como Orfeo que volvió la vista atrás tras el rostro de Eurídice, yo la volví, por saber si, difuminado lo que había sido maravilloso, mi encantamiento tan solo había sido pasajero. No desapareció como Eurídice, sino más bien yo misma, maravillada, para quedarme como la mujer de Lot, cautiva, como una estatua de sal con la boca abierta.
El libro de las maravillas es laberintico, pero no con estancias estancas, sino con corrientes fluidas que se entremezclan para contaminarse entre ellas en el único cauce de la memoria. En ese escenario es normal que todo transcurra preñado de la melancolía que hunde sus raíces en el fracaso de todas las vidas de los personajes que acompañan al protagonista en sus últimos seis días, en un intento de coronar con un éxito imposible su propia vida, cuando ya no queda tiempo, cuando el pábilo de la vela “estertorea”, apurada toda la cera. En definitiva, todo está destinado al fracaso si el final es acabar en el pabellón de los críticos de donde nadie vuelve. No hay peor enfermedad que la propia vida, incapaz de variar el destino, por más que se pretenda cambiar algo, el final, para que todo cambie. Esta ha sido la intención logradísima de Fernando, a través del protagonista del libro, como otro Rustichello, escuchando las historias de otros Marco Polos, sus compañeros de hospital —otro presidio—, en este “nuevo” libro de las maravillas. Cambiar el final para que todo cambie, con la pretensión ilusa de enmendar la eterna verdad presocrática de Heráclito. Si nadie se baña dos veces en el mismo rio, piensa el narrador del libro, vaciemos el rio y que discurra otra corriente, u otras, a demanda.
Las historias que va recogiendo el señor C., todas tremendas, son una resurrección de cada cronista en connivencia con el nuevo Rustichello que acabará finalmente optando por querer ser un nuevo Marco Polo. Todavía debe quedar viaje, piensa, a pesar de todo. El autor consigue ponérselas al lector en el hueco de sus manos, en la retina del ojo, para que pueda palparlas de cerca, para que las vea ahí mismo, siendo parte de las mismas; en el oído, como el pecador arrepentido, relata su pecado en voz baja al confesor. En todas las historias hay pálpito de vida, y en todas hay fracaso, porque la vida sólo es eso. Uno, Brioso, recuperará su sonrisa más profunda después de confesar su miseria moral. El doctor se sentirá mezquino en Escocia, y Clara, cercana a la bipolaridad, se hundirá en su arrogancia. Nada servirá para llenar las manos vacías que muestra el Señor C. al ir al hospital para ingresar, sufriendo lo justo, en el pabellón de los críticos, pero sí para incitarle a un nuevo viaje, por corto que sea. Para sentirse de nuevo Marco Polo.
Es espectacular como cada historia trae su voz y su tono, distintos de los del narrador principal. Éste se entromete en sí mismo, se autosicoanaliza, traba sus pensamientos en metáforas prolijas, en frases minuciosas, en los matices de palabras preciosas como joyas extrañas. Su carácter, que a veces raya en la inmadurez sináptica, lo aleja o lo acerca a trastornos psicológicos. Es un personaje complejo sin nombre. Un hombre enfermo, como todos.
Por el contrario los cronistas de las historias, las presentan lineales, llanas, sin excesos ni exuberancias, reales, sin escondrijos ni chiribitiles, como una película de John Ford que un fotograma llama al otro, un plano a otro plano como consecuencia.
La lectura del “libro de las maravillas” de Fernando Clemot es una gozada. Un libro que junto a la fecha en que lo he terminado de leer, o sea ayer —lo que suelo anotar como una costumbre inveterada—, he añadido: “volver a leer antes que el sol llegue al trópico de cáncer”.
Bárbara Fernández Esteban
Pareja de hecho (reseña)
PAREJA DE HECHO de José Carrasco LLácer
Pareja de hecho no es un libro cualquiera sobre cualquier pareja. Calixto y Melibea son unos personajes muy singulares que no encarnan una pareja al uso, normal y corriente. Cali y Meli son un divorciado y una ex monja que por su propia historia reúnen en ellos unas características que los hacen muy especiales. La lectura de este libro, página a página nos trae a través de una pareja que son antípodas, ternura, encuentro, revelación, inocencia, música, perversión, torpeza, ignorancia, sabiduría, traición, bondad, sensibilidad, sexo, ambición, entrega, engaño, pero sobre todo mucho amor. Todo ello visto con una lupa que distorsiona la realidad para hacerla más visible, más cercana, más nuestra. Una pareja que va robándonos un poco del corazón de cada uno.
Pareja de hecho es un libro que se lee con una sonrisa permanente, a veces con una carcajada sonora, y otras con un sentido de hallazgo y pérdida a la vez. Una explosión de la inocencia que añoramos y también un desencanto que nos deja una muesca en el alma.
No es una novela, sino una colección de relatos en torno a situaciones que vive una pareja que son el hilo conductor de una historia que empieza bien y acaba como puede. Un libro que se lee con suma facilidad, un libro de autobús, de cabecera de la cama, un libro que atrapa la atención y que ya no dejara que el lector pierda la sonrisa una vez que lo empiece.
Su autor, José Carrasco Llácer, no es un escritor novel, es un autor avezado con una pluma ajustada, sin engaños ni alharacas, sin casi adjetivos. Los matices aparecen en la utilización del lenguaje y los gestos de sus personajes. No obstante, es de esos escritores a quienes les cuesta dar a conocer su obra. Todavía cree ingenuamente que el buen paño en el arcón se vende.
El libro salió a la luz en noviembre del 2011, editado por “La Fabrica de los libros”, con una edición excelente, que da al lector todas las sensaciones que tiene que tener un buen libro.
Bárbara Fernández Esteban
Sigo aqui…poco…pero sigo
Sí, ya sé que tengo el blog un poco abandonado y por ello he recibido varias quejas de algunos de los que me seguís. Os contaré un poco lo que he hecho esté mes, aparte de escribir claro, ya que estoy muy liada con una novela que sé que luego os va a gustar mucho.
El pasado día 27 de marzo estuve en Valencia, concretamente en Mislata junto con cuatro escritores más presentando nuestros libros. Luego vino Barcelona, una antesala a san Jordi. Estuvimos en la universidad, en la Escuela Superior de Ingenieros dónde unos cincuenta autores tuvimos nuestros libros desde el día 16 al 23 de abril. Yo estuve firmando dos días el 19 y el 20. Después, el 23 estuve firmando en Salou y Tarragona. El 27 de abril lo pasé firmando en la feria del libro de Valencia y el 28 volví a firmar en Salou con motivo de la feria de entidades que allí se celebró.
Una ya está un poco mayor para tanto ajetreo y por ello no he podido llegar a todo. Os pido disculpas al mismo tiempo que prometo que voy a hacer lo posible por venir más por este rinconcito.
Quiero aprovechar para deciros que por arte de magia se ha esfumado de mi blog el cuadro dónde aparecíais todos mis seguidores. Yo no entiendo mucho de esto pero mi informático me ha dicho que ha sido una decisión de Blogpost o algo así. Si alguien de los que me leéis sabéis como puedo recuperarlo espero me lo digáis.
Y nada, un abrazo muy grande para todos.
El paté
El Paté.
Cuando fui a abrir la lata de paté para rebozar la carne antes de envolverla en hojaldre me quedé perpleja << ¡Dios! >> ¿Cómo no me había dado cuenta antes que estaba caducada? Mi invitado especial estaba a punto de llegar.
Me daría de bofetadas, todo tan calculado, y tonta de mí voy a fastidiar la cena por no haberme fijado a tiempo en una simple fecha.
Cogí el bolso y salí corriendo hacia la tiendecita de Paco. No me llevaría más de diez minutos, pensé mientras apresuraba mis pasos.
—Buenas noches—Dije al entrar.
—Buenas noches— me contestó amablemente Paco mientras mostraba a dos señoras varias piezas de diferentes quesos. Ellas ni contestaron a mi saludo, aunque no me afectó en absoluto.
No me importaba esperar un poco, el olor a manteca y a especias que allí se percibía siempre me había gustado, pero aquellas dos cotorras estaban acabando con mi paciencia. Las manecillas de mi reloj parecían correr más de la cuenta y no avistaba yo el momento en que se pusieran de acuerdo con el queso. Me armé de valor y tímidamente les dije: —Por favor señoras…,— pareció que no me oían, así que volví a repetir: —por favor…,—Nada, ni caso me hicieron. Al ver que aquella situación no avanzaba me atreví un poco más y tocando con mi mano derecha el hombro de la más gorda, que era la que llevaba la voz cantante, le dije con tono de suplica: —Por favor, tengo mucha prisa y solo quiero una lata de…—ni me dejó terminar, volvió su cabeza y mirándome por encima de sus gafas me dice: ¡habrase visto que desvergüenza! Si tiene prisa haber venido antes, nosotras también tenemos nuestras prisas.
Me quedé sin saber que decir. Respiré hondo para aguantar contestarle. El olor a especias se hizo más patente y me tranquilizó un poco.
Paco me miró con gesto de resignación mientras se limpiaba las manos en el delantal.
