Reseñas de libros que leo

Algunos peces del estanque

Algunos peces del estanque

Algunos peces del estanque (Color amatista), la última novela de la escritora vallisoletana, Teresa Salvador Berrueco, es una novela poliédrica desde su propia estructura, desde la percepción de los personajes y de manera especial desde un punto de vista literario al rehuir una andadura lineal, con el recurso permanente al feedback y a la técnica de una doble o triple visión narrativa.

La autora, para ello, con gran desparpajo, utiliza una riqueza abundante en su léxico y en la prolija descripción de un entorno muy entrañable, valiéndose de la voz de un narrador omnisciente que, como el recitativo de un oráculo fatal, relata la historia de un personaje atribulado en la pérdida inevitable de su identidad, para descender a un infierno que no es el otro, sino él mismo; de un narrador en primera persona que nos cuenta una historia de un descubrimiento y crecimiento de identidad personal que contrasta tanto más con el proceso destructivo del anterior personaje, y aún la voz de una segunda persona en algunos puntos relevantes para interpelarse a sí misma.

Si el primer personaje es un prototipo de fragilidad en las relaciones sociales por culpa de una familia poco integrada, de una religión encarnada en un clérigo oscuro y manipulador y de una justicia, mejor que ciega, sombría y poco concernida con la verdad y mucho en la apariencia, el segundo personaje es un puro contraste: Dinámico, sociable, audaz, triunfador y bien arropado por un entorno familiar seguro, y en algún caso irresponsable. En torno a un personaje débil y apocado se construyen varias historias poliédricas cuya relación es sutil, pero sin que sean únicas motivadoras del acontecer de Rafael. Esta visión exculpabilizadora debería llevar al personaje antagónico a rechazar su compasión, por más sentido de la culpabilidad que pueda albergar respecto de él.

¿Qué regla ha incumplido Rafael que lo pone al servicio de la entropía? Haber renunciado a su responsabilidad y, por ende, a convertirse en autor de su propia destrucción. Por otra, Alejandra o Margarita encarnan el mito de Hércules, vencedor en todas las batallas. Dos personajes muy perfilados, como los son también el padre y la madre del protagonista. El resto están pintados con caracteres impresionistas. Suficiente.

Si hay algo que un lector muy avisado podría subrayar como carencia en ambos personajes principales es su sexualidad. La novela de Teresa Salvador no es una novela romántica al uso, en la que el amor y el sexo puedan ser salvadores o causa de perdición. Al contrario, donde estos se han asomado, han resultado perturbadores de los propios personajes. La novela de Teresa Salvador es una novela clásica en el sentido más dorsiano del término. El amor de la abuela no salva, el amor de Alejandra por su profesor es espurio, el amor por la arquitectura es interesado, el amor de la madre es perverso. La bondad de Rafael es su propia trampa. Algunos peces del estanque (Color amatista) es una novela clásica en la que lo que importa es el suceder, la tragedia, y casi nunca el sentimiento. Lo que sucede es trágico, indefectible. Lo que conmueve es tan solo fruto de la contingencia.

La novela atrapa desde las primeras líneas y al llegar a las últimas no he conseguido desprenderme de cierta sensación inconsciente en una visión nietzscheana de la vida, de la verdad, del amor y de la muerte y me he preguntado, como no podía ser de otra manera, por los peligros que acechan la esperanza.

Muchas más cosas se podrían decir de esta gran novela que cabe estrujarla desde varias relecturas.

Una lectura muy recomendable que he hecho más mía con la música de Alban Berg por su dramatismo, por su neorromanticismo como divergencia. El músico vienés es un maestro de lo complejo: las mismas maneras que apunta Teresa Salvador en el oficio literario.

©Bárbara Fernández Esteban. Junio 2016.

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Las Verdaderas historias de amor son pasajeras

Las verdaderas historias de amor son pasajeras.

Pilar Aguaron Ezpeleta.

Edita La fragua del trovador. 1ª Edición Diciembre 2015.

 

Mientras leo el último libro de Pilar Aguaron, editado por la Fragua del Trovador, vuelvo a experimentar, como ya me pasó con la lectura de la Casa de los arquillos, un sentimiento arrebatado, un hechizo sensible que emerge de la escritura de quince historias de amor precario, que por serlo, necesariamente, tienen que ser efímeras. Quince historias que discurren, bandeando entre la fragilidad, la rebelión y la esperanza bajo una apariencia de nihilismo fatalista con que la autora parece revestir sus personajes. El tono de los distintos narradores está transido de nostalgia de un mundo demasiado fugaz, y también de cierta fascinación como respuesta, que no coincide con el mundo desquiciado que resulta, mal deudor del primero. El placer de la lectura puede ser más, desde la perspectiva en que se sitúan aquellos lectores, como yo, para quienes cualquier tiempo pasado fue mejor, o que, al menos, pensamos que este pudo tener otro brillo. Sin embargo, ninguno de los protagonistas, ni tampoco el narrador, cuando no coincide con ellos, muestran un sentimiento de frustración o de rabia que podría conducir a pensar en muestras de inmadurez como podría pensarse después de leer la Historia de “Cólera”, sino todo lo contrario, todos ellos soportan un talante senequista que contribuye a pensar que la vida no es insufrible del todo. Simplemente, es. La rebelión no consiste en cambiar el mundo, sino en aceptarse a uno mismo en su caducidad como esencia, en la extinción del amor romántico que redime en tanto que es fugazmente verdadero, irrepetible, porque pasa solamente una vez por la vida de los protagonistas. Esta es la única moraleja que se desprende del ocaso de todas las historias que nos cuenta Pilar Aguaron. “Me gusta esta casa”, dice Mariela. “¡Tenemos que llevarnos bien!”, añade en el punto más álgido de la Historia de los Rabanera. No cabe mayor madurez, ni persuasión más evidente. Por eso, pienso que el nihilismo que puede desprenderse de la prescripción de las “Verdaderas historias de amor son pasajeras” es solo apariencia, que la fragilidad que muestran los personajes es fortaleza y que la esperanza es tan solo memoria.

La escritura de Pilar Aguaron tiene tirón, sugestiona y nos lleva al desenlace, aun sabiendo que no pretende causar un efecto hipnótico o trágico que nos deje con la boca abierta, sino que nos obliga a pensar, a agitarnos en nuestras convicciones, a asentir para darle la razón, enriquecidos con lo contingente.

A todo ello aporta, además, un valor añadido. Diría un valor extraordinario, que solo a la autora puede corresponder como magnífica dibujante y pintora que es. A cada relato acompaña unos dibujos que contribuyen al realismo y que su contemplación es una nueva complacencia para la vista.

Enhorabuena a Pilar Aguaron por su nuevo libro, y gracias por el placer que resulta de leer y ver su obra.

Suelo acompañar mis lecturas con alguna música que el propio texto me sugiere o bien un rápido vistazo al índice. Hay una historia en el libro titulada “Los ojos azules de Frank Sinatra”. Comencé a leer con “la Voz”, pero desafinaba ante textos a veces muy sutiles. Con él, descarté también a Elvis, por excesivo. Finalmente fue Bill Evans y su piano: “Alice in Wonderland”, quien puso banda sonora perfecta a las Verdaderas historias de amor, tan pasajeras como el país de las maravillas.

©Bárbara Fernández Esteban. Marzo 2016.

 

 

La Brújula del Universo

 

La brújula del Universo de Mario de los Santos

La Brújula del Universo.

Novela de Mario de los Santos.

Pregunta Ediciones. 2ª Edición. Diciembre 2015.

Notas a propósito de la lectura.

 

En Zaragoza, La Brújula del Universo puso rumbo aparente al punto Omega en 2058, al recobrar el que había perdido su demencial aguja durante el sitio de la augusta ciudad, a causa de un jota francesa inacaba que ponía música y letra al amor de una maña y un oficial francés del ejercito ocupante de Napoleón, ocupado en demoler piedra a piedra la ciudad sitiada, para no dejar palacio, iglesia, convento, mercado, calleja, taberna o lupanar en pie, donde pudieran resistir con furia sus habitantes a los petulantes gabachos.

Al comenzar a leer La Brújula del Universo, novela ganadora del II Premio de Novela Fundación Dosmilnueve, pensé que el autor me conducía por la vía del surrealismo a un plano mágico en el que detenía el tiempo y escarbaba el espacio para componer un pastiche fascinante del heroico sitio, con el abracadabra de una jota peculiarísima, enmudecida de repente, hasta 2058, en los fondos olvidados de un olvidado baúl catedralicio.

