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IV encuentro en Salou con escritores y música de Aragón. El Ebro y el IV Centenario de la muerte de Cervantes.

Aspecto de la Torre Vella en el IV encuentro en Salou con escritores y música de Aragón

Aspecto de la Torre Vella en el IV encuentro en Salou con escritores y música de Aragón.

El Ebro y el IV Centenario de la muerte de Cervantes en el IV encuentro en Salou con escritores y música de Aragón celebrado el 29 de julio 2016.

 

Todos los años, tras el encuentro con escritores y música de Aragón os hago una crónica con lo que yo he sentido. Este año os voy a explicar, un poquito, el guión. Las emociones me las guardo en mi corazón, un corazón que año a año está más cansado pero que me dice que tenemos que ir a por el V encuentro y si yo no llego sé que llegarán otros.

La rondalla empezó a sonar mientras todos íbamos tomando asiento y la Torre Vella se iba transformando.

Me tocó empezar saludando a las autoridades y a todos los presentes y contar un poco de que iba el encuentro este año:

IV encuentro en salou con escritores y música de Aragón.

Bárbara Fernández Esteban

“Como sabéis, cada año se elige un tema como eje en torno al que discurre el hacer literario. Este año, nos hemos sumado a las celebraciones que se están haciendo en todo el mundo en torno al  IV Centenario de la muerte de Cervantes. Y dado que Cervantes dedicó dos capítulos del Quijote al Ebro, hemos querido celebrarlo desde el rio. El Ebro genera una corriente permanente de tinta. Espero que  disfrutéis de este ratico  de literatura y música en este entorno mágico y maravilloso  de la Torre Vella

A continuación comenzó el acto José Carrasco como presentador al que le confiamos el timón para que condujera el encuentro a buen puerto a través del Ebro y con la bendición de Cervantes.

Presentador en el IV encuentro en salou con escritores y música de Aragón

El escritor José Carrasco, presentador y conductor del acto

Entre lectura y lectura, fue leyendo a Cervantes e introduciendo de poco a poco, a los demás escritores participantes para que leyéramos lo que habíamos preparado para la ocasión. José Ángel Monteagudo,nos escribió y leyó su relato: “De cómo D.Quijote abrazó, por un instante, la cordura en las riberas del Ebro” mientras la rondalla lo acompañó tocando “Peña guitarrico”. El presentador José Carrasco siguió leyendo su guión y dio paso a Carmen Molinero que leyó su relato “Entre dos aguas” mientras la rondalla tocaba “Danza del Molino”. Al terminar su lectura nuevamente intervino el presentador siguiendo hablando del Quijote para dar paso a Pilar Aguarón Ezpeleta que nos leyó un bonito texto con titulo “El mejor día en la vida de Odón Tobares” acompañada con los sones de “Aragón tierra bravía”. Nuevamente el presentador siguió conduciendo la nave a través del Ebro hasta dar paso a Enrique Villagrasa González, que nos leyó un evocador poema que escribió para la ocasión: “Una tarde en el Ebro”  mientras la rondalla lo acompañó tocando “Promesa de amor”. Continuó  José Carrasco  evocando a Cervantes hasta dar paso a Belén Gonzalvo que nos leyó su emotivo relato “Oleum Flumen” acompañada por los sones de “Amanece en el Valle”.  Al terminar siguió la intervención del presentador para dar paso a mi lectura: “El Salto” un micro, escrito para la ocasión, imaginado a Sancho y a Don quijote, en bici y en moto.

En este punto llegamos al intermedio y la rondalla Jaime I de Salou nos deleitó con GIGANTES Y CABEZUDOS.

IV Encuentro en salou , con escritores y música de Aragón

Rondalla Jaime I de Salou

En la segunda parte José Carrasco tomó nuevamente el timón para continuar el viaje a través del Ebro evocando a Cervantes interviniendo entre lectura y lectura como en la primera parte. Hizo muchas lecturas, unas propias y otras de Cervantes entrelazándolas con gran acierto. Para no hacer tan largo el escrito os pongo los relatos y poemas que se leyeron acompañados por la música de la rondalla:

Carmen Molinero: “Amanece junto al Ebro”. Pilar Aguarón Ezpeleta: “La historia de Ernesto”. José Ángel Monteagudo “Llamadme Tierra”  Belén