Por fin terminaron. Fue entonces cuando casi no pude contener mi furia al escuchar que la señora gorda me decía que ya podía pedir lo que quisiera mientras la más joven y delgada mostraba una sonrisa burlona.
—Gracias, ha sido Vd. muy amable— contesté con sorna mientras pensaba que ojala les sentara mal el queso.
En aquel momento, cómo si algún dios quisiera vengarse por mí, a la gorda se le rompió su collar de perlas y, las bolitas fueron dando saltitos metiéndose por todos los rincones de la estancia. Una sonrisa maligna se dibujó en mi cara al mismo tiempo que le pedía a Paco dos latas de paté de oca.
Con suma amabilidad, me las puso en el mostrador mientras me pedía disculpas por no haber podido hacer nada antes. Le pagué y me despedí de él. Mientras me dirigía a la salida miré con descaro a las dos brujas que andaban por los suelos buscando sus perlas, al verlas de esa guisa, no pude evitar una gran carcajada que me levantó el ánimo perdido.
Inés
INES
Siempre he tenido como una especie de sexto sentido que a veces llegó a preocuparme.
Solía tomar el tren cada día cerca de mi casa en Majadahonda para ir a trabajar al Ministerio de Agricultura en las inmediaciones de Atocha donde ejercía como funcionaria, y mientras viajaba sin que fuera premeditado me dedicaba a observar a las personas, a constatar lo que hacían, lo que hablaban, lo que miraban, incluso intentaba adivinar lo que pensaban, y creo que sacaba conclusiones unas veces ciertas y extrañas y otras más extrañas y menos inciertas. Es verdad que no siempre podía constatar la certeza de mis suposiciones o vivencias.
En ocasiones pude introducirme de manera inconsciente y en otras a conciencia en los bolsos de algunas personas, en sus carteras, en la bolsa de sus compras, en sus mochilas o en sus portafolios hasta descubrir con claridad casi meridiana sus secretos más íntimos, más recónditos. Supe del resultado de la biopsia a una mujer ojerosa que viajaba a mi lado con cáncer de páncreas. No le dije nada, pero le dediqué una sonrisa. Otra vez me levanté de mi asiento para ofrecérselo a un chico destrozado que no había dormido en toda la noche velando a su hermano en coma por culpa de una moto. Me lo contó cuando yo ya me lo había imaginado. Lo que lo empeoraba todo es que su madre no sabía nada. Eso yo lo ignoraba, me lo dijo. He visto la carta que denegaba una invalidez evidente o la entrada en una residencia a una madre con Alzheimer. También el décimo de lotería recién comprado para solucionar una hipoteca impagada. También he adivinado en alguien la sonrisa malévola del tráfico de influencias. Esto llegó a ser un juego tan macabro que acabó por atormentarme, y lo peor es que aunque también veía cosas buenas, abundaban mas las malas, y se lo confié a Ernesto.
Me dijo que leyera un libro, que me abstrajera, que pasara de la gente. A partir de su recomendación comencé a leer en el tren para evitar mirar a la gente y descubrir sus secretos.
Recuerdo el primer libro. Fue su regalo. “El perfume” Tardé una semana en leerlo, pero al tiempo que lo leía, aprendí también a oler, a distinguir los olores de la gente. Me convertí en maestra del olfato y supe apreciar sin mirar quien estaba a mi lado. Si era un albañil, un estudiante, una fiscal, el empleado de una funeraria o un estúpido bróker de bolsa.
El sexto día, era un jueves, cuando estaba casi para terminar el libro, al llegar a casa percibí que el perfume de Ernesto no era su perfume, que olía a como huelen las zorras.
Tres años hacia que le quería, él no lo sé, y tres meses que estaba embarazada.
Aquel perfume me desembarazó. Yo también me desembaracé de él.
Luego cuando subía al tren, procuraba no fijarme en la gente o iba con los ojos cerrados, e intentaba oler selectivamente. Por otra parte elijo con muchísimo cuidado los libros que leo. He empezado a leer “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza y me parece ver extraterrestres por todas partes. ¿Cómo puede ser que haya tantos?
Aquella mañana como tantas otras volví a coger mi tren, pero no observaba, me sumergí en la lectura para evitar ver los secretos de las gentes.
Estando ensimismada en la lectura, una maldita explosión me llevó a las tinieblas. No estaba segura en aquel momento, si todo aquel jaleo se debía a mi imaginación o era cierto. Los gritos, los olores, hicieron que recobrara la consciencia. No podía ver lo que sucedía pero percibía el horror y el dolor a mí alrededor. Me costó meses recuperarme. Tardé mucho tiempo en volver a subirme al tren. Hoy vuelvo a hacerlo. No leo, ni veo a las gentes que hay a mi alrededor, pero aquel sexto sentido premonitorio de mi presente hace que sepa que sucede a mi alrededor. Mi parada ya no es la que me llevaba al ministerio de agricultura. Ahora mi tren me lleva a un centro de invidentes en el que paso horas intentando enseñar a otros invidentes a agudizar su sentido del oído y del olfato.
De mi libro de relatos” Porque digo tu nombre te llevo conmigo”
Trampas de la vida
Había sido una noche muy ajetreada. Cuando ya estaba a punto de terminar mi turno de doce horas en el hospital sonó el temido teléfono rojo. Una compañera corrió a cogerlo. Sentí que el corazón me daba un vuelco. Colgó y sin ninguna expresión en su rostro me dijo que había habido un accidente de tráfico y unas ambulancias traían a unas personas que conducían en estado ebrio. Llegarían en cinco minutos.
—¿Qué va a hacer usted? ¿Se va o se queda? —me dijo la enfermera.
Miré el reloj, faltaban apenas diez minutos para que terminase mi turno. —Me quedo—dije pensando que se trataría de un caso sencillo. Me lavé la cara y tomé un café cargado para despejarme. Llevaba muchas horas trabajando. Puse en marcha el plan de emergencia para tener todo a punto a la llegada de las ambulancias; desde ellas nos iban dando datos sobre los heridos. La tensión iba en aumento. Este tipo de casos acompaña a la primera llamada un dramatismo que tiñe de caracteres especiales nuestra actuación. Por lo que nos iban comunicando supe que se trataba de un caso complejo. Mi jornada de trabajo se iba a prolongar más de lo previsto pero eso poco importaba en aquellos momentos. Cuando les vi llegar me alegré de que fuéramos más de un equipo los que estábamos esperando. Las ambulancias traían a cuatro accidentados. Tres hombres y una mujer. Dos de ellos, en estado muy grave, fueron los primeros en recibir atención. En esos momentos no sabíamos sus nombres, ni nada que pudiera identificarlos, así que se le asignó un número a cada uno de ellos. Cuando me acerqué a ellos, despedían un olor fétido a carne quemada, sangre y a alcohol. Rápidamente aplicamos los primeros auxilios y examinamos las lesiones que pudieran tener. El número uno era una chica de unos veinte años. Una brecha en la cabeza y una pierna colgando. Fue directamente al quirófano con uno de mis compañeros. El número tres parecía el menos grave, aunque estaba empapado en sangre y cenizas y a pesar de ser el único consciente sabía que de poco me serviría hacerle preguntas, su estado emocional no lo permitía. Se hizo cargo de él otro equipo para prestarle toda la ayuda necesaria. El número dos y el cuatro eran los más graves. El auxilio en carretera nos contó que les costó sacarlos del vehículo incendiado. Su edad parecía estar entre veinte o veinticinco años. Se habían quedado sin cejas y pestañas y sus rostros carecían de cualquier tipo de expresión. Sus ropas, hechas jirones estaban carbonizadas. Era consciente de que no sentían ningún dolor, su piel carbonizada había destruido las terminales nerviosas de su piel. Mientras aplicábamos el tratamiento de emergencia comprobé que tenían pulso y respiraban aunque tenían quemaduras en el noventa por ciento de su cuerpo. Sabía que era imposible que sobrevivieran pero debía agotar los recursos. Llamé de inmediato a la unidad de quemados.
—¿Estás segura que tienen quemaduras en el noventa por ciento de su cuerpo?
—Sí—le contesté con voz rotunda.
—¿Y…están vivos?
—Sí. Aún están vivos.
—Tráemelos inmediatamente.
En un minuto estuvieron listas las ambulancias. En cada una de ellas iría un médico, una enfermera y uno de los accidentados.
Yo subí en la primera que salió. Los diez minutos que duró el traslado se me antojaron una eternidad. Poco podía hacer por él. Solo cuidar que no dejara de respirar. El estaba completamente consciente pero no podía mover nada excepto sus ojos. Yo miraba esos ojos sin atreverme a decirle nada. ¿Qué podía decirle? Su mirada era de resignación, como la del que ha perdido todo y no tiene nada más que perder.