Me encontré que la novela proponía un corte transversal, oblicuo, como si de una proyección tridimensional se tratara de la gente sin carne y hueso, en los días previos al diez de febrero de 1808, agarrada desesperadamente a la inconsciencia resistente en los lugares emblemáticos de aquella Zaragoza. Lugares envueltos en un aire sombrío, a veces pérfidos y otras inmortales, como si hubieran decidido recuperar el tiempo de antaño en el espacio cotidiano de mediados del siglo XXI, y todo volviera a palpitar de nuevo después de un cuajado reposo de aquellos personajes fabulosos, objetos de un hechizo por el que permanecen en el mismo espacio, a caballo de dos mundos superpuestos que pueden colisionar en virtud de una velocidad constante y su ángulo disminuyendo.

La implicación en la observación de la Zaragoza renacida de sus cenizas de mitad del XXI por parte de esos personajes hechizados es algo que el autor no se ha atrevido a explorar en su adelanto al Ministerio del Tiempo, más que desde la visión socarrona e irónica, a veces tierna, del cronista de la historia. Parece que de momento solo cabe mirar hacia atrás. Tampoco hubiera estado mal un Palafox espectador con las manos en la cabeza en un pleno del Consejo del Gobierno de Aragón, miembro de pleno derecho de la UE, para decidir ante el Parlamento Europeo sobre la directiva del Agua. Pero, eso hubiera resultado una historia muy distinta, y no era el caso, salvo que en aquellos fondos dormidos del baúl, hubiera aparecido otra jota, alemana por ejemplo, que hubiera activado un sistema de energías, o un módulo de vínculos que se da en toda ciudad, capaz de activar una impremeditada influencia en la sucesión de sus acontecimientos.

El envite del autor era muy atractivo porque sé de su melomanía. Lo de la ciencia ficción me despistó un poco también por saber que De los Santos es un escritor serio y documentado, sin perjuicio, por supuesto en ningún caso, de la sorna que la naturaleza le presta, tan común a muchos escritores aragoneses, lo que me abrió los ojos a base de carcajadas. “Tirad bombicas, tirad, que de castañuelas nos sirven”. “Una excusa para los errores y un aplauso para los aciertos, pues, al cabo, eso es la jota”. Y si es en francés, es el acabose.

Pero La Brújula del universo, evitada la hecatombe apocalíptica en el punto omega, y recuperado el rumbo magnético de la Historia, va más allá de las imágenes y los iconos, pues la jota, aun siendo el pretexto, mejor que el inventado código vinciniano, es éxtasis, complot de muerte y vida que media entre el sentimiento y la inteligencia, como en toda buena música, sin saber si llega a romper la eterna dicotomía, el viejo sofisma existente entre cultura y esencia. Me inclino por la creencia de que es más naturaleza, orillando el riesgo que supone una afirmación demasiado contundente.

Por supuesto, no caí, durante la lectura, en la tentación de escuchar como banda sonora otra jota que no fuera la francesa, ni siquiera la obertura de la sinfonía 1812 de Tchaikovski como respuesta, ni cualquier versión de los sitios de Zaragoza, por el menosprecio que hubiera supuesto al finísimo humor de Mario de los Santos, sino una colección de foxtrot que es lo menos parecido a un jota o a la Marsellesa, que no impidiera su brillo por sí sola, y que, además, funciona bien con las risas.

Como aragonesa, tengo para mí que la lectura de La Brújula del Universo ha sido una gozada que recomiendo a todos, aunque comprenderé las carencias de algunos para la mayor fruición, si no conocen mi Zaragoza, en la que he escuchado bien, los tiros, los ayes, las bombas, los juramentos y las jotas.

©Bárbara Fernández Esteban. Marzo 2016.

POLARIS de Fernando Clemot

Polaris de Fernando Clemot

POLARIS  de Fernando Clemot 

Editorial Salto de Página. Colección púrpura. Novela (2015)

La novela se desarrolla en un contexto masivamente traumático, con todo el peso existencial de los seres atormentados. Una manera de existir que sucede a las dos grandes guerras del XX, propia de los años cincuenta, antes de que la década de los sesenta, dentro de la guerra fría, dé paso a la diversión, a las revoluciones del cono sur, a los movimientos sociales, a la sociedad del bienestar como antídoto del comunismo, y ponga las bases del capitalismo salvaje.

El sentimiento de angustia, como algo abominable, aparece desde las primeras líneas en las entrañas del barco en el que se malvive de manera sobrecogedora. Todo se desarrolla de forma sesgada y turbia, tortuosa y secreta. Los ruidos, el paisaje, la radio, la música constante son elementos inquietantes, opresores. Lo que viene –lo que se impone— es un mundo nuevo del que se excluye la religión, la memoria, la culpa, el perdón, el remordimiento, la expiación, la rectitud (temas conradianos), donde, de manera exclusiva, lo que importa es el control y el poder sobre la base del miedo. La imposición de un mundo en el que no cabe el pusilánime, el débil, el atormentado capaz de expiación. Un mundo ineludible y poderoso que no responde a anhelos, ni da soluciones. Los sentimientos de angustia los solventará el poder y la ciencia. Lo nuevo no es susceptible de amar, de soñar, de embelesar…, pero será coherente. Se trata de depurar el pasado, hacer tabla rasa del horror de la guerra y de la hecatombe nuclear, ayudados por el predominio del pensamiento científico ante la duda, la perplejidad y el remordimiento. Órdenes de quien sabe verdaderamente lo que conviene. Órdenes a las que atenerse, aunque, “prima facie”, parezcan absurdas o carentes de sentido. Los nuevos dioses, “ellos”, sí saben cuál es el sentido final.

No sé por qué, en algún momento, a lo largo de la lectura, aparecían en mi mente, referencias a “2001, Odisea en el espacio”. Quizás porque la novela se desenvuelve, salvo las digresiones de la memoria del protagonista, en una nave. En este caso, un viejo barco anclado en el frio Ártico. El Eridanus, un barco gemelo del muy especial Polaris.

Clemot plantea la novela como un “continuo” a modo de escucha interior, a partir del interrogatorio del protagonista por quienes representan el control, el poder, lo nuevo, y, con el recurso a la memoria imperfecta, a tientas, con avances y retrocesos —en lo que el autor es un maestro—, eleva la búsqueda, el análisis y su exégesis, a categoría de método, dando pie a información que convierte la historia en laberíntica, al quedar, a veces, disuelto el ritmo y el hilo conductor mediante sub-historias, cuya virtud, quizás, sea, de manera acertada, hacer más asfixiante el relato.

Se trata de una novela interesante y sugestiva, muy bien urdida, que exige una reflexión considerable y un perenne releer por su permanente tensión interna y por la propia estructura de la novela. La inclusión de los diálogos dentro del texto narrativo dota al mismo de una densidad tal que obliga al lector a un esfuerzo redoblado en la comprensión de una historia compleja, sin perjuicio de una prosa rica, muy depurada y selecta.

Puede que la indeterminación de los diálogos funcione muy bien en la literatura anglosajona y que se pretenda crear tendencia. Es posible que nuestra tradición sea, a mi modesto parecer, probablemente más clarificadora. Esta es una opinión en exceso atrevida para una junta letras como yo, con criterio lego en la materia. En una novela en la que el método inquisitivo es fundamental, dicho recurso, me obliga a replantearme creencias en un esfuerzo necesario para llegar a las certezas de un maestro.

De conformidad con mi costumbre de ambientar mis lecturas asociándolas a una música determinada como banda sonora, las primeras páginas de Polaris me llevaron a Arnold Schönberg y su Pierrot Lunaire, porque me acordé de Theodor W. Adorno quien decía que parte de la obra de Schönberg tiene un sonido freudiano y la historia que nos relata Fernando Clemot da voz y eco al inconsciente. En este punto, además, me atrevo incluso a añadir, quizás con insolencia y de manera muy impulsiva, una imagen: “El grito” de Munch. Puede que Fernando Clemot haya escuchado, consciente o inconscientemente, el eco de ese “El grito”, al escribir esta novela.

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© Bárbara Fernández Esteban. Noviembre 2015.

 

HIELO, novela de David Aliaga

“Hielo”, novela de David Aliaga, editada por Paralelo Sur Ediciones, para su colección Aquilón (Noviembre 2014), funciona en torno a una trama de cuatro historias turbadoras sin ningún tipo de cromatismo que arrebate protagonismo a un hielo que nunca será lágrima. Son historias protestantes, herméticas, trágicas, sin épica, sin redención, ni primavera. Ni el “eros” será capaz de resurrección. Bálsamo, si acaso. La satisfacción y el gozo se conciben si hay deseo de renacer, de ser ave fénix. De ahí que las historias de Hielo no sean historias de luz eterna, sino una vuelta de tuerca a la resistencia a pesar de todo, como alternativa del suicidio o como otra forma del mismo. La muerte como liberación de los horrores vividos, presentidos, sospechados, sin catarsis. No es el mito de Orfeo, sino el de Sísifo el que nos muestra Aliaga con una madurez insólita.

