La otra cara de la moneda

La otra cara de la moneda.

La otra cara de la moneda. Todos contra el cáncer,

La otra cara de la moneda. Todos contra el cáncer,

         Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, cerré el ordenador. En el cuarto de baño me miré al espejo y alisé mi pelo antes de dar un toque chanel a mis labios. Metí en el maletín la documentación que necesitaba para ir al juzgado al día siguiente, cogí mi bolso, cerré la puerta y abandoné el despacho sin dar explicaciones a mi secretaria. Ya le había advertido que a partir de las cinco no podría atender a nadie. Debía mi tiempo a una revisión rutinaria.

         Una tarde espléndida de septiembre me recibió en la calle con una brisa suave. Al terminar la visita, me sentaría en la terraza de algún bar de la Alameda y llamaría a Gerardo. Un hombre encantador al que trataba de manera afable. Antes del verano había insinuado sus sentimientos, pero yo vivía solo para mi trabajo y había declinado cualquier obligación que fuera un obstáculo para el sueño de convertirme en una abogada de prestigio. No obstante, nos veíamos con frecuencia, y sabía que en cualquier momento me rendiría a su reclamo, aunque sin el afán que entraña un compromiso. El color cálido de la tarde la hacía candente.

         Subí al coche, pulsé el botón de contacto y ronroneó el motor alegremente. Era una máquina perfecta. Apenas tenía tres meses y no necesitaba revisión alguna. Los altavoces del Lotus prestaban a Joaquín Sabina el momento para “La canción más hermosa del mundo”. Sonreí al imaginar la cara que pondría Gerardo al recibir mi llamada. Estaba de suerte. Hasta aparqué justo enfrente de la clínica. La vida parecía mi aliada.

         Apenas habían pasado cinco minutos en la sala de espera cuando la enfermera me hizo pasar a la consulta. El doctor Sangüesa me recibió con su bata inmaculada, que contrastaba de manera escandalosa con su tez tostada por soles de un agosto reciente. Sobre su mesa resaltaba el dosier de mi historia clínica que la enfermera le había entregado momentos antes. Nada parecía importante. Me recliné en el respaldo de la silla y crucé las piernas con indolencia. Lo abrió sin levantar la vista. Hizo un gesto con los labios, pasó el pulgar por el hoyuelo que partía su mentón prominente y después dijo con voz pausada:

         —Será necesaria alguna prueba complementaría.

         Un breve pestañeo abundó en el interrogante de mi mirada.

         »—No estaría de más —añadió—. Cuestión de asegurarse.

         —Hago footing todas las mañanas. Voy al gimnasio cada dos días. Nado la distancia de cinco piscinas olímpicas. La analítica no presenta anomalía y el electro dice que resistiría sin desmayo un fin de semana en el caribe a solas con Hugh Jackman —dije de un tirón—.  ¿Qué mejor prueba?

         Me dejó hablar. Puso sus manos encima de la carpeta abierta y añadió que en la radiografía abdominal había algo que prefería ver con claridad. Le escuché como si no fuera conmigo. Como suelen oírse las noticias de la radio que no nos afectan.

         —Doctor Sangüesa: ¿De verdad lo considera necesario? Entrar en un rosario de pruebas es peor que estar enferma.

         Insistió, pero no logró convencerme.

         Al salir de la consulta, mi actitud era otra. El calor de la tarde resultaba hostil y el deseo de llamar a Gerardo se había disipado. En la barra de un bar pedí un vodka con hielo y, mientras bebía, me sorprendí con la mano izquierda sobre el abdomen como si me protegiera de algo extraño y dañino. Agoté de un golpe el vodka y me quedé mirando el cubo de hielo que permanecía en el fondo del vaso como un mundo desconocido. La noche pesó como una losa y al día siguiente mi actuación en el juzgado fue desmañada.

         Durante una semana me hostigaron pensamientos contradictorios. A veces, consideraba aceptar las recomendaciones del médico, y otras, me convencía a mí misma que los médicos exageran todo cuanto ignoran.  Al cabo de unos días cesó el acoso y volví sin preocupación a mi vida acelerada.

         El invierno llegó más tarde que la Navidad y decidí visitar a mis padres en lugar de ir a esquiar como otros años.  Mientras preparaba la maleta sonó el móvil.  Gerardo me invitaba a pasar unos días a orillas del lago Leman. Me gustó la idea. Pasaría en Córdoba la Noche Buena, pero me recogería en el aeropuerto de Ginebra el día de San Esteban.