Un equipo médico especializado nos estaba esperando. Rapidamente examinaron a los accidentados a conciencia. Al poco se determinó que el paciente número dos, tenía veinticinco años. Sufría quemaduras de tercer grado en el noventa y dos por ciento de su cuerpo y las posibilidades de que muriera eran del cien por cien. Determinaron que el paciente número cuatro tenía dieciocho años y las quemaduras que sufría eran de un ochenta por ciento de su cuerpo. Sus posibilidades de muerte eran de un noventa y nueve por ciento. Ensegida se centraron en él uniendo sus esfuerzos intentando que ese uno por ciento de posibilidades de vivir venciera. Al otro paciente lo habían trasladado a un cuarto contiguo. Mientras los especialistas luchaban para salvarle la vida fui a ver al que estaba desahuciado. Una enfermera estaba junto a él. La habitación estaba en penumbra y en completo silencio. Aún estaba vivo. Le miré a los ojos. Esa vez fue la primera en la que miré fijamente a los ojos a un hombre que sabía que su muerte era inmediata.
Salí de la unidad de quemados cuando ya hacía horas que había terminado mi turno sin que apenas me hubiera dado cuenta de ello. Me fui a acostar sin poder apartar de mi mente la imagen de aquellos ojos que me miraban sin expresión detrás de aquella máscara carbonizada. Recordar aquel penetrante olor a muerte me hizo sentir peor. Más tarde me enteré de que ambos habían muerto a las dos horas de haber ingresado en el Hospital.
Nunca quise saber sus nombres.
Presentación en Valencia
El próximo día 25 de febrero 2012, a las 19,00 horas estaré en VALENCIA
Concretamente en Bibliocafé C/Amadeo de Saboya 17, donde charlaremos sobre mi novela OLGA. Mientras tomamos una copa podréis hacer las preguntas que deseéis, ojear el libro, si alguien se anima podrá leer algún trocito y quien quiera llevarse la novela firmada, se la dedicaré con sumo agrado.
Espero que el acto sea entretenido y ameno. Un grupo de Jazz nos deleitará con su música.
De siempre, Valencia ha sido y es para mí una ciudad entrañable. Pasé un tiempo de mi niñez en esa tierra, y en ella tengo parte de mis raíces. Por ello, en esta ocasión, he querido estar ahí para poder abrazar a mis amigas/os valencianas/os y a todos los que queráis acompañarme.
Tanto el gerente de Bibliocafé , como yo, os agradeceríamos que nos confirmarais vuestra asistencia, más que nada para la buena organización del evento.
OS ESPERO,
Bárbara Fernández Esteban
GEMA
Anoche encontré tu fotografía
ANOCHE ENCONTRÉ TU FOTOGRAFÍA.
Anoche, en la buhardilla, dentro de una caja encontré tu fotografía. El tiempo la ha hecho amarilla, pero tus ojos siguen pareciéndome estrellas que van palideciendo poco a poco. La he devuelto al cajón con los ojos cerrados. ¡Fui tan cobarde!
Te amaba ¡Dios como te amaba! Me gustaba pasar largas horas en la cocina mientras tu madre guisaba. Hacía los mejores pasteles de limón y chocolate que he comido en vida. Y su aroma…
Todavía te veo junto a mí, frente a la chimenea, cuando te leía los cuentos rusos que mis padres me habían traído de uno de sus viajes. Acariciabas el libro como si fuera un tesoro. Después levantabas los ojos, expectantes, como si aquellas historias te supieran a poco. Me cogías la mano con más ternura que yo entonces entendiera. Tu madre venía a nuestro lado, avivaba el fuego y nos contaba nuevas historias, mientras nosotros sentados en el suelo la escuchábamos atentos sin perdernos detalle. Te envidié muchas veces por tener una madre que se preocupara tanto de ti. La mía, ya sabes, estaba demasiado ocupada con sus reuniones y sus viajes.
Luego me enviaron al internado. Separarme de mis padres no me dio mucha pena, al fin de cuentas, los veía muy poco, pero separarme de ti…, separarme de ti fue como sentirme desgarrado, perder lo que más me importaba. Los domingos por la tarde, en aquel colegio sombrío se me emponzoñaba el alma cuando te recordaba. Veía tus ojos color miel, tu pelo castaño apenas ondulado y tu figura de niña, preludio de mujer, jugando por la cocina. Cuando volvía a casa de vacaciones era a ti a quien primero visitaba. Necesitaba tu sonrisa.
Seguiste creciendo como crecía en mí la nostalgia. Eras mi delirio. Fuiste como el viento que me empujaba. Estudiaba, soñaba, inventaba poemas. Ponía tu nombre en mis libros, lo escribía en la pared de mi cuarto. Me sabía tus cartas de memoria, lo mismo que las letras de las canciones que nos gustaban.
Nunca te pedí que fueras mi novia. Era algo que dábamos por hecho. Todo era hermoso y yo soñaba que te llevaría al altar para decirte que sería tuyo para toda la vida y serias la madre de mis hijos.
Un día — era verano y ya no estabas—, tu madre me dijo que te habían becado en una universidad americana. Averigüé antes de que tú me lo dijeras que estabas en Stanford y fui a verte. Quizá hayan sido los tres días más maravillosos de mi vida.
Cuando terminé mis estudios mis padres se empeñaron en que fuera a Suiza para completar mi formación. Fueron dos largos años durante los cuales no dejamos de escribirnos. Aquellas cartas que cada día intercambiábamos seguían manteniéndonos unidos. Entre nosotros no había secretos, nuestras almas estaban unidas tanto como deseábamos que lo estuvieran nuestros cuerpos. Las promesas se repetían y felices hacíamos planes para nuestra vuelta. Entonces tú habrías terminado tu carrera y sería el momento de comunicar a tu madre y a mis padres que queríamos casarnos.
A mi regreso fui corriendo a buscarte. No estabas. Me recibió tu madre como ausente. Por más que le insistí no conseguí que me dijera si seguías en América. No sabía que pensar. En mi habitación releí tus últimas cartas. En ellas me decías que contabas las horas, los minutos, los segundos que faltaban para reunirnos. Los siguientes días me sentí desesperado no lograba entender nada. Tu madre siempre había sido muy cariñosa conmigo, más que la mía, pero desde entonces me trataba guardando distancias, y cuando le pedía que me dijera de ti contestaba con evasivas. Las cosas no estaban resultando como deseábamos.
Había pasado una semana desde mi regreso a casa cuando mi madre me dijo que iban a venir a pasar unos días con nosotros una amiga suya y su hija. Me pidió, más bien me ordenó, que debía ser amable con la hija de su amiga y que confiaba en mi buena educación y caballerosidad para tratarla como merecía una dama como ella.
Como buen anfitrión atendí el requerimiento de mi madre. Cuando paseaba con ella, te recordaba a ti. Deseaba que aparecieras y me ayudaras a atenderla. Estaba seguro que hubierais sido buenas amigas. Al menos eso creía. Pero tú no estabas y por más que seguía preguntando a tu madre no obtenía respuestas. Mis cartas, al principio, se quedaron sin respuesta. Después vinieron devueltas.
Un día mi madre me dijo que quería hablarme. Estaba sería y pensé que era algo importante. Acudí rápidamente a su estudio. Fue entonces cuando me dijo que debía elegir a nuestra invitada para que fuese mi esposa. Según ella, era la mujer ideal. Era guapa, rica y su padre tenía un gran poder. <<Espero que actúes con inteligencia>> me dijo, dando por terminada la entrevista. Mi madre y su amiga habían planeado todo sin contar con nosotros. Me quedé perplejo. Sabía que en nuestra familia siempre habían sido esas cosas así, pero tenía la esperanza de que mi madre me dejaría elegir a mí. Que esa tradición ancestral se hubiera acabado. Por más que le rogué no cesó en su empeño. Su respuesta fue tajante: <<Está todo hablado con su familia y estamos muy contentos porque hacéis una pareja perfecta>>. No contesté y salí de allí con rabia, desesperado.
Como cuando era niño busqué consuelo en la cocina y fui a ver a tu madre. Le pedí que me hiciera un chocolate. Sin rechistar lo preparó y me lo trajo junto a la chimenea. Nuevamente el aroma te traía a mí. Después de rogarle que se sentara conmigo le pregunté si ella sabía las intenciones de mi madre. No necesitó palabras para responderme, su mirada triste me lo dijo todo. Entonces comprendí el motivo de tu ausencia. Torpemente pensé que no habías querido luchar por nuestro amor. Nunca volví a entrar en la cocina.
Cuando tu madre se despidió al siguiente verano vino a mi habitación y me entregó tu fotografía de cuando eras niña. Ya tenía las puntas ajadas, pero tus ojos todavía brillaban. Cuando le pregunté si la idea era tuya quiso sonreírme, pero se limitó a darme un abrazo muy largo y sólo me dijo adiós. Ya tenía el pelo blanco, aunque su paso todavía era firme. No me dejó que la acompañara a la estación. Había llamado a un taxi. Han pasado tantos años.
Después pasó lo de Marta. Aquello avivó más todavía los recuerdos como se avivan las ascuas que tapa la ceniza aventada por el viento.
Afortunadamente, la niña está bien gracias a ti. Ha pasado casi un año y no le ha quedado ninguna secuela.
Nunca debí dejar que montara aquel caballo. Era demasiado nervioso y Marta muy poco experta. Me dejé llevar por el deseo de complacer a mi hija y por el criterio de mi esposa. Parece que el destino jugaba en contra nuestra, o ¿quizás no?
El día era luminoso. Ni una sola nube manchaba el cielo. Una pequeña brisa amortiguaba el calor pegajoso de agosto.