Todas las miradas de los personajes que hollan el “Hielo” de David Aliaga son huidizas, y evidencian actitudes silentes ante la realidad demasiado pavorosa. Sin aspavientos, a media voz y entre penumbras y susurros, la expresión del dolor, la conciencia de culpa, la mentira, el miedo, —sentimientos sombríos que se mimetizan sobre el paisaje blanco sin concesiones al color—, se transforman en un malestar melancólico, patético disfraz que torna difícil o imposible la esperanza. Cabe huir, intentarlo como sea, aún a sabiendas de que no hay salida.

En siete capítulos cortos, con un lenguaje que requiere esfuerzo en la lectura, una voz entrecortada que hurga en lo poético y el uso habitual de la metonimia como un puzle que encaja milimétricamente las metáforas, David Aliaga nos lleva de forma agónica al deshielo de los personajes, y de nosotros mismos conmocionados con ellos, en una lucha inútil e insolidaria contra el cerco fronterizo de la verdad.

Comencé a leer Hielo acompañada del concierto para Cello de György Ligeti, menos dionisiaco que Stravinski, pero de manera especial el último capítulo con el Poema sinfónico para 100 metrónomos.  Sísifo en estado puro. Es una sensación muy subjetiva, pero no por eso deja de ser una sugerencia.

©Bárbara Fernández Esteban febrero 2015

“Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Mi lectura de “Los últimos”, una novela de Juan Carlos Márquez, publicada por la Editorial Salto de página en su Colección púrpura, que partía con la ventaja del entusiasmo por una nueva obra del escritor bilbaíno, del que he leído casi todo lo que ha publicado hasta ahora (Oficios, Norteamérica profunda, Llenad la tierra, Tangram y Lobos que reclaman la noche), adolecía también de un hándicap, mejor decir, de una clara dificultad para mí y para la novela. Y es que no me gusta la ciencia ficción —una más de mis muchas imperfecciones—, y menos en literatura apocalíptica. Casi todo está muy redicho en el último libro de la Biblia. Lo demás son imitaciones. Sin embargo, Márquez, vence mi repugnancia con la ironía que rezuma su novela que, aun narrando una historia lineal, transcurre entrecortada a base de destellos y flases en la oscuridad, a través de calculadas pulsiones que transfieren el ritmo de un juego de acción. Una novela que se lee deprisa y que además se me ha quedado corta. Un humor que sustenta todo el relato, además del lirismo de ciertos relámpagos que iluminan los detalles de una vida novísima, en la que queda deslumbrado, y la infancia. Márquez resulta a veces un sentimental agazapado en la ironía como disfraz.

La novela tiene dos partes muy diferenciadas, hasta en el tono aun siendo una sola voz, y es un acierto.

La primera es lo más parecido a un video juego, en el que imagen y palabra avanzan en simbiosis para describir con una iconografía muy potente un mundo destruido del que hay que huir, una civilización acabada, no por su propia contradicción que es lo usual en la mayoría de las apocalipsis —Márquez no entra en valoraciones éticas o morales, solo le importa lo esencial—, sino por el devenir del propio omega para iniciar un nuevo alfa en una vida que no se subordina. Sobrevivir no es más que un constante renacer.

“Los últimos”, después de la regresión apocalíptica de un mundo derruido, sin Sibilas ni oráculos, disuelve la civilización y la cultura; casi todo menos la ciencia como medio de supervivencia y, por supuesto, la memoria. Y con ese bagaje se entra en la segunda parte, como una nueva arca de Noé muy precaria en un medio hostil al que adaptarse, un nuevo oeste que conquistar, mutar para comenzar de nuevo. Se acabó el video juego. Aquí, “mutatis mutandi”, volvemos a Defoe. Lo prodigioso será integrarse con alguna esperanza en el medio casi incompatible para hacerlo útil. Sobrevivir. La energía como recurso que recrea el mundo.

Este encuentro de la segunda parte no sufre la paranoia de la huida, es mucho más pausado, más didáctico, más emocional y más denso sin dejar de lado la ironía, carente ya de todo sarcasmo.

Juan Carlos Márquez nos descubre en esta novela, con una prosa concisa, una creatividad admirable que hace atractiva su lectura y por ende muy recomendable tanto para los fieles de la ciencia ficción al que tan devota es con meritado aplauso la Editorial Salto de Página, como para los agnósticos al género como yo, lo que sin duda dice del mayor mérito de la novela.

Una novela cuya lectura tiene banda sonora. Siendo ello muy subjetivo, la he leído, potenciadas al máximo sus imágenes, escuchando el Uaxuctum de Giacinto Scelsi o, menos agreste, también el Goodbye Blue Sky de Pink Floyd. Prueben.

© Bárbara Fernández Esteban. Noviembre 2104.

“La casa de los arquillos” reseña.

"La casa de los arquillos"

Reseña de “La casa de los arquillos”

 

La explicación de por qué La casa de los arquillos, de Pilar Aguaron, publicada por la Editorial La Fragua del Trovador, no es una novela al “uso”, es porque es una novela sugerida. Y ese es para mí, precisamente, uno de sus principales méritos.  Explicaré lo que quiero decir con ello haciendo referencia al entorno en el que he leído la novela. Un entorno que necesariamente se presta a las sensaciones integradas: al color, al sonido, al sabor, a los olores de una casa, al tacto y finalmente al equilibrio. Exageraría si dijera que para leer La casa de los Arquillos haya que hacerlo en un entorno que excite los sentidos. Sí quiero subrayar que se comprende, que se revive mejor en un ambiente “impresionista”, porque los diez relatos que componen el libro, respecto a su conjunto, están escritos de la misma forma que se elabora una pintura con tal estilo. Historias, retazos reminiscentes, cambiantes e impredecibles en torno a un motivo conductor —una casa cargada de recuerdos, de dolor, de amores, de esperanzas y miserias, las de sus distintos personajes y protagonistas —, como pinceladas que expresan las ideas, insinúan las formas que no se perciben a simple vista, para que el ojo y la mente en una sensación constructora las saque de la bruma.

Pilar Aguaron ha pensado la memoria de La casa de los arquillos de una manera integradora y sintética. Escribir no significa poner algo junto a lo otro dejando abismos de nada, de vacío en los intermedios. La autora, con la maestría de quien sabe del todo a partir de lo específico, nos ha propuesto un discurso diverso, con un hilo conductor único sobre el sustrato que constituye el espacio (la casa) y el tiempo (la memoria). Transiciones dinámicas sobre ese cimiento que es lo que da unidad a la novela a través de sus diez relatos. Una novela insinuada con gran fuerza configuradora desde la imaginación. Otro gran acierto de la escritora zaragozana que lo hace fácil desde su oficio de pintora.  No me refiero al color de las historias—negros y grises con destellos de esperanza y carmín—, a su obra pictórica que lamentablemente desconozco en demasía, sino a la parte literaria de La casa de los arquillos, donde su perspectiva no resulta bidimensional, como si se tratara de dos coordenadas cartesianas, el espacio y el tiempo a que anteriormente he hecho referencia, sino que va más allá. Pilar Aguaron no olvida, quizás por deformación profesional, la tercera dimensión de “La casa…”, que es su elemento más integrador, la simbiosis que produce con los personajes, arrastrándolos con ella, como parte de la misma, al amor, al odio, al éxito o al fracaso, a la envidia, al abandono, a la ira,  a la guerra y al despropósito, a la existencia en definitiva para avocar en la destrucción como salida, pero no en el olvido. Un conjunto bien logrado para una novela magníficamente apuntada.

Con el libro entre las manos y el océano a mis espaldas, de cuyo azul me separaba el aroma y el color intemperante de las flores, era el rumor de las olas, arrastrándose cansinamente entre las rocas, el que ponía banda sonora a la novela de Pilar Aguaron, y a veces me recordaba el sonido de un chelo con ecos de Boccherini o el piano lento de Satie. Sin embargo, cuando la terminaba de leer en la penumbra de la terraza resguardada de un hotel tinerfeño, al atardecer de un día largo, cuando el sol alcanzaba casi el Trópico de Cáncer, sonaba a lo lejos la voz de un saxo tenor, y he descubierto con complacencia que Gato Barbieri, con una “milonga triste”, ponía punto final a un libro excelente. El placer de la lectura ha sido múltiple.

© Bárbara Fernández Esteban. Junio 2014. Puerto de la Cruz.

 

 

Fascinación, de Don Delillo. Seix Barral 2012

FASCINACIÓN, de DON DELILLO. Seix Barral 2012.