         Pasadas las fiestas, la vida diaria me devolvió a la rutina en la que Gerardo se hacía hueco poco a poco. Una mañana de febrero, pendiente el regreso de las golondrinas, al salir del Juzgado nos fuimos a comer juntos. Caminábamos sin prisas hacia un restaurante famoso y bromeaba sobre mis tacones. De repente, sin saber cómo, mi pierna izquierda encalló y quedé varada en el suelo. Entre risas le dije:

         —Debería llevar casco. Andar con tacones tan altos es como trabajar en un andamio.

         —O amarrarte con mejor arnés a un buen mozo —contestó ofreciéndome las manos para que intentara adrizarme.

         La comida restó importancia al accidente, pero al levantarme de la silla me vi obligada a su auxilio al flaquear otra vez el apoyo.

         —Será un esguince.

         —Es posible, pero no me duele —dije sentándome de nuevo—. Tómalo como excusa para dejarme coger del brazo.

         —Me quedaría más tranquilo si te viera un médico. Y, más todavía, si mañana siguieras encima del andamio.

         Fue lo que me convenció para considerar la urgencia.

         Tras un largo reconocimiento, el pronóstico diluyó nuestras risas. «La causa de la caída no ha sido fortuita», dijo un joven que llevaba al cuello un fonendoscopio.

         —¿Qué quiere decir? —preguntó Gerardo.

         —Que la pierna no ha respondido porque la orden vino mal dada desde el cerebro —contestó sin inmutarse.

         —¿Y eso cómo lo sabe? —pregunté con bastante insolencia.

         —¿A qué se dedica usted, señora?

         —¿Qué interés tiene en saberlo? ¡A mis pleitos! Soy abogada.

         —Seguro que sabe de leyes como nadie. Concédame el beneficio de intentar curarla, señora, soy médico. Precisamos investigar algo más. Es mejor que se quede con nosotros.

         Me encaré con Gerardo como si él tuviera la culpa de todo.

         —Julia, hazle caso. No pierdes nada —contestó ante mi enojo.

         —Pierdo tiempo.

         —Quizá lo gane si pierde el miedo —replicó aquel joven.

         Me quedé secuestrada más de veinticuatro horas y salí sabiendo demasiado. Los análisis y las biopsias confirmaron el desastre.

         En esa ocasión me di cuenta que la noticia no pasaba de lado. Vino de frente como un toro encelado que me pilló sin muleta y sin escapatoria para tomar el olivo. No cupo finta ni engaño como cuando las recomendaciones del doctor Sangüesa. La moneda de la vida, inmisericorde, mostró la otra cara, con la pesadumbre que agravaban mi insensatez y mi arrogancia de entonces. Gerardo estaba conmigo cuando recibí la embestida.  Enrabietada, le pedí que se fuera, que me dejara sola, porque el dolor y la herida solo eran míos, como el error, como mías eran la humillación, la vergüenza y la derrota.

         Dejé de comer. No dormía, ni hablaba, ni me vestía. No quería saber nada ni ver a nadie, sin embargo, Gerardo no quiso dejarme. Prohibí que dijera una sola palabra y establecí el secreto para mi familia y para todos. Le pedí que se hiciera cargo de mi bufete con la excusa de un máster en una universidad americana. Si mi destino estaba decidido, si la pantalla donde se proyectaba mi vida había oscurecido de repente, esperaría a la muerte sin resistencia como se espera sentado  la llegada de un tren cochambroso en una estación sombría.

         Durante las horas que Gerardo estaba ausente, fui ordenando mis cosas y escribí notas sobre cómo debían resolverse otras. La rabia y la vergüenza dieron paso al acatamiento. No quería luchar. Me sentía como una niña perdida, necesitada de protección y cuidados. Gerardo tuvo paciencia y, a pesar mío, golpeaba la puerta de la muralla en la que me había encerrado. «Arrancarle un solo día a la muerte—me decía—, una hora aunque sea, es una victoria.  Moriremos algún día, pero, hasta entontes, incluso a dentelladas, viviremos con la cabeza alta. Nada está consumado por ahora. Ser cobarde es morir de antemano».

         Una mañana cedió la muralla.