El paseo fue una delicia. Recorrimos los prados que nos vieron crecer. Por todas partes te veía. Parecía que volvíamos a la infancia. Miré a mi esposa y a mi hija intentando olvidar. El amor, el cariño, la ternura… entre nosotros comenzó a los dos años de casados, al nacer Marta. Formábamos una familia unida y feliz a pesar de las circunstancias que nos unieron. Aprendimos a amarnos y respetarnos.
Cuando ya regresábamos a casa, Capricho, un caballo de raza árabe negro azabache, que montaba mi hija, se desbocó. Algo debió asustarle. Intentamos tranquilizar a Marta para que controlara al caballo, pero fue inútil. Al llegar junto a unos troncos ella cayó al suelo. Estaba inconsciente. Una ambulancia la trasladó al hospital más cercano. Al llegar varios médicos esperaban para atenderla. Había que operarla rápidamente. El golpe sufrido en la cabeza hacía peligrar su vida. Al cabo de cinco interminables horas de quirófano una enfermera salió a decirnos que todo iba bien, y que la doctora que la había intervenido nos pondría al corriente de todo en unos instantes. Estela y yo esperábamos en la puerta con los rostros desencajados, los puños apretados y las miradas perdidas.
Te vi acercarte serena, con la sonrisa contenida. Todavía llevabas el pijama verde y el pañuelo en la cabeza. Mi corazón dio un vuelco, lo mismo que mi desesperación.
<<Tu hija está estable>>, me dijiste enseguida, abriendo la sonrisa. Luego cogiste con toda naturalidad la mano de Estela. La tranquilizaste y le dijiste que tenía una hija muy hermosa. Yo me quedé aturdido, y seguiste: <<Soy la doctora Marcela Sangüesa. La operación ha ido bien pero habrá que mantener a Marta en observación durante unos días. Dentro de un momento podréis verla unos minutos. Después debéis ir a descansar, nosotros cuidaremos de ella>>.
<<Marcela, la doctora Marcela, es como de la familia>>, le dije a Estela. Estela se quedó confusa. ¿Lo recordarás, verdad? Lo que seguramente no recuerdes es que el rubor te inundó la cara.
Estela te hizo mil preguntas. Yo apenas fui capaz de preguntarte por tu madre. Un tímido <<lo siento>> fue lo único que salió de mis labios, cuando me dijiste que había muerto hacía dos años. Después, mucho después de todo, he averiguado dónde está su tumba y le he mandado un ramo de flores. Me hubiera gustado que su aroma hubiera sido de limón y chocolate.
Durante aquella semana que cuidaste de Marta quise decirte muchas cosas, pero no pude. Mis ojos hablaron por mí. Hablaron de amor, de añoranzas, de cobardías, pero me faltaron las palabras.
El día que le dieron el alta a Marta, intenté verte. Me dijeron que te habías ido a Princenton, que tenías que dar una conferencia. Nunca supe si era cierto o no; me quedé con ganas de agradecerte todo lo que habías hecho por mi hija, pero sobre todo pedirte perdón por mi cobardía.
Esta mañana he vuelto a recuperar tu fotografía. La que me dio tu madre, y con ella he ido a la cocina. Me he sentado en el mismo banco de siempre, junto a la chimenea. El fuego estaba apagado, y aunque tus ojos van palideciendo, he seguido oliendo el mismo aroma.
Paco y lucas
Paco caminaba despacio hacia el autobús. Su cara estába ensombrecida y su mente perdida. Después de salir del trabajo, se había puesto ropa limpia. Iba a ver a su amigo Lucas y quería estar presentable. A Lucas le gustaba vestir bien, y siempre se quejaba de que Paco iba hecho un Adán. Estaba seguro que a su amigo moribundo le gustaría verlo vestido con pulcritud. Se sentó en la parte de atrás del autobús, como aislándose del bullicio de la gente. A su mente vino la escena en la que todas tardes a esta misma hora tomaban una cerveza y jugaban una partida de billar. — ¿Con quién bebería y jugaría ahora?— Pensó mientras rápidamente se avergonzó de esos pensamientos. Su amigo estaba a las puertas de la muerte y debía estar preocupado por él no por quedarse sin compañero de juergas. Por más que lo intentaba no podía. Le dolía que su amigo le dejara y ya no sabía que le causaba mas pena si la muerte de Lucas o quedarse sin compañero. Estaba enfado, muy enfadado. Ensimismado en sus pensamientos se pasó de largo su parada. Bajó en la siguiente y despacio empezó a caminar desandando el camino del autobús. No le importó mucho, caminaría despacio hacía el Hospital esperando que mientras se le ocurriera algo que decirle a su amigo. ¿Qué se le puede decir a un amigo de toda una vida que ahora va y se muere? Se preguntaba mil veces. Unas lagrimas mojaron sus mejillas y recordó lo que siempre le habían dicho: “no se debe estar triste y llorar delante de un moribundo”. Sacó su pañuelo y secó las lágrimas. Ya estaba en el ascensor. Se abrió la puerta de la planta cuatro y empezó a buscar la habitación al mismo tiempo que trataba de que su cara no denotara pesar.
La habitación estaba en penumbra, cuando entró, la hermana y la madre de Lucas se levantaron para recibirle con la tristeza y la desolación marcada en sus rostros.
Al acercarse a la cama, Lucas le miró sonriendo mientras le reprochaba la tardanza —Ya era hora Paco, pensaba que como siempre llegarías tarde.
—déjate de memeces, sabes de sobras que no puedo venir más pronto.
—Anda siéntate cerca de mi— le dijo a Paco mientras con su mano señalaba el borde de su cama— cuéntame cómo está el mundo sin mí.
—Esperándote y tu empeñado en dejarnos pedazo de maricón—contestó Paco con tono serio.
Lucas le miró sonriendo y le cogió la mano mientras le decía: —Sé que lo vas a pasar mal amigo, para mí va a ser más fácil que para ti, aunque espero, que sigas acudiendo a beber tu cerveza y la mía cada día. — La expresión de su cara cambió y se tornó seria—Quiero pedirte algo, me gustaría que no dejaras a mi madre y a mi hermana, que no te perdieran a ti también.
—calla, deja ya de decir tonterías—No está tan claro que te mueras.
—Prométemelo, quiero marchar tranquilo sabiendo que tú estarás a su lado.
Paco no pudo evitar que se le arrasaran los ojos. —Te lo prometo, sabes que por eso no debes preocuparte, lo que tienes que hacer es luchar por salir de esta.
En ese momento la enfermera llegó, tenía que darle su medicación para que después descansara. Los dos amigos se fundieron en un abrazo.
—Mañana te quiero aquí a la misma hora, esta preciosidad nos traerá unas cervezas—dijo mientras miraba a la enfermera y esta asentía con una dulce sonrisa.
Cuando Salió del Hospital unas lagrimas de dolor y rabia corrieron por sus mejillas ¡Maldito cáncer! Dijo apretando los puños.
A los tres días Lucas dejaba este mundo. Cuando terminó su entierro eran las ocho de la tarde, la hora en la que juntos tomaban sus cervezas. Paco se encaminó hacía el bar donde solían tomarlas, se puso en un rincón de la barra mientras le decía al camarero: —Sírvenos dos cervezas.
la larguirucha
La larguirucha
¡Tú, que miras! No me gusta que me miren así. Sé lo que estás pensando y como no dejes de mirarme me voy a cagar en todos tus muertos. Ya sé que estoy delgaducha y que mis piernas son muy largas. Por eso todos me llaman “la larguirucha”, pero eso a mí no me importa y a ti menos. Yo soy más que todos vosotros. Me crié en un palacete, recibí educación en los mejores colegios. De pago sí. Pero eso no os importa. Os lo cuento porque me da la gana. Tenía una doncella para mi sola que siempre me decía: “señorita Isabel es usted la más guapa del barrio, que digo del barrio, del mundo entero”, de sobras sabía yo que eso no era cierto pero como mi padre era rico todo eran alabanzas por parte de todos. Un día me cansé y me escapé de casa. Al principio me gustó saborear mi libertad, luego, me acostumbré a vivir en la calle. Mientras tuve dinero seguí siendo Isa, después cuando me lo gasté todo, compartiendo con los colegas los chutes, empezaron a llamarme “larguirucha”, eso sí, siempre me respetaron y lo siguen haciendo porque tengo muy mala leche.
No voy a preguntarte de dónde has salido pequeñajo. Tengo sueño y estoy cansada. Si quieres te presto una manta, tengo dos, y te dejo un trozo de portal. La noche está fría pero es cosa tuya aceptar. No te lo diré dos veces.
Mientras me voy durmiendo viene a mi mente aquella cama mullida de mi blanca habitación y la mesa llena de manjares pero ya es tarde para volver, mi vida ahora está en la calle. Isabel no existe, ahora soy la larguirucha. El invierno pasará rápido y dormir bajo las estrellas en verano es lo más maravilloso que hay. Quizás mañana tengamos suerte y encontramos algo para que estas tripas dejen de rugir.