El hecho de ser una escritora tardía me ha privado de algunas cosas relacionadas con la lectura y que hoy me parecen imprescindibles. La culpa no es por haber empezado tarde a escribir, sino por haber trabajado mucho en un territorio que muy poco tenía que ver con las letras y la literatura. No soy maestra, no he sido profesora, ni he estudiado filología, filosofía, sicología o sociología, sino una ingeniería en químicas, y trabajé desde muy joven en un laboratorio de una central termoeléctrica. No obstante, había heredado la pasión por leer de mis abuelos maternos. Cuando mi carrera, por ser mujer, ya no daba más juego en la década de los setenta del siglo pasado —tiempos muy machistas—, a pesar de un curriculum impecable, el azar y la necesidad me llevaron a ser emprendedora, como ahora llaman, montando mi propia empresa sobre gestión y asesoramiento laboral, para lo que me vi trasegando leyes y procedimientos, muy lejos de mi andadura científica, justo cuando florecía con más entusiasmo el postmodernismo. Yo entonces leía a Sartre, a Malraux, Stefan Zweig, Tennessee Williams, Bertrand Russel, Virginia Woolf…, y recuerdo que redescubrí a Heródoto, con él el puzle de lo que leía empezó a tener sentido.

Lo digo a propósito de Don Delillo. Lo conocí hace poco, lo mismo que a las figuras importantes del postmodernismo literario estadounidense. Aquellos que conscientes del desencanto, decidieron dejar la piedra abajo, salirse de la piel de Sísifo, incapaces de poder mejorar la realidad, y vivir el presente sin mayor preocupación. No aceptan el mundo, pero tampoco se puede cambiar. ¡Qué le den! Esa es su conclusión más radical. “¿De qué nos vale la razón, si ha conducido de manera casi irreductible a los totalitarismos de la primera mitad del infausto siglo XX? La razón es peligrosa. Quien se cree en posesión de la verdad en virtud de la razón, la impondrá por la fuerza: el fascismo y el comunismo como doctrinas salvadoras. No seamos demasiado exigentes, apelemos al sentimiento, donde no hay certezas” —dicen. Que cada cual viva su vida como quiera, por más absurda que le parezca. La vida siempre será absurda, aunque puestos a vivirla, vívase como mejor se pueda. Pero, es imposible escapar de la maldición del castigo de Sísifo, mientras fluya desde dentro la necesidad de subsistir. Ni siquiera el suicidio lo soluciona. Ya la intentó Albert Camús. Lo postmoderno, a favor de la intuición y el sentimiento, la ficción desde el punto de vista literario, como un rechazo frente al fracaso de la modernidad y el modernismo. Pero, quizás, también frente al excesivo optimismo de la Ilustración. La piedra que hay que levantar está dentro y en los otros.

He terminado de leer “Fascinación”, una novela que el neoyorkino Don Delillo escribió antes de 1978, y que tituló como Running Dog. Nada tiene que ver con el título con el que Seis Barral la publicó en 2012. El título solo acierta en que la lectura de Running Dog es fascinante como casi todo lo que he leído de Delillo. La sinopsis que da la contraportada de la novela, consistente en la búsqueda de una película pornográfica cuyo protagonista es Hitler, creo que poco tiene que ver con lo que verdaderamente quiere contar Don Delillo. En realidad trata de un agente de la CIA, especialmente entrenado hasta el límite de la vida y la muerte, y de un militar atroz, deshecho de la guerra del Vietnam, que trabajan para la Agencia a través de una empresa dedicada a todo tipo de tropelías. Después de leer la novela, no me ha parecido que la ficción fuera mucho más allá que la realidad. Esta la supera, sin necesidad de hacer mención a los escándalos de espionajes masivos y los de corrupción generalizada de la política y la economía en tiempos de críticos. De la novela dice el propio Delillo: “…se trata de un libro bastante extremo, incluso demenciado. Fuerzas poderosas planearon sobre nosotros. La atmósfera del periodo afectó mi escritura, el crimen, la sordidez, los vagabundos, la drogadicción, la paranoia general. Nueva York. La guerra de Vietnam, las protestas. No todo fue como lo contaron. Hubo y hay caminos oscuros y turbulentos. Imagino que, como escritores, sentimos la obligación de explorarlos, buscar qué esconden, a dónde llevan. Al menos así lo veo yo”. Una época brutal, una nueva edad media.

Delillo siempre es una garantía de una excelente elección.

Fascinada, en la lectura me ha acompañado Cármina Burana y los Catulli Cármina. Me encanta como banda sonora la música de Carl Orff para una vuelta a una sombría edad media postmoderna.

©Bárbara Fernández Esteban. Mayo 2014

 

 

“La gota contra la primavera”, de Mario de los Santos. Editorial Edhasa.

“La gota contra la primavera”, de Mario de los Santos. Editorial Edhasa.

Primera Edición: abril 2014.

Reseña.

Cuando he terminado de leer “La gota contra la primavera”, sin solución de continuidad, he empezado a leer de nuevo la novela: “Tu enfermedad fue larga y dolorosa.” Como si quisiera que el partido de la Campal se repitiera. Como si deseara constatar que no cabía otra salida, que la gota que da sentido a la primavera supone en todo caso el triunfo de esta para que renazca la vida y el amor en lo cotidiano de la subsistencia, aunque discurra por un registro sombrío y trágico. Un destino visto desde un horizonte que se oscurece por lo que fue pero también por todo lo que pudo ser y quedó tan solo en potencia.  Cierto que ello produce un sentimiento de vacío y ausencia, pero ello no es otra cosa que la reconciliación necesaria consigo mismo, tanto más para el último envite de la vida.  Cada momento es el primero y el último para Manuel, el narrador de la novela. “Nos conocimos el día de la Campal…,” dice en la quinta línea de la primera página. De la primera a la quinta, Mario de los Santos anuncia una historia de “Eros y Tánatos”.  Amor y muerte de nuevo jugando la misma partida.

La gota contra la primavera no es una historia lineal, sino más bien una historia que como un carrusel va y vuelve sobre las inmediaciones del umbral de ser y ser sentido. El proceso creativo que ha seguido Mario, renunciando a su perfil científico y cartesiano, como él mismo lo define desde su formación positivista, ha resultado un acierto, porque,  sin ninguna duda,  ambas cosas  —eros y tánatos—se conjugan a borbotones, a impulsos, a empellones,  y lo escenifica a través de un hecho trágico, en un partido de futbol inacabado, un hecho tremendamente expresivo, que si bien su inicio es previsible, se desarrolla de una forma imprevista y errática, irremediable de forma angustiosa y acongojante que tendrá consecuencias perennes en sus personajes.

El motivo de fondo de la historia que relata La gota contra la primavera, es como el acorde repetido de una melodía en un eco constante, las relaciones de Manuel  —el niño, el esposo, el padre, el abuelo—, con los suyos, con su hermano, con María en especial, y con el Perca, muestran entre penumbras la salvación, un rayo de esperanza en medio del  abrumador partido de futbol, en medio de la batalla de la vida, contra todo lo que representa Ezequiel, todos los “Ezequieles” que encarnan el destino trágico a evitar con un regate habilidoso o con toda la rabia que produce lo injusto.

El subjetivismo que rezuma su lenguaje creo que merodea cierta “ficcioautobiografía” desde recuerdos infantiles que Mario de los Santos resuelve a través de la sumisión humanística de la palabra como si se tratara de un boceto a mano alzada de las emociones. No obstante, es una palabra reflexivamente macerada por un personaje vital, abierto a la expectativa y al dolor, que ya desde el inicio evoca el misterio de lo ausente, de lo que no se ha hecho como parte de sí, como algo que por no ser ha moldeado también su vida, el amor y la muerte.

Todo libro de ficción para mi tiene una música. Algo que fluye por empatía y que de alguna manera, al margen de la intención del autor, me vincula el relato en un espacio y un tiempo solamente míos en los que mi comprensión y sensibilidad son las que predominan.  Las primeras páginas de La gota contra la Primavera”, de manera casi inconsciente me han llevado a buscar entre mi música un experto como John Coltrane en el paso de tonalidades menores a mayores, alternando de manera progresiva, como de alguna manera, pienso que a sabiendas, hacía el narrador de “La gota…” Temas como Theme of Ernie, Violets for your furs, y su álbum A Love supreme, han sido la banda sonora de esta novela que me ha conmocionado como para leerla dos veces seguidas.

 

©Bárbara Fernández Esteban. Mayo 2014.

 

 

 

Lobos que reclaman la noche

Lobos que reclaman la noche es el último libro de Juan Carlos Márquez ilustrado con fotografías de Agurtxane Concellón.

Tropo Editores, con este nuevo libro sigue en la línea de poner en el mercado obras literarias publicadas con excelencia, cuidando la estética y mimando los sentidos del lector. Es una manera de competir con el libro digital, con el mismo criterio e inteligencia  que tres estrellas Michelin distinguen al restaurante que sirve platos exquisitos, servidos en mesa con mantel de encaje y cubiertos de plata, lejos de un bocata recalentado en un zafio bochinche.

Márquez con Lobos que reclaman la noche se expresa con una voz melancólica que mantiene lazos con una muerte presentida, pero que también conlleva un tono tan trágico como el aullido del lobo y el ladrido del perro a la luna como expresión de una requirente memoria perdurable. Ancestral, dice el texto.