         Fui a ver a Sangüesa. Avergonzada, pedí disculpas que fueron resueltas con una sonrisa antigua. «Puedes», dijo. «Con la misma rebeldía de entonces, pero ahora». En una semana estuve lista. Entré al quirófano sin mochila, despedido el miedo sin indemnización alguna. Al despertar de la anestesia, de vuelta del exilio, me recibió Gerardo. El bisturí había sustituido el tumor por un anhelo de esperanza, y mi pierna volvió a la obediencia.  Las sesiones de quimio y de radio atacaron la parte de muerte que de mí se había apoderado. La lucha me debilitaba hasta el límite de las fuerzas, pero, arrastrándome incluso, miraba temerosa los ojos de esa vieja arpía para intentar crearle dudas. Creí que retrocedía. Sin embargo, se reía de mí. Con una de sus tretas destrozó mi altivez en un ataque directo a mi coquetería al arrancar a puñados los pelos de mi cabeza. Volví a sentir rabia e impotencia, pero, como el refuerzo que llega en el último instante al soldado sitiado en la trinchera, me salvó Lucía. Traía una bolsa como arma. Sus ojos azules contrastaban con la media melena que enmarcaba su cara. Se sentó a mi lado y empezó a hablarme con una voz dulcísima. Me enseñó fotos y me contó historias a las que puso nombres tan cotidianos que hacían comprensible mi sorpresa. Cuando ya no hubo secretos y los recelos habían huido, miró el pañuelo anudado a mi cabeza, se levantó, se puso detrás de mí y pegó su melena de color caoba junto a mi rostro. Luego paso el brazo por mi hombro al tiempo que los semblantes de ambas quedaban encerrados en el espejo ovalado que mantenía delante de nosotras.

         —Un collar de brillantes no te favorecería tanto como una buena peluca encima de una sonrisa contagiosa —dijo desde el espejo.

         Me escapé de su abrazo. Para impedir que huyera del todo me tomó de la mano y todo el azul del mar desbordó sus ojos al contemplar mi estupor.

         »—Nunca diseñaría una peluca para una mujer que no se sienta a gusto consigo misma. Las fotografías que has visto no son de modelos, sino de mujeres normales que se respetan —añadió.

         Me mordí los labios para reprimir las lágrimas. No sabía qué decir. Cuando Lucía guardaba el espejo en la bolsa para marcharse, le rogué que se quedara. Volvió sobre sus pasos y levantó mi barbilla. Me miró de frente y de perfil. Preguntó qué trabajo tenía, qué lugares frecuentaba, cómo vestía. Cuál era mi perfume. Si era casada o soltera. Los libros que leía. Qué actor me gustaba. Si prefería el jazz o la ópera.

         —¿Todo eso para una peluca?  Dime qué vale. Lo mismo que el pañuelo…o la boina, esconderá mi cabeza desnuda, pero no evitará que siga sintiéndome calva.

         —No, Julia, no hay trato. Yo no vendo pelucas.

         Tomó la bolsa y se encaminó de nuevo hacia la puerta.

         —¿Qué, coño, vendes? —grité desde mi trinchera.

         Volvió despacio hacia mí, dejó la bolsa en el suelo, se aceró el azul de sus mares y se quitó la peluca.

         —Yo vendo coraje. Yo vendo esperanzas y alegría a cambio de temores cuando parece que no hay horizonte y las dudas ahogan. Vendo risas que menosprecian la muerte. Vendo sueños, pasión por la vida. Eso es lo que yo vendo. No, pelucas que escondan la calvicie.

         De un zarpazo tomé la peluca que mostraba en la mano. Me arranqué el pañuelo de la cabeza y me la puse.

         —Dame el espejo —le dije.

         Lucía la peinó un poco con los dedos, antes de dármelo. Luego recuperó el color de un mar tranquilo en sus ojos achinados por una sonrisa. En ese momento entró Gerardo.

         —¿Qué pasa?  —preguntó al verme peinada.

         —Nada. Es un secreto —contestó Lucía.

         —No hay secreto. Le decía a mi amiga que me prestara su peluca. ¿Cómo podría volver a ponerme la toga sin ir bien arreglada? «Julia Rendueles vuelve al despacho mañana» —anuncié con la voz impostada de una presentadora de televisión.

         Restituí la peluca. Lucía extrajo de la bolsa varios modelos, hizo dibujos y sacó fotografías.

         —Benny Golson me encanta. Y Nina Simone—. Le dije mientras a Gerardo se le contagiada la sonrisa.

© Bárbara Fernández Esteban  2014

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2 comentarios para “La otra cara de la moneda”

  • Susana:

    Qué historia más bonita. Yo viví algo parecido. Se pasa muy mal pero si se tiene a alguien que te ayude y te de algún empujoncito es verdad que se supera mejor. Gracias a Dios yo tuve un compañero tipo Gerardo. Muchas gracias por contar esa historia que es una gran realidad. Nunca pensamos que nos puede pasar, pero nos pasa y por mucho que nos enfademos tenemos que afrontarla. Me he emocionado mientras leía y recordaba.
    Gracias. Un beso.
    Susana

    • Muchas gracias, Susana. Por lo que dices también eres de esas mujeres valientes a quienes va dedicado mi relato. Un beso enorme con mi deseo de que tu recuperación haya sido total. Tal como hablas así lo entiendo y me alegro de corazón.
      UN ABRAZO INMENSO CON MI CARIÑO

      Bárbara

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