Cuento de Navidad
Los hombres y las mujeres grises
Los primeros copos de nieve del invierno se me prendieron en el pelo como estrellas. Al sacudírmelos cayeron al suelo y lo iluminaron. Era casi navidad. La nieve se desplomaba y pintaba de blanco los árboles, los tejados, los balcones, las ventanas, las calles, las aceras y las farolas. De repente, sonó una melodía y mis pies se desataron, comenzaron a bailar. Di una voltereta y me di cuenta que flotaba. Bailaba y subía y subía cada vez más.
Cuando estaba cerca de las nubes miré hacia abajo y descubrí en lo más hondo del valle un montón de hombres grises. Al divisarlos, paré de bailar para acercarme a ellos, la música se hizo más triste y las estrellas se iban apagando. Aquellos seres grises caminaban sin mirar ni saludarse. Sus ojos permanecían fijos, sin movimiento, carecían de brillo. En sus caras no había ninguna huella que hubiera dejado la risa, ni siquiera había el menor rastro de una sonrisa antigua.
Moví los pies y busqué de nuevo la luz que me había envuelto. Entonces, de todas las estrellas que había en el cielo, salieron a mi encuentro muchos niños que cantaban contentos. Parecían duendecillos felices con sus gorros dorados, verdes, añiles y rojos. Se cogieron de la mano y giraban al corro mientras sonaba la música. Volaban a mi alrededor.
De vez en cuando caía del cielo una estrella, atravesaba una nube y se hacía pedazos dónde estaban los hombres y mujeres grises. Cada vez que esto sucedía los niños reprimían sus risas, las luces se apagaban, y de sus ojos se escapaban lágrimas como lluvia que pintaban de negro la nieve.
—¿Cómo te llamas?—me preguntó uno de los niños.
—No lo sé, no puedo recordarlo por más que lo pienso —le contesté haciendo un esfuerzo.
Los niños se reunieron en corros y se pusieron a hablar bajito.
—Seguro que eres Azucena—dijo el más pequeño, acercándose a mí con una flor en la mano.
—No —gritaron todos a coro. Pero yo me quedé con la flor mientras ponía un beso en su nariz.
—Claro que no — dijo un negrito, desde la última fila. Corriendo a través de un pasillo que le hicieron, dio dos vueltas a mí alrededor, se subió a una mesa de chocolate y señalándome con el dedo, se dirigió a todos para preguntarles —: ¿No os parece que es como la alegría?
Saltó de la mesa, se puso delante y me dio un pedazo de chocolate.
—¡Alegría! —dijeron a voz en grito los niños de un grupo que había a mi derecha. Todos llevaban gorros amarillos y zapatos de muchos colores.
—Un momento —dijo el más alto de todos, uno que estaba más lejos. Se adelantó y se puso en medio del corro. —¿Hay alguno que no sea feliz? Si hay alguien infeliz que levante la mano—. Todos se callaron y uno a uno se fueron metiendo las manos en los bolsillos.
—Se llama: ¡Feli! —exclamó.
Sonreí. El niño de un salto se me colgó del cuello y me estampó dos besos en las mejillas. Eran besos húmedos.
—¡Feli! ¡Feli! ¡Feli! — comenzaron todos a cantar y a aplaudir.
De pronto, una niña se salió del corro y vino despacio hacia mí. Todos al verla guardaron silencio. Sus zapatitos eran azules como sus ojos.
—Yo te llamaré Candi —dijo la niña. Sus rizos de oro se pegaron a mi falda al abrazarme. —Como mi mamá y como mi abuela—añadió.
¿Candiii? —preguntaron todos a la vez. Yo la tomé en brazos. Entonces me dijo despacio al oído: —¿Sabes? Yo también soy Candi.
No se ponían de acuerdo hasta que uno de ellos, el que parecía más decidido dijo:
—No podemos perder más tiempo. Las estrellas son muy valiosas—. Luego se dirigió a mí para preguntarme—: ¿Tú cómo quieres llamarte?
—Todos los nombres que habéis dicho me gustan —le respondí despacito.
—Está bien. Ya lo habéis oído. Cada uno que la llame como quiera.
—¡Bien! —gritaron los niños, lanzando los gorros al aire.
—Tienes que ayudarnos —siguió el que llevaba la voz cantante—. Tenemos una misión que cumplir y solos no podemos, somos demasiado pequeños.
—¿Yo? ¿Cómo puedo ayudaros?
—Verás, cuando te hemos bajado con la música has visto a los hombres y a las mujeres grises. Son así porque un día se olvidaron de sonreír y perdieron su estrella. Se fue con el niño que tenían dentro, y también la inocencia, la alegría, la candidez y la ilusión por las cosas.
—¿Qué puedo hacer yo?
—Meteremos en un saco grande todas las estrellas que cayeron sobre tu cabeza como copos de nieve. Tú lo llevaras, nosotros iremos contigo y pondremos una en cada uno de los hombres grises, para que el niño que se fue con la estrella aparezca, y puedan volver a sonreír y ser felices. Tenemos que ponernos en marcha enseguida, sólo tendremos el tiempo que dure la melodía.
Empezamos a bajar. Sonaba la música y seguía cayendo la nieve. Los seres grises no nos veían, y los duendecillos se posaban sobre ellos como un copo más mientras sacaban estrellas del saco que yo llevaba sobre el hombro y las iban poniendo en las cabezas. Sobre la mía y mi cara caían los copos de nieve como si fueran estrellas mojadas.
Poco a poco la música se fue alejando con los niños duendes. Cuando dejé de oírla vi que a mi alrededor había un montón de gente.
—Ha resbalado y ha caído. ¿Le duele algo? ¿Cómo se llama? ¿Quiere que llamemos a un médico?— me decían mientras me socorrían. Me eché mano al hombro para ver si todavía llevaba el saco. Me dolía.
Me levanté como pude, después de agradecerles su ayuda y sus sonrisas. Cuando empecé a caminar una señora viejecita me dijo:
—Espere…se deja esto. Lo tenía debajo.
Era un saco plateado. Dentro había una azucena con una nota: “Por favor, Candi, no pierdas tu estrella”. Le di la vuelta a la tarjeta. “Candi, como mi mama y como mi abuela, un beso”. Tuve que sonreír a la fuerza.
Hacía tanto tiempo…
Hacia tanto tiempo…
Me hablaron de ti aquel día que fui a hacer un reportaje sobre las avutardas. Fue cuando ya tenía listo el trabajo y me disponía a marchar. Mientras me hablaban de ti, mi mente fue dibujando tu imagen sin poder impedir que mi lengua humedeciera mis labios y acrecentase mi lujuria. Ni un segundo dudé en quedarme.
Te vi en mis sueños aquella noche y quise poseerte, hacerte mía. Te miré, te desee, te mordí, supe de tus más íntimos sabores. Te tuve por fin y me llenaste de gozo. Tras ello me sentí el más feliz de los mortales. Hacía tanto tiempo…
Desperté con el gallo. Calcé mis botas, salí a toda prisa cuando el sol empezaba a despuntar y el rocío todavía cubría los campos. Debía ser el primero en llegar. Mi sueño tenía que hacerse real. Apenas me había adentrado en el camino que llevaba al río te vi. Me agaché con cuidado y te cogí con mimo, eras mía. No solo tú, también muchas de tus hermanas. El sueño se cumplió cuando en mi mesa apareciste junto a las tuyas como el manjar más exquisito, mi deseada seta de cardo.
Una gota brillaba sobre la piedra
Una gota brillaba sobre la piedra
Todavía llevaba en las manos el perfume de dos rosas blancas recién cortadas en el jardín, cuando sonó el teléfono. Dudó en cogerlo. No esperaba que nadie lo llamara y lo dejó sonar. Volvieron a llamar dos veces. Ante la insistencia levantó el auricular y dejó que sonará la voz que estaba al otro lado del teléfono.
—¿Robert? Soy Lucía.
Un nudo en la garganta le impidió contestar. Apartó el aparato del oído mientras contemplaba los arriates de madreselva a través de la ventana. Cambió el teléfono de mano y despacio lo llevó de nuevo al oído.
—¿Estás? ¿Robert?
—¿Lucía?—contestó.
Deseaba haber confundido aquella voz. Lucía bajó el tono y el volumen.
—Lo siento Robert. Debería haberte llamado antes. No me encontraba con ánimos.
—No te preocupes — contestó evitando manifestar toda emoción —. Me alegra que lo hayas hecho. Estoy bien. Bueno, estoy, dentro de lo que cabe. ¿Y tú?
Las rosas estaban sobre la repisa de la chimenea en el jarrón blanco. Blue Moon sonaba despacio, como una plegaria, en los altavoces disimulados en la estantería del salón.
—¿Qué quieres que te diga? Hago lo que puedo. Vuelvo al seminario de lógica. Me vendrá bien volver a los libros después de todo. Acabaré la tesis. ¿Estarás, no?
—Si claro, sigo con las clases. Estoy seguro que es lo que debía hacer.
—Me alegro que así sea. Entonces nos veremos en septiembre, pero en realidad yo no te he llamado por eso.
—¿Ocurre algo?
Robert sabía lo que iba a decirle.
—El viernes hará un año.
—Un año —repitió como un eco.
— Me gustaría que ese día estuviéramos juntos.