Todo el relato es un recitativo que llega a tomar forma de un adagio cuando refiere los recuerdos que agujerean el alma emponzoñada de Herryk, el personaje principal, y que objetiviza en Odd, un husky que, con otro nombre, tira de un trineo equivocado.

Un perro portador de la esencia de su dueña fenecida, Anja, la mujer de Herryk, protagonista de la ausencia, como lo único que ha dado sentido a la vida.  Igual que el husky robado que encuentra en  la codicia de Audun y de su mujer embarazada, el obstáculo para refundirse con Anja al final del camino o durante el viaje, recorrido  como una peregrinación, un “télos” vital, un objetivo.

En el relato, devuelto el perro a su origen, no hay alegría que redima, ni convalecencia siquiera, sino la muerte como retroceso a la cueva platónica, a un   mundo anterior al mundo. Es la vuelta al paraíso perdido lo único que redime de la melancolía y saca al personaje de la pradera del olvido.

Márquez nos relata un cuento que, aunque tiene una lectura pausada, carece de sosiego porque desde un principio siempre hay algo azaroso y distorsionado: La desaparición y hallazgo de un perro con ojos de color desigual, un viejo enfermo, bronquítico y consumido que hace la misma peregrinación para atravesar un mar de nieve y frio, como manera de indisponerse con su propia realidad.  Un muchacho que reniega de la peregrinación como necesidad, en una naturaleza hostil.  Un perro robado que traba la plácida existencia de una pareja. El azar como elemento determinante que descarrila la inercia de las conductas. Pura tragedia.

Al mismo contexto contribuyen las fotografías de Agurtxane Concellón, con una luz opaca y gris, en un paisaje carente de contrastes. Reflejan la fatalidad en las miradas de las bestias y de los hombres y mujeres carentes de sonrisas estériles. Su fuerza radica en el peso de la atmosfera, en un silencio denso como el espesor de la nieve, para que todo suene apagado, recóndito, menos el viento y el frio confundidos con los aullidos de los perros y los lobos, en contraste con el pensamiento.

En Márquez todo es contundente. Sus imágenes, limpias, sin adornos inútiles, de una construcción impecable, hacen fácil la lectura que no precisa de emociones sentimentales añadidas, de modo que, salvo el adagio del concierto para violín y orquesta en Re menor, op. 47 de Sibelius, que he utilizado para auparme a los recuerdos de Herrik sobre Anja, los ecos de Ossian de Niels Wilhelm Gade han resultado excelente banda sonora para Lobos que reclaman la noche. Pero, claro esta elección siempre es muy subjetiva.

©Bárbara Fernández Esteban. Febrero 2014.

“El camino de ida” de Ricardo Piglia.

            “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Editado por Anagrama.

La novela de Ricardo Piglia: “El Camino de Ida” me ha hecho ver otra cara de la realidad. “Yo pienso: pero el otro no me cree”, pone en boca de su personaje. Y en otro momento, dice: “La verdad coincide muy poco con la verdad empírica”. Esto, que es cierto, entra de lleno en su deliberada intención de provocar la vista de una realidad polivalente, que el mismo autor ayuda a construir desde la literatura y su camino vital. No es extraño, pues, que diga de su libro que es el más personal y el más íntimo de todos los que ha escrito.

Piglia cuenta parte de su experiencia. Sus muchos años de clases impartidas en una universidad norteamericana le han dado todas las facilidades para recrear con conocimiento minucioso el modo de vivir y pensar en los campus universitarios donde sitúa sus historias.

Un colage de relatos que anexa en torno a la desaparición violenta de una profesora significada,  al parecer vinculada a un personaje siniestro  que fue protagonista hace años en la prensa de todo el mundo por su forma de matar sin sentido ni justificación con la única intención de resultar visible, da pie a pensar que estamos dentro de una novela negra (lo que no es tal), y que pone en evidencia la permanente intimidación que subyace en la vida americana, por más pautada que esté bajo las condiciones de mérito y libertad.

Piglia,  con el recurso  del personaje al que nos tiene acostumbrado en sus novelas, parece proponer contra el capitalismo salvaje, hacerse escuchar  con lo que más teme, la incertidumbre para hacer realidad la propuesta de Joseph Conrad: cambiar la vida, desde la decisión de ser otro.

Después de todo, debo decir que de todas las novelas de Ricardo Piglia, “El Camino de Ida”, es la que menos me ha gustado. La mescolanza de historias entorno a la de Ida me parece una construcción artificiosa, dando razón al propio escritor cuando dice que tras una novela de trescientas páginas hay varios cuentos.  Me parece una novela, que la avala el nombre y la fama de Piglia, pero sin tales, quizá fuera una más entre tantas en el mostrador de cualquier librería.

No obstante, “La verdad coincide muy poco con la verdad empírica”. La realidad tiene muchas caras. Lo ratifica Ricardo Piglia.

El camino de Ida suena a jazz. En alguna parte he leído que esta novela se parece a un tema de jazz con muchos coros para la improvisación. Quizá coincida con los retazos de subjetividad que provienen de los diarios y anotaciones de Piglia durante su vida universitaria en Princeton. Us Five/ Blessings in May de Joe Lovano me ha acompañado y he acertado con la banda sonora para recorrer juntos “El camino de Ida”.

© Bárbara Fernández Esteban. 01/2014.

“Guía de los hoteles inventados” de Oscar Sipán

      Si todos los libros de Oscar Sipán son sorprendentes, “Guía de los hoteles inventados”, una novela que fue premiada en la IX Edición de Cuentos ilustrados de la Diputación de Badajoz en 2006, lo es por excelencia en la conjunción de texto e ilustraciones.

      La historia de Ludovic Sindone, el protagonista, es la de un viajante condenado, sin que sepamos nunca por qué, al único objetivo de recorrer los hoteles supuestos de tres ciudades apócrifas para alojarse en ellos. No es extraño que para viaje tan onírico, personaje tan fuera de lo común o, quizás, no tanto a la vista de la “fauna” que nos rodea, de cuando en cuando recurra a la absenta. Escenarios inexistentes para huéspedes ilustres imaginados, o reales igualmente ilustres. Este es un recurso al que Oscar Sipán nos tiene ya avisados. En “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen”, alguno de los personajes de los relatos se encuentra y convive con Antonine de Saint-Exupéry oPatricia Highsmith, aquí, en estos hoteles fabulosos, Ludovic Sindone comerá o fumará o tomará una copa junto a Porfirio Rubirosa, el Barón Von Thysen, Peggy Guggenheim, Buñuel,  Mata Hari o Edith Piaf, pero también con Carlos Castán y Mario de los Santos a quien ha dotado de biografía, sin que nunca pase nada por más que parezca que algo puede suceder. Más bien, va pareciendo que todo ya ha sucedido y de lo que se trata es de que el obligado viajero vaya describiendo, como una vuelta al pasado, los escenario irreales que se diluyen en una atmósfera sin horizonte, sin más historia que el transito estéril de una ciudad a otra, de un hotel a otro, y los encuentros en una emulsión continua de realidad y ficción.

      Oscar Sipán suele llevarnos de la mano hasta el asombro a través de la metáfora poética. Su lenguaje y su léxico son muchas veces subliminales con el fin de abrir hueco a la sorpresa. Sus listas y enumeraciones de objetos y sucesos son un recurso intencionado, muy visto en el vasto “opus” Rabelaisiano y de Joyce, para transmitir un cierto vértigo.

    Sería injusto no hacer referencia a las maravillosas ilustraciones de Oscar Sanmartín en perfecto vínculo con el texto. Juntos potencian una atmosfera de irrealidad que da más credibilidad al relato.

      En la lectura de este libro me ha acompañado como banda sonora muy subjetiva “El pájaro de fuego” de Stravinsky, no porque tenga relación alguna con el motivo que inspiró al compositor, sino por su carácter ilusorio, y porque además me transmite una regresión a los orígenes, una búsqueda de escenarios perdidos en la memoria. Algo que, para mí, le ocurre a Ludovic Sindone.

©Bárbara Fernández Esteban. 01/2014

“Le dernier mot” de Hanif Kureishi.

The Last Word. (Traducido al francés como “Le dernier mot”) de Hanif Kureishi.

El encuentro entre un celebre escritor y su biógrafo se convierte en un duelo duro y truculento, entre el viejo lobo que defiende sus oscuros secretos y un joven ambicioso que no suelta la presa: Las relaciones conflictivas con su padre, con las mujeres con las que ha compartido su vida, los temas de sus libros y sus posiciones políticas que para algunos lo llevaron a estrellarse por conservador, reaccionario, misógino y neocolonialista.

Bárbara Fernández Esteban

“La mala semilla” de Carlos Garcés

La mala semilla” es un libro de Carlos Garcés, editado por Tropo Editores, sobre el tema de la brujería en el Alto Aragón en los siglos XV al XVII. Constituye un estudio muy pormenorizado y documentado sobre la siniestra caza de brujas  que tuvo lugar  en la zona en la época indicada.