Robert tardó en contestar un rato. Estaba sorprendido, incluso expectante, pero era razonable lo que pedía Lucía.
—De acuerdo.
—¿Vendrás por mí?
—Iré donde me digas.
Colgó mientras miraba la fotografía que enmarcaba un portarretratos de madera oscura. Junto a ella estaban las dos rosas blancas que nunca faltaban desde hacía un año. Era muy hermosa. Recordó aquel momento. Era mediado agosto. Las olas llegaban a la playa en silencio para no romper el encanto de la noche. Apenas producían un leve siseo cuando volvían al mar después de besar la arena. La luna como un cuchillo, cortaba el horizonte y ponía un tono dorado a su piel y un destello en sus ojos azules. Vestía toda de blanco. Ambos iban descalzos con las zapatillas en las manos. La arena todavía estaba tibia del calor de todo el día. <<Párate>> le dijo, <<pero no dejes de reír>> <<Y tú tampoco>> le contestó ella viendo como Robert se llevaba la cámara a los ojos para enfocarla>>. El flas fue como un chispazo en la noche. La última fotografía.
No pudo contener la emoción y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Blue moon dejó de sonar.
Cada instante ella estaba en su pensamiento, la recordaba siempre sonriente. Decía que la tristeza había que borrarla del diccionario. Se conocían desde niños. Sus casas estaban una al lado de la otra y sus padres eran muy amigos. Habían crecido juntos y juntos habían saciado la curiosidad de niños y habían agotado sus juegos. Ella nunca tuvo muchas amigas. Prefería sus juegos y los de sus amigos para no separarse de él. Robert se sentía orgulloso de verla crecer a su lado. El primer trago de agua en la piscina lo bebieron juntos cuando empezaron sus clases de natación. La primera caída de bicicleta con el correspondiente rasguño que luego acariciaba a menudo. El primer beso. Aquel beso lleno de magia que provocó su silencio durante todo el tiempo que duró su rubor en la mirada. Aquel primer beso les hizo comprender que habían dejado de ser niños. Seguían juntos y cada vez más unidos formaban parte uno del otro en la promesa de que estarían juntos hasta que la muerte les separara. Ella siempre le decía que hasta más allá de la muerte. Que si moría seguiría apoyándole y que le ayudaría a vivir feliz desde allí donde estuviera. Luego ella, le hizo prometerle lo mismo y Robert le contestaba que jamás morirían, que juntos vencerían a la muerte si venía a buscarles.
La voz de su madre llamándole a la mesa para comer hizo que saliera de sí mismo. Se sentó a la mesa pero se sentía ausente. La inesperada llamada de Lucía le había trastornado.
—¿Te ocurre algo, hijo?—dijo su madre mientras volvía a pasarle el pan.
—Me ha llamado Lucía. Hemos quedado para el viernes.
—Eso me encanta—contestó su madre en tono alegre—. Te hará bien salir con ella.
El padre de Robert, con buen criterio, cambió de conversación para evitar que su esposa siguiera con el tema de Lucía. Empezó a comentar el partido del domingo y la ilusión que le hacía ir juntos a verlo. Ambos eran forofos de equipos distintos y ese día se enfrentaban.
—No te hagas ilusiones, ganarán los míos—le dijo mientras forzaba unas risas.
—Bueno, eso está por ver. Ya veremos quién paga las copas tras el partido—contestó su padre con entusiasmo.
La familia de Robert era maravillosa. No podía tener unos padres mejores, ella siempre se lo decía y él le contestaba que sus hijos iban a tener mucha suerte con los cuatro abuelos que los esperaban. Sus padres eran igualmente encantadores. La vida les sonreía. Ya en la facultad seguían juntos. Lucia le animaba a estudiar y hacían planes para cuando terminaran.
Luego todo cambió. Durante el primer trimestre de ese curso sin ella no fue muy brillante en los estudios. Dejó igualmente el equipo de baloncesto en el que participaba, sin ella de animadora no era lo mismo. Sin embargo él sentía que ella estaba a su lado. Que le animaba y procuraba hacer lo que a ella le hubiera gustado. De esa forma pudo terminar el curso con buenas notas. Escuchaba su música y sentía que la tenía a su lado dándole el valor que le faltaba cuando en su mente resonaban sus palabras:”Siempre estaré a tu lado, yo te ayudaré”. Y ciertamente la sentía a su lado. La lluvia, el viento, la música, la acercaban a él. En las noches mirando las estrellas es como si ella fuera la más brillante y con sus guiños le hablara y le acompañara. Muchas noches se sorprendía a si mismo hablando a esa estrella y entonces se acentuaba más en su mente sus palabras diciéndole que ella se ocuparía de él.
Llegó el viernes y fue a buscar a Lucía. Cuando estuvieron frente a frente, por un instante, quedaron paralizados hasta que se fundieron en un abrazo mientras sus lágrimas se mezclaban. Durante el trayecto que recorrieron hasta llegar al cementerio no cruzaron una sola palabra. Permanecieron allí en silencio largo rato mientras el ramo de rosas blancas reposaba sobre la losa de su tumba.
A partir de ese entonces Lucía no dejó de llamarle ni un solo día. En septiembre se encontraron en la facultad y cada día se veían y charlaban. Daban grandes paseos juntos. A veces iban al cine y su amistad iba creciendo. Era como si ella la hubiera traído hasta él para que no se sintiera solo. Al terminar el curso se despidieron, Lucía se fue de vacaciones con sus padres y Robert, recién licenciado en derecho, empezó a hacer prácticas en el despacho de su padre siguiendo la tradición familiar. Prometieron seguir en contacto.
Aquel verano se le hizo corto. Las dos rosas blancas no faltaban al lado de la fotografía y la música y el viento por todas partes la traían hasta él.
A finales de agosto, vino Lucía. Quería que juntos volvieran al cementerio. Cortaron tres rosas blancas del jardín. No eran tan perfumadas como las de mayo pero eran preciosas. Al entrar al campo santo la cogió de la mano mientras le decía <<Ella te ha traído junto a mí y desde allí no deja de recordarme que te tengo a ti>>. Lucía sin decir palabra apretó su mano. Permanecieron con las manos entrelazadas delante de su tumba. Por primera vez, desde su marcha, los tres juntos hablaron del fatídico accidente que ocurrió al volver de la playa. Y volvió a recordar en voz alta sus palabras antes de irse “Siempre estaré a tu lado”. Sintió su sonrisa. Y cuando el viento rozó su rostro notó sus labios en su mejilla y se estremeció. Lucía, su mejor amiga, en aquel momento le abrazó y una lágrima brotó de sus ojos. Al dejar sobre la fría losa de su tumba las rosas blancas le pareció ver una lágrima. Al menos una gota brillaba sobre la piedra.
Perdido
PERDIDO
Bárbara ensimismada miraba como caía la lluvia tras los cristales de la habitación trescientos dieciocho. La gente con pasos apresurados, resguardándose con los paraguas, pasaba debajo de aquella ventana del Hotel Internacional Palace. Era un tercer piso y se sentía feliz. Siempre el numero tres le había dado suerte y en esta ocasión no iba a ser diferente. Nunca se había fijado muy bien en ese detalle cuando en cualquier ciudad en la que estaba de paso la morada eran cuatro o seis paredes prestadas. Sobre la cama estaba su bolso y en la puerta sus dos maletas preparadas.
Mientras escuchaba como el agua golpeaba en la ventana pensó en ello y sus labios dibujaron una sonrisa. Sin duda alguna su número era el tres.
Bárbara abrió la ventana y sacó su mano queriendo atrapar la lluvia. Cerró los ojos y asomó su cara para que las gotas la acariciaran.
De repente le entraron ganas de salir con el pensamiento de que si salía él vendría antes.
Se calzó sus botas negras de suave cuero y alto tacón. Se vistió con aquella falda negra de tubo con una apretura al lado que al caminar dejaba ver su pierna derecha, un suéter también negro y en su cuello se ató, con un nudo, un pequeño pañuelo de seda del mismo color con pequeños topitos blancos que escondía a medias un pequeño collar de perlas y cogió aquella gabardina, que aunque pasada de moda, le gustaba ponerse los días de lluvia.
Decidida, sin paraguas, salió a la calle. Paseó durante unos minutos dejando que la lluvia refrescara su cara. La sintió como una acaricia. Ansiaba el regreso de André pero tenía la certeza que él llegaría en cuanto le fuera posible, la espera no la ponía nerviosa sabía perfectamente que él vendría y mientras esperaba soñaba…, y estaba tranquila, serena, feliz…, porque esa espera no era con incertidumbre, en cualquier momento él aparecería.
Volvió a entrar al Hotel por aquellas puertas giratorias y se paseó por el hall ojeando los libros y las revistas que había en una de las mesitas…, sintió que las miradas de un grupo de hombres la desnudaban pero no se inmutó. Siguió paseándose como si nadie existiera.
De pronto escuchó las notas de un piano. Embrujada por sus acordes caminó despacio hacia él intentando evitar que el ruido de sus tacones rompiera el sonido de una hermosa melodía.
Se dejó caer en un cómodo sillón, cerró los ojos, mientras escuchaba y al mismo tiempo soñaba.