Caza de brujas que tuvo lugar prácticamente en toda Europa  sin distinción de pertenecer al área de la Reforma protestante o los países de la Contrarreforma. Este hecho subraya que no correspondió al Santo Oficio de la Inquisición la autoría exclusiva en esta caza de hechiceras con pactos diabólicos. Sin embargo,  no menos crueles fueron los procesos que tuvieron lugar en la Europa reformada, donde la persecución de la brujería se entregó al brazo secular con la ayuda de las instituciones religiosas.  Al parecer fueron 60.000 brujas las que fueron ejecutadas  en toda Europa en el periodo señalado por causa de esta cacería que bien podría calificarse de autentico genocidio de mujeres, casi todas con escasos medios económicos y nula formación cultural, habitantes de zonas rurales, cuya actividad se reducía a la agricultura y a la ganadería. Las víctimas de núcleos urbanos apenas tienen relevancia, como bien constatan las importantes aportaciones al tema que Garcés hace en su libro.

La creencia popular, de la que no escapaba Aragón, fue que las brujas existían en número considerable, tanto como para adaptar leyes y provocar desaforamientos que facilitaran la mejor persecución de su actividad calificada de delito grave. No hay pueblo o aldea que no cuente con su bruja, sanadora, herbolaria, quiromántica o echadora de suertes, a las que, en épocas de vacas flacas, malas cosechas, tormentas y tempestades, epidemias, muerte del ganado o mortalidad infantil no se acuda a ellas, o por el contrario no se las haga responsables de dichos maleficios. Ello, sin perjuicio por supuesto, de algunas mujeres que no tenían relación alguna con estas practicas, pero que por causa de rencillas y envidias personales resultaron igualmente responsables de tales daños hasta pasarlas por tormento y sentencia fatal, por la aplicación del manual que dos inquisidores de la orden dominicana escribieron y publicaron en el ultimo tercio del siglo XV, con el título de “Martillo de las maléficas”. En bastantes ocasiones las mujeres acusadas de brujería no tenían relación ninguna con el curanderismo o prácticas de medicina naturalista, sino que eran chivos expiatorios de catástrofes naturales o desgracias por enfermedades, mortalidad, epidemias, malas cosechas o muerte del ganado.

Carlos Garcés despeja ciertos perjuicios muy extendidos sobre la autoría de esta caza de brujas:

No corresponde a la Inquisición la mayor actividad en los procesos de brujería, sino a la justicia municipal o local.

No se recurrió a la tortura de manera generalizada, aunque de la lectura de los procesos se deduce que las garantías procesales en defensa de las acusadas eran muy escasas, donde no cabían recursos de apelación, y la mayoría de los procesos acaban en condenas a la pena capital, ya sea en la hoguera en la primera época, y en la horca posteriormente.

Garcés señala el Alto Aragón como lugar en el que la caza de brujas fue, con Cataluña, Navarra y el País Vasco (territoriales forales), mucho más activa que en los territorios pertenecientes a la Corona de Castilla, incluida Galicia  a pesar de la fama de sus “meigas”, donde la cacería fue mucho mas moderada, especialmente después del Auto de Fe de Logroño (1610) que provocó la carta de protesta de Pedro Valencia, teólogo, filosofo y pensador insigne de la época, dirigida al Inquisidor General del Santo Oficio, en la que advertía de las muertes causadas a posibles inocentes por aplicación abusiva del tormento.

El hecho de la vecindad con Francia fue una circunstancia  que también señala el autor de “La mala semilla” como causa del aumento de la brujería en la zona. Me parece innovador que relacione el crecimiento de los procesos contra brujas con el bandolerismo y las convulsiones sociales,  fenómenos más abundantes en los países que conforman la Corona de Aragón, que en los de la Corona de Castilla.

Carlos Garcés ha realizado un trabajo excelente que ha venido a completar los estudios que hasta el presente  habían hecho historiadores del prestigio de Ángel Garí, María Tausiet, Manuel Gómez Valenzuela, Carmen Espala, José Gómez, Antonio Duran y otros, de quienes hace una extensa mención.

En el libro se distinguen dos espacios geográficos: Los valles pirenaicos por una parte, y por otra, las tierras llanas cercanas al Ebro. Sin embrago es en Huesca principalmente donde tienen lugar la mayoría de los procesos.

Después, diferencia, dentro del ámbito temporal en el que se desarrolla la caza de brujas, varios periodos atendiendo a las fechas de los procesos y las causas que concurren al aumento o disminución de la actividad procesal. De especial interés, señala Garcés, fue la influencia de Cataluña, lugar donde la persecución de las brujas se dio con mayor virulencia, en los procesos de la época más tardía en el Alto Aragón.

Finalmente, expone de manera muy detallada los procesos de una treintena de brujas encausadas, después de  presentar una relación de 120 mujeres, quemadas o ahorcadas,  en ejecución de sentencia por el nefando delito de maleficio.

Por descontado que la lista no es exhaustiva, dado que mucha documentación está pérdida o pendiente de ser localizada. No es sorprendente, pues,  que el autor haya dedicado el libro a estas mujeres que sufrieron tanto miedo y muerte por mor de la ignorancia y la intransigencia de tantísimos.

Un logro extraordinario del libro ha sido actualizar la ortografía, la sintaxis y el vocabulario de la documentación estudiada, incluyendo dentro del propio texto lo que podrían haber sido citas tediosas, logrando una claridad meridiana que ha hecho posible la comprensión de las demandas, los interrogatorios a las encausadas y testigos, sus confesiones y declaraciones, y las sentencias.

“La mala semilla” es un riguroso estudio histórico de la caza de brujas en el Alto Aragón en los siglos XV al XVII, que nos presenta Carlos Garcés con el sello de Tropo Editores, con el mérito además de dejarse leer con la amenidad que podría tener un excelente libro de ficción, cuya realidad sin duda ninguna la supera, con un léxico que da cuenta de la riqueza, sonoridad, claridad y nobleza de nuestro idioma.

“A nadie que lea esta nota sobre “La Mala semilla” puede sorprenderle que Berlioz me haya acompañado en su lectura. La Sinfonía Fantástica ha sido el eco de todas las historias”.

©Bárbara Fernández Esteban 01/2014

“Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas”, de Oscar Sipán. Editorial Base. Octubre 2013. Reseña

La colección de relatos que conforman “Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas” de Oscar Sipán, es un verdadero mosaico de acontecimientos. Todos ellos llevan la medalla del mérito colgada al haber sido premiados en distintos concursos literarios de prestigio. Un libro que sabe de reconocimientos y plusvalías en un mundo literario que precisa de coraje y excelencia.

Dieciséis cuentos que muestran un dramatismo contenido que corre parejo con el dinamismo pausado de la acción narrada. Todos remansan una contemplación emotiva a la que acompaña un lirismo sorprendente en sus metáforas, que camina por una senda sombreada de un nihilismo existencial que se contrapone, aunque no siempre, con la búsqueda de un resquicio final de esperanza y sueños.

Tienen la virtud de desatar la expresión de los afectos al precio de dejar suspendido el ánimo en la conmoción. En casi todos sus cuentos hay un contrapunto calculado al límite que funciona desde el amor/desamor a un duelo que conmueve y destila desolación, sin perjuicio del deleite en la lectura. Como si la voluntad de suscitar emociones obtuviera necesaria e inmediata recompensa. En casi todos los cuentos, pero especialmente en los titulados: “El Dios de las camareras”, “Rompeolas”, “Algo que está por desaparecer”, “Amores imposibles”, “Cuarenta días de niebla”, se experimenta la sensación de que uno de los personajes, aquellos con quienes se ha mantenido una relación intensa, en un momento se disuelven en la nada para dejar un poso de nostalgia como un resto objetivo sin sentido. No hay futuro, sino repetición. Sin embargo, en estos y en algún otro, Sipán no puede evitar un especie de anhelo inevitable por el ansiado y querido momento de felicidad perdida que roza lo sublime después de un descanso en la nada; una muerte con necesidad de paraíso. Quizá, una rebelión que deje constancia de ser y haber sido. En otro relato, no menos corrosivo y terrible: “Cordero de Dios”,  muestra una existencia prefijada en un error colectivo sin otra salida que, tras el espanto, el exilio de sí mismo.

Los cuentos de Sipán no plantean la idea de muerte y transformación, sino la idea de metamorfosis inexorable de la propia existencia. Un libro recomendable, una lectura de ciento veinticuatro paginas cuyas historias perforan la memoria como el bolero que precede al primer beso.