De repente sonó el teléfono e hizo que volviera a la realidad.
— ¿Dónde estás? —era André que acaba de entrar en el Hotel.
—Cerca. ¿Y tú?—contestó Bárbara.
—Persiguiéndote.
—No creo que puedas perder mi rastro —contestó Bárbara mientras esbozaba una sonrisa, segura de provocar la de André. — ¿Acaso no conoces mi perfume? ¿O es que andas…perdido? —La risa de Bárbara se mezcló con la melodía que desgranaba el piano.
—Perdido me encuentro siempre que no te veo— André apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo.
Ella, volvió a cerrar los ojos mientras le esperaba. Apenas habían pasado unos segundos cuando los abrió de repente al escuchar al piano una melodía que conocía muy bien. André sustituía al pianista de turno y le sonreía mientras tocaba “Perdido”. Despacio con dos copas en la mano ella se acercó, y tras un brindis silencioso le dio un beso en la frente y le acarició la mejilla mientras se colocaba en silencio a su lado disfrutando de la magia que aquel maravilloso hombre le estaba regalando.
Al terminar la melodía, sin dejar de mirarse a los ojos, tomaron un sorbo de Martini. Luego se cogieron de la mano mientras se hacían la misma pregunta.
— ¿Vamos? —Apuraron sus copas, que quedaron sobre el piano.
Salieron a la calle y subieron al taxi que Bárbara había encargado. Poco antes había pedido que le bajaran sus maletas.
—Al aeropuerto, por favor—dijo André. Esta vez no habría adiós, Ginebra estaba nada más bajar del avión.
Un fado en Portugal
UN FADO EN PORTUGAL
Aquel día tras el almuerzo se tumbó en una hamaca mientras escuchaba su música.
Ensimismada en los acordes de una melodía de Jazz no le oyó llegar a pesar que el ruido infernal de aquella moto había entrado por la ventana entreabierta de su estudio…, el día era precioso, unos rayos de sol acariciaban su cara y le obligaban a cerrar los ojos, aquella música la transportaba a lugares de otras épocas como si el mundo presente no existiera. Era su música, era él.
Hacía unos meses que la grabó para regalársela y en sus ausencias siempre hacía que sonara para que no fueran tan dolorosas, al escuchar aquellos acordes sentía como si fuese él quien la estaba interpretando en lugar de aquel artilugio que la reproducía.
Seguía con los ojos cerrados, soñando… y su mente rechazaba cualquier ruido que se producía a su alrededor.
El tiempo había desaparecido, con los ojos cerrados se deleitaba soñando mientras escuchaba aquellas notas. De repente notó que una brisa de aire fresco acariciaba su cara, sintió un poco de frío, el sol se había escondido, abrió los ojos al mismo tiempo que se incorporaba de aquel diván en el que estaba echada para ir a buscar un chal y cerrar el balcón que daba al jardín.
Entonces las vio, se acercó y su perfume la embriagó, de rojo intenso dos hermosas rosas le estaban acompañando. Sabía que no podían haber llegado solas…,
Bárbara llamó a María, la fiel haya que habían tenido en casa de sus padres toda su vida y que se había quedado con ella. — ¿Has traído tú estás rosas?
La dulce María, no contestó y con evasivas dijo que tenía que salir que había quedado con unas amigas para tomar café.
Bárbara miraba fijamente esas rosas. Él había estado allí o estaba aún. No podían ser de nadie más. No estaba soñando, esto era real, estaba sucediendo en ese mismo instante.
Su corazón empezó a latir con fuerza, a cada instante intensificaba más sus latidos y mirando a su alrededor dijo: — ¿Estás aquí? — No hubo respuesta y apretándose el pecho con sus manos intentó frenar su loco corazón mientras volvía a preguntar más fuerte — ¿Estás aquí? — De repente escuchó su voz, —Sí, estoy en la ducha.
Quiso correr a su lado pero él siguió diciendo… — Mira en la salita, he dejado unas cosas, son para ti y me gustaría que te las pusieras.
Se apresuró a hacer lo que le estaba pidiendo.
No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. — ¿Quieres que me ponga esas ropas? — Le preguntó.
—Si. Me gustaría mucho, contestó con voz firme.
— ¿Estás loco? Sabes que… sin dejar que terminara su frase volvió a escuchar su voz diciéndole:
—Algún día tendrás que decidirte, sabes que a mí me gusta y esta vez deseo sea así, anda ponte esa ropa, por favor, que bajo enseguida.
Con sus ojos muy abiertos miró aquel traje de cuero rojo… y sin decir más palabras se quitó la bata que cubría su cuerpo y con no pocos esfuerzos se vistió, más bien se calzó, aquellas ceñidas ropas. Era un mono precioso, se sentía bien con él, demasiado ajustado a su cuerpo, tanto… que sentía como si tuviera una segunda piel.
Sintió su respiración en la nuca al mismo tiempo que escuchaba unos susurros —No te vuelvas… Ponte el casco y no te vuelvas, vamos… hace tiempo que no veo tus ojos. Hoy quiero volver a verlos en el precioso rincón al que te voy a llevar.
Callada, vestida de cuero rojo y con aquel casco en la cabeza se subió a su moto, se agarró con fuerza a él, cerró los ojos… y sin más palabras dejó que, como siempre, la transportara al cielo.
Aquella noche, en aquel entrañable bar de la playa de Carcavelos se miraban mientras acariciaban sus manos y su cara. De fondo, sonaba una guitarra y una voz irónica cantaba un fado. Ese lamento portugués que sabe aunar la poesía, la pasión, el amor, el desprecio a las riquezas, el escepticismo… todo ello amalgamado con ese tañir de la guitarra.
Ese Fado, que dicen es triste pero que si tienes suerte te enamora. Ese fado que hace que los enamorados se queden embrujados ante esos lamentos.
Así se sentían ellos, embrujados y sedientos de sus besos y sus caricias. Se tomaron de la mano y se perdieron en aquella playa. Justo dónde rompen las olas, sus bocas se unieron en un profundo y apasionado beso mientras miles de mariposas bailaban a su alrededor y las olas jugueteaban con sus pies. Las estrellas fueron su techo aquella noche y su lecho la arena y mientras se amaban eran acunados por aquellos lamentos de un Fado que sonaba a lo lejos y que el viento caprichoso les acercaba. Al alba, sonó un “Te quiero” dicho al unísono por los dos.
Marta
Marta
Mi marido desde hace un rato me llama Carolina. El ictus le ha paralizado la parte derecha de su cuerpo, y el principio de Alzheimer que tenía, ha hecho de él otra persona. Estamos en el hospital casi una semana. Una enfermera rubia, muy activa con el pelo mal cortado entra en la habitación arrastrando sus zapatos blancos, toquetea un gotero, apunta no sé qué cosa y enseguida se marcha con una botella vacía. Con la cofia me recuerda a mi hermana cuando trabajaba en la fábrica de conservas.
—Rogelio, ¿qué dices? —le pregunto—. Soy Marta. Mar-ta, tu- mu-jer —le repito despacio, vocalizando, para que me entienda. Me escucho a mi misma como si le hablara a un niño. Rogelio tiene la boca torcida. Parece que sonríe del revés. Su ojo izquierdo, medio cerrado, mira perdido, y el párpado le tiembla. Levanta la mano izquierda apenas para señalarme con el dedo, luego la baja, resignado, y gira la cabeza en la almohada. Tartamudea de manera exagerada.
—Nnnooo —dice, y vuelve a levantar el dedo y repite—: Cacaa-rooo-lii–na
El esfuerzo le agota y se queda con un ojo casi cerrado, descolgado, y el otro abierto clavado en la puerta de la habitación. Los goteros parecen fantasmas que nos acompañan. Me reclino en un sillón incomodo con los pies sobre una silla, mientras pienso por qué ahora soy Carolina. Los goteros se vacían gota a gota a través de sus venas para ir a parar a la bolsa amarilla que le cuelga de la cama. Sus labios se mueven despacio, convulsos sin producir sonidos, sin embargo sé que balbucean ese nombre.
—Carolina, avíseme cuando se termine este gotero— me dice la enfermera rubia, sin mirarme. De un golpe de muñeca cuelga una botella pequeña de la barra metálica que hay sobre la cabeza de Rogelio.
—Me llamo Marta —protesté.
La enfermera se vuelve desde la puerta y me observa un instante. Después mira a Rogelio que sigue balbuceando. Se acerca a Rogelio y vocaliza alto, como si declamara.
— ¿Quien es Carolina, Rogelio?
Mi marido gira la cabeza y levanta apenas la mano derecha, la señala con el dedo mientras tartamudea el nombre y me mira, como si disimulara. La rubia desaparece arrastrando sus zapatos, descarada. Me levanto y con una gasa le limpio la saliva que le resbala por la barba de tres días.
La otra
Marqué el número al borde del desfallecimiento y sonaron más de mil pitidos. Después del último, escuché la voz de Aida. No dije nada, ni me enjugué una lágrima.
—¿Estás? —preguntó reiteradamente.
Respiré alterada, sin fuerzas.
—No lo sé –contesté al fin.
—¡Qué voz tan rara! ¿Qué pasa, hija?
—Luis… —solté como un suspiro.
—¿Y ahora?
—Otra.
—¡Joder!
—No. Jodida.
—¿Estás segura?
—Sin ninguna duda.
—¿Por qué?
—Le dedica el tiempo que me esconde.
—¡Mierda!
—Ahí debería parar.
—¿Y por qué no?
—Le quiero demasiado.
—¿Y él?
—Me dice lo mismo.
—Te torea.
—Es feliz y, al menos, algo me queda.
—Él no te lo consentiría.
—De eso también estoy convencida. Gracias de todos modos, necesitaba contarlo. No puedo más.
—Eres…
Colgué y me dejé caer en el sofá, abatida. Allí estaba él, en el teléfono y en el Messenger horas y horas.
En el Balnearío de Archena
COLOQUIO, PRESENTACION-LECTURA, OBRAS DE BÁRBARA FERNANDEZ
El jueves 14 de septiembre Bárbara Fernández Esteban presentó su novela “OLGA” y el libro “PORQUE DIGO TU NOMBRE TE LLEVO CONMIGO”, en el Salón principal del Hotel León del Balneario de Archena en un coloquio literario muy ameno que dirigió el actor , poeta y ex Catedrático de Arte Dramático de la Universidad de Murcia Don Ramón Centenero.
Varias personas asistentes al acto leyeron algunos relatos. Hubo momentos de intensa emoción por la cercanía del contenido de los temas.
Tras las lecturas y el coloquio, el actor murciano, puso de relieve algunos aspectos comparables con los escritos de Oscar Wilde.
Al terminar, la escritora firmó los ejemplares que, previamente, habían adquirido los asistentes al acto.
14-09-2011
Balneario de Archena (Murcia)
No habrá distancias
NO HABRÁ DISTANCIAS
Desde aquel 24 de Julio en el que tuvo que marchar, mi vida transcurría lentamente, los días eran eternos, las noches interminables, solo pasaban velozmente los minutos que charlábamos por teléfono que se me antojaban nada. Su trabajo se estaba complicando y por tanto su vuelta a casa se retrasaba.
No sabía qué hacer, ni siquiera su música me hacía la compañía de otras veces. No sabía soñarlo como siempre lo hacía en sus ausencias. Y tampoco podía ir donde él, porque no hubiera sido lo correcto en esta ocasión por lo delicado de su misión.
Mi trabajo me aburría, estaba como ausente y empecé a notar un cansancio atroz.
A principios de agosto empecé a sentirme rara, no era la persona alegre, decidida y fuerte de siempre. Fue entonces cuando decidí emprender aquel viaje. Dejé todo, y compré un pasaje en aquel barco que me trasladaría al otro lado del mundo. Mi familia, mis amigos, mi trabajo, todo quedó atrás. Me sumergí en un mundo diferente. En mi maleta llevaba un montón de libros, y su música.
El barco era precioso, mi camarote tenía un pequeño balcón en el que pasé grandes horas al principio del viaje. Por las noches paseaba por cubierta, y luego con una copa en la mano me sentaba en uno de aquellos veladores donde podía contemplar la oscuridad de la noche y el mar, hasta que el sueño me vencía. Era como estar en otro mundo. El embarque había sido en Barcelona, y al cabo de dos días hacíamos escala en Tenerife. Cuando me avisaron de que era la hora de salir a recorrer la isla, decliné desembarcar. Conocía Tenerife como la palma de mi mano, y no me apetecía recorrerlo sin su compañía. Aquel día aproveche para disfrutar el silencio y la tranquilidad de aquel hermoso barco sin el bullicio de la gente. Creo que no deje de recorrer un solo rincón. Al día siguiente hacíamos escala en La Palma, volví a declinar ir de excursión, pero en esta ocasión si bajé del barco. Quería acercarme a comprar unos pañuelos de seda.
En La Palma, la seda sigue tejiéndose como en los tiempos medievales, el tiempo parece haberse detenido en este lugar y en la artesanía de la seda. Hoy en día, la trasformación del gusano de seda hasta la pieza deseada, se realiza totalmente a mano, es el único lugar de Europa donde se realiza esta labor totalmente manual. Incluso los tintes empleados para dar color a las bellas piezas, son naturales. Ver a las mujeres hilando es un placer, siempre que las contemplo las envidio. Siempre que tengo la ocasión de pasar por allí, voy en busca de alguno de esos preciosos tesoros que han salido de sus manos. En esta ocasión, no podía ser menos. Compré unos pañuelos, unas camisas, y una pieza recién salida del telar con la que más tarde mandaré confeccionar una blusa. Camino de regreso al barco me sentía feliz. Había sido un bonito día.
Había hablado con Gerardo, no sabía cuándo podría volver a hacerlo, en alta mar las comunicaciones con tierra a través del teléfono móvil no había seguridad de cuándo podrían realizarse.
A las siete en punto de la tarde, volvimos a zarpar. Nos esperaban cinco días con sus noches en el mar hasta llegar nuevamente a tierra. Aquellos días, pasé la mayor parte del tiempo mirando el mar y el cielo, confundiéndolos en muchas ocasiones. Los amaneres y los ocasos me atrapaban y me hubiera gustado quedarme en ellos para siempre.
Esos cincos días en el mar fueron preciosos, el único inconveniente era no poder comunicarme con Gerardo pero, aunque lejos, lo tenía cerca. Él me había contagiado su amor al mar, y fue fácil soñarlo. Al sexto día, al amanecer, divisamos tierra. Ante nosotros aparecía Barbados. Había programado un recorrido por la isla, lo decline. No me apetecía caminar. Al rato, después de desayunar en cubierta, me sentí atraída por aquellas gentes que veía transitar por el puerto y decidí bajar a tierra. Apenas había traspasado el puesto de control de salida del barco recibí una llamada. Era Gerardo. Me habló de su trabajo, y de la añoranza que tenía de mí. Le conté mis días y mis noches sin él y le dije que iba en su busca. De repente me dijo:
— ¡Qué guapa estás con esa gorra blanca!
Yo andaba paseando por los puestos de venta ambulante que los lugareños tenían dispuestos a las llegadas de los barcos ofreciendo a los turistas toda clase de cosas del lugar. Me sorprendió lo de la gorra blanca.
— ¿cómo sabes que llevo una gorra blanca? —le pregunté.
Gerardo rió diciéndome que era así como me imaginaba, y seguido dijo: esa blusa de seda de estampado en rosas ¿Es nueva?
Cada vez estaba más sorprendida y empecé a ponerme nerviosa mirando hacía todos lados. Lo veía por todas partes, pero no llegaba a alcanzarlo.
—Gerardo, deja ya de decir tonterías, me estás asustando— le dije.
Después de charlar un rato nos dijimos adiós. Volví al barco. Fui a mi camarote y me arreglé para la cena. Antes de ir al comedor, como cada noche, me di un paseo por cubierta contemplando la bonita puesta de sol mientras dejábamos atrás las luces de Barbados al zarpar de aquel puerto emprendiendo camino hacia la Isla siguiente. Al llegar al comedor, el Maître, me pidió disculpas diciéndome que habían tenido que cambiarme de mesa dado que en la que yo ocupaba se había incorporado un pasajero amigo del resto de los comensales. Me acompañó hasta una mesa pequeña situada en un privilegiado lugar cerca del piano. Había dos servicios. Me sentí un poco incomoda, aunque no quise darle mayor importancia y pensé que aquella mesa era mejor que la que venía ocupando con tanto bullicio de aquellas gentes que no conocía de nada y me obligaban a sonreír y reír sus gracias.
Me trajeron la carta. Distraída, sin mucho interés, estaba mirando la elección del menú y, de repente un gran ramo de flores apareció delante de mis ojos mientras oí una voz que me pareció un sueño diciéndome: << ¿Puedo acompañarla? >>
No podía dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo, me quedé inmóvil sin saber si era realidad o sueño. ¡Allí estaba Gerardo! Quedé paralizada, no sabía que decir, no sabía si levantarme y abrazarle o salir corriendo enloquecida pensando tenía alucinaciones.
Él, con su habitual aplomo, tomó mi mano mientras me decía: <<calla, no digas nada. >>
Nuevamente me había sorprendido. A partir de ese momento los días en el mar fueron diferentes. Quedaban cuatro días para llegar a Santo Domingo, pero en La Dominica, abandonamos el barco, allí estaba su velero que nos esperaba para seguir navegando muchos días más. Hasta hoy, que después de vivir maravillosos días y noches en el mar a la luz de su luna, me ha traído de vuelta a casa. Tal vez, este viaje no cambió mi vida, pero me enseñó a contemplarla con sorpresa, como quien mira una caja que al abrirse puede mostrar cualquier regalo inesperado.
/////…////
Este relato quedó finalista en el II Concurso de Mujeres Viajeras (2010) y está incluido en el libro que se editó con dicho motivo.

![libro_porque_digo_tu_nombre_te_llevo_conmigo-2[1]](http://blog.barbarafernandez.es/wp-content/uploads/2011/06/libro_porque_digo_tu_nombre_te_llevo_conmigo-21.jpg)





![logo[1]](http://blog.barbarafernandez.es/wp-content/uploads/2011/09/logo1.gif)