Hay un relato que merece una mención particular. Si los buenos escritores, investidos de algo que los hace dioses por la probidad del “hágase” se sienten auto complacidos, sospecho que Oscar Sipán con “El talento de las moscas” debe sentirse más. A mi me pasaría no obstante la ración de modestia que me impongo cada día sin motivo alguno. Pero él que lo tiene, ver en tecnicolor su relato en un cortometraje de excelente factura, dónde se subraya con trazo fuerte la ternura y el poder de los sueños, sólo de recordarlo debe contagiar la sonrisa y la afección; a mí que he leído y he visto me ha contagiado, y a los que lean y vean, debería.

El otro relato, denominado “Il mondo mio”, también ha dado ocasión a las imágenes de un corto. Un relato excelente que dice casi todo y un corto que todo lo sugiere, menos el futuro.

Hay un titulo: “La invisibilidad de los microbios” que por si mismo forma un mosaico aparte, constituido solo por micro relatos. Imagino que el autor lo ha incluido en el libro como más hitos en el palmarés de sus obras premiadas, sin que guardara más relación que el parentesco que suponen los abrazos por las felicitaciones y los laureles literarios.

Según mi costumbre de poner banda sonora a lo que leo, esos cuentos que me han sacudido el ánimo y la complacencia los he acompañado sin estridencias con las baladas de Coltrane, y con algún bolero. Pero “La Jaula de Faraday y The Lord is my shepherd, de  John Rutter, a la vez, me han sacado las lágrimas y me he acordado de Nelson Marra.

 

© Bárbara Fernández Esteban. Diciembre 2013.

“EL FIEL TORCIDO DE LA BALANZA”

El fiel torcido de la balanza

EL FIEL TORCIDO DE LA BALANZA

“No tenía muy claro lo que quería hasta que leí a Pedro Juan Gutiérrez: «Qué tú haces, carajo. ¿Escribir para agradar y entretener a gente correcta, timorata y aburrida? Hay que hacer temblar sus buenas maneras». Pero, debo confesar que no lo consigo bastante, se lamentaba conmigo el autor de “El fiel torcido de la balanza”, y abundaba con las mismas palabras de aquel escritor cubano: «Me gustaría conjurar al demonio y escribir lo que la gente oculta. Meterme en su cerebro, y después escribir sin miedo». Sin embargo, cuesta llegar al límite y sobra miedo. Con esas palabras me entregó su manuscrito en busca de opinión y crítica.

 

“El fiel torcido de la balanza” es una obra, que podría calificarse, sin serlo, dentro del género de la novela negra; un libro en el que se conjugan amores, intrigas, pasiones, celos, venganzas, crímenes, y pone en evidencia el disfraz de ciertos premios, que no de todos, por supuesto. Nunca hay certezas absolutas en lo escrito, sino dudas necesarias. Una novela que se aproxima al mundillo literario, pero no solo. Una novela donde en la historia que relata, no importa tanto la pluma y el talento, sino la retranca, el poder y el dinero. Una novela, en la que se manipula en nombre de lo divino, lo que se tiene por sagrado, para desarrollar un estilo mafioso y malvado que justifica los medios.

 

Su autor construye un castillo, con materiales que provienen de lo funesto, de la desgracia, de la tribulación, como algo que persigue al protagonista con la saña de lo adverso: el amor perdido, la familia deshecha, la propiedad arrebatada, el despido. Todo va derrumbándose con la sola fuerza de un soplo que derruiría un castillo de naipes al mismo tiempo, para que a la postre quede una tela de araña tejida en el vacío con el detalle de un encaje de bolillos. El narrador-protagonista está en un estado de deriva, como si su existencia se tratase de un permanente naufragio. En este contexto, donde la traición y la mentira se imponen, cuando la vida se hace más insoportable, funciona El fiel torcido de la balanza”, como la percepción más extraña del sinsentido. Tras la experiencia del desengaño, todo se precipita en un hondo vacío, en la soledad total. Como dice Ricardo Piglia en “El camino de Ida”, su último libro: «El mundo verdadero es tenebroso, psicótico, corporativo, ilógico».

 

Cuando leía el capítulo del “Dies Irae” de la catedral no me parecía que fuera Mozart quien estuviera presente con su música, sino Mallarmée con su poema «Une dentelle s’abolit…». El velo se ha rasgado. El mundo se reduce a nada. El principio de vida —la complacencia de eros— queda quebrantado. No era el “Dies illa” de Mozart, sino otro muy distinto en un escenario calamitoso y desolado. Los esqueletos que algún día serán juzgados presentarán el mismo aspecto siniestro que tienen ahora, según el horror del himno de Celano. Un contraste que, lo haya pretendido o no el autor, es todo un logro.

 

“El fiel torcido de la balanza” es una novela algo compleja en su estructura, en la que, al menos toda la primera parte, es un “feedback” permanente, un círculo que se retroalimenta, para desembocar en la segunda en una solución lineal. Contiene una crítica a cierto mundillo editorial. Utiliza un lenguaje justo y depurado, que ha reducido en aras de la claridad y de la facilidad de lectura, que el lector agradece.

 

«Llegar al límite, perder el miedo», eso es propósito, le dije entonces. Y ahora, al terminar de leer “El fiel torcido de la balanza”, añado: «talento para ello no falta».

 

© Bárbara Fernández Esteban 2013

 

 

 

 

 

 

“Dos olas” de Daniel Pelegrín

DOS OLAS” de Daniel Pelegrín editada por Tropo Editores.

 

DOS OLAS es una novela de Daniel Pelegrín, un escritor murciano que no tiene prisa.  Su primera novela la escribió hace más de diez años. Esta segunda la publica Tropo Editores y su lectura constituye el hallazgo gozoso de una joya imprevista.

La novela de Pelegrín es una obra sonora, perfecta para leer en voz alta, sin perder en ningún caso la tonalidad de una escala menor. Una obra donde apenas hay colores que sobrepasen el negro, en la que los olores son dudosos, pero en la que un sabor amargo se instala en la garganta desde la primera línea mientras los sentimientos barrenan el alma.

DOS OLAS discurre sobre dos soliloquios catárticos, lejanos en el tiempo; un texto intimista, susurrado, casi de confesonario, que musita dos historias paralelas que transitan por los rieles de una misma vía.

Daniel Pelegrín contrapone, de manera nada dialéctica, al principio de vida el principio de muerte en un impulso demoledor que irrumpe por el solo hecho de pertenecer a una realidad que se levanta en Cova da Moura en los arrabales de Lisboa, en las raíces de los antiguos esclavos africanos y los inmigrantes marginados de Cabo Verde, sin posible elección de otra realidad.  Dos historias que se van contraponiendo en un fraseo continuo, como el recitativo de una cantata, trufado de sentimientos al modo de fados y canciones caboverdianas, con un rumor de violencia, soledad, tristeza, miedo, sobre todo mucho miedo, resignación, tortura y muerte. Todo lo que rodea a las protagonistas es un espanto imposible de ser sublimado.

El principio de muerte,  presente en la resignación y en la memoria individual, síntesis de la colectiva, constituye el modo a través del cual se genera la catarsis personal de las dos protagonistas de sendas historias: La de una joven negra universitaria de la primera década de este siglo, necesitada de abortar en un país que lo prohíbe y reprime, y que trabaja, como tesis doctoral, en la historia de una negra, esclava y luego liberta, bruja, herética y hechicera, en el Portugal del siglo XVIII dominado por el “diabólico”  Santo Oficio de la Santa Inquisición.

La discreción con la que se conducen los dos monólogos de las protagonistas lleva, más que a sublimar los horrores, a la no resignación fatal en un registro de absurdo. Tan absurdo como el golpear incesante e inevitable de las olas en la arena de la playa, que es la muerte, cuando en realidad son las olas las que mueven el océano de la vida.

Las voces monocordes de las protagonistas aparecen fundidas de manera muy sutil. De ellas provienen los ayes, los lamentos, los pasajes quejumbrosos de miles de historias que convergen en esas voces que tejen una compleja textura en la que todos los adjetivos que llenan las páginas del libro, y son muchos, son justos y necesarios. Extraordinario mérito el de este tranquilo escritor.

En algún momento de la lectura me parecía escuchar, como un eco a través de los cristales de la ventana, a Ionesco y, esto era bueno. Esperar todo un fin de semana—el tiempo de la acción— a Tiago, como si fuera Godot, mientras la protagonista exudaba sentimientos a través de la piel de la memoria y el dolor, hacía inútil al esperado, pero, a la vez, el tiempo de espera resultaba liberador.

¿Por qué decía de leer en voz alta algunos pasajes de Dos Olas? No solo por la sonoridad exquisita del lenguaje de Pelegrín, sino por la convocatoria que tiene su palabra como remedio. Como si esa palabra reparadora fuera la letra de un fado o, mejor, el lamento de los blues de Cesária Évora.

© Bárbara Fernández Esteban. 2013.

 

 

 

La puerta arco iris

“La puerta arco iris”, de Teresa Salvador Berrueco. Ediciones Fuente de la Fama.

La novela de Teresa Salvador, podemos catalogarla como una novela intemporal porque trata de sentimientos fundamentales y valores permanentes, no narra una historia de acción, sino de tiempo en un escenario descrito minuciosamente con pinceladas virtuosísimas. Nada tiene de extraño que los capítulos que la integran se titulen siete tardes, una a una, no por lo que transcurre en ellas, sino por los instantes de reflexión y diálogo interior de la protagonista en su intento por superar el pasado, indagando en la memoria, como ejercicio catártico.

Si el novelista, en cierto sentido, siempre se ve obligado a ponerse, aunque sea mínimamente, no solo en el lugar del narrador, sino también en la piel de sus personajes, nadie como la autora, a través de su protagonista en esta novela, sabe que somos lo que tenemos. Pero no refiriéndose a los objetos que nos pertenecen y hablan de nosotros, que también, como decía Sartre, sino que más bien somos lo que tenemos en la memoria.

Un diálogo interior desde los recuerdos, donde el dolor, a veces tenue, a veces intenso, reconstruye la vida, para dar paso a la calma, a la serenidad, por la necesidad de encontrar la paz consigo misma. Un paz interna que coincide con la verdad, más allá de la razones. Se trata de desatarse del pasado, sin borrar la realidad, ordenándolo sin hacerlo desaparecer, para dominarlo, para conseguir ser uno mismo. Ese es el camino doloroso y liberador que realiza la protagonista de “La puerta arco iris”.

Teresa Salvador Berrueco es una escritora vallisoletana, con un dominio excepcional del lenguaje, y con una riqueza léxica verdaderamente notable. Su prosa elegante, clara y ordenada, denota unos recursos literarios poco comunes cuando nos lleva, sin solución de continuidad de una subjetividad asumida con carácter sentimental y reflexivo a la objetividad del presente en un sentido radicalmente nuevo.

Su novela es una ficción en la que lo que importa es el tiempo durante el que nos construimos. Algo parecido a la estética de una “tocata y fuga” de Bach, cimentada en el bajo continuo para, a través de la armonía, restaurar un edificio nuevo en el sentido más barroco.

Una lectura muy recomendable.

© Bárbara Fernández Esteban. 09/2013.

 

 

“Cuando estás en el baile, bailas” de Galgo Cabanas.

“Cuando estás en el baile, bailas” de Galgo Cabanas. Editada por EDAF,S.L.U.

“Cuando estás en el baile, bailas” es la novela de Galgo Cabanas —seudónimo de Mario Santos y Óscar Sipán, dos escritores cuyo oficio coincide con el de editores—, que ganó en 2012 el Premio Ciudad de Getafe, como resultado del concurso literario XVI Premio de Novela negra con el patrocinio del ayuntamiento de dicha ciudad. Una novela escrita entre los dos, que nos relata una historia funesta, fatal, no solo en el sentido más etimológico de los términos, sino también desde el punto de vista que ya previeron los filósofos estoicos. Lo que se transforma es en definitiva una vuelta a lo mismo.

Desde una concepción pesimista del mundo (una ciudad indeterminada abocada al caos y a la destrucción, señoreada por la corrupción, el abuso, la violencia y la explotación) y del género humano (los personajes de la novela), que no tiene escapatoria posible, Galgo Cabanas nos presenta, desde el un punto de vista Nietzscheano, unos personajes incapaces de desligarse de la fatalidad de todo lo que fue y será. Cualquier intento de alcanzar “un ideal de hombre” o un “ideal de felicidad” o un “ideal de moralidad” tiene que conducir al fracaso.  Si alguien es capaz de saber cuales son los vientos adecuados y sabe poner la vela para navegarlos, está fuera de lugar, porque hace lo imprevisto al tratar de subvertir el orden.

“La mayoría de las personas nunca saben que viento les sopla. Trabajan, comen, cagan, hacen el amor y acuden a emborracharse los viernes de paga” —dice el corrupto mas poderoso de esa ciudad corrupta—. El ser humano se diferencia de las ovejas en que no damos lana. Ya se pueden poner esos revolucionarios como se quieran poner, que eso no cambiaría nada.”

No falta en la novela el vidente, que puede predecir el futuro de quien intenta apartarse de la ley inexorable, para descubrir al personaje capaz de elegir y tomar sus propias decisiones. Un personaje libre como el viento, que produce vértigo, pero igualmente trágico.

Galgo Cabanas sitúa al protagonista principal —un sastre enamorado, atormentado por la necesidad de saber y por el amor—, en una especie de limbo sin ningún compromiso que no sea él mismo y el miedo; en la encrucijada del que va por la vida sin enterarse de nada, utilizado por unos y otros, de uno u otro bando, a quienes sirve mientras paguen, aunque no sea el precio justo.

La novela es corta, pero muy intensa desde todos los puntos de vista. Utiliza un lenguaje muy rico en palabras y en metáforas más allá de los lindes del lirismo, tanto que su lectura resulta muy placentera. Sus personajes, de una extraordinaria fuerza, están descritos con pinceladas impresionistas, pero exactas y justas. La trama, sin seguir los patrones clásicos de la novela negra —podría muy bien no serlo—, se desarrolla dentro del genero negro y resulta un acierto que delata el buen oficio en un escritor simbiótico.

Siempre digo que cada libro tiene su música, y sin ninguna duda éste lo tiene para mí desde la primera línea hasta la última. Quizás porque en los altavoces de la micro cadena sonaba “A Felicidade”. Un tema que rezuma tristeza, y gota a gota iba impregnando una lectura que nunca ha dado pie a la risa ni a la inocencia. La tristeza no tiene fin, la felicidad si. “La vida es a veces una perra.”

 

© Bárbara Fernández Esteban. Mayo 2013.

Balada de la guerra hermosa

 

“Balada de la guerra hermosa”, de Eugenio Suarez- Galván

Reeditada por Tropo Ediciones en 2009.

 

Escuché preguntarse a Nelson Marra, escritor uruguayo, si hay guerras hermosas. No hay ninguna guerra hermosa. Cualquiera es cruel, salvaje y deshumanizadora. La crueldad, la maldad y la ignominia nunca son hermosas. No podía decir lo contrario quien sufrió en carne propia el atropello vil, inútil y atroz de una guerra sistemática contra las libertades más elementales, promovida por una de las dictaduras más brutales del cono sur americano, la iniciada por el dictador José María Bordaberry, por el hecho de ser escritor y haber ganado un premio literario con un cuento estremecedor, el Guardaespaldas, valorado por otro ilustre escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti, y publicado por el semanario Marcha.

Hay tratamientos hermosos de guerras feroces, decía. Este es el mérito de Eugenio Suarez-Galván, que ganó con Balada de la guerra hermosa el premio Sésamo de novela en 1982.

Escritor canario que vive y trabaja en Madrid, dedicado a la enseñanza. Nació en Nueva York, vivió en Cuba hasta 1947, año en que se trasladó a Canarias. Ha sido profesor de literatura en Estados Unidos y Puerto Rico.

Una novela corta, pero extraordinaria, que ha reeditado en 2009 la editorial Tropo editores. Una novela sobre aconteceres infames de la guerra civil española y de la segunda guerra iniciada por Alemania que incendió el mundo en el siglo XX, contada mediante los soliloquios de dos mujeres, que apelan a la memoria en un tono de salmodia lírica, para resucitar una ausencia irreparable, la historia hecha leyenda de un personaje mítico, con intención de evitar hacer suya del todo la existencia de un vacío.

De alguna manera con su realismo poético, con su hablar pausado —lleno de ecos cubanos y canarios, con idéntica melancolía, Suarez Galván provoca las mismas emociones que producía la lectura de “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez. Una lágrima constantemente reprimida las acerca. Para mí, sin ninguna duda, son las dos novelas sobre este género que llegan más cerca de las entrañas.

La Balada de la guerra hermosa es un canto polifónico a tres voces, cada una de ellas más aguda, sobre el dolor, la impotencia, la supervivencia como sea, la memoria, el amor, la barbarie, la estulticia, el sinsentido de la condición humana,  la muerte, las ansias de libertad y la persecución inútil de la esperanza. La Balada es un cántico que toca todos los registros de la emoción de una manera nueva y asombrosa, colmada de una potencia aterradora.

Mientras leía la “Balada de la guerra hermosa”, sonaba en los altavoces de mi cadena musical, cómo banda sonora, Memories, de Within Temptation, y Tides of Times, de Epica. Dos baladas memorables. Pero, si “Los girasoles ciegos” sacudían el alma como la sacude el “Pie Jesu” de Fauré, la novela de Suarez-Galván, nos constriñe el alma como la constriñe una cantata afligida y desolada.  Con la misma unción, con la misma belleza con que nos envuelve una coral de Juan Sebastián Bach.

© Bárbara Fernández Esteban. Mayo 2013

 

 

 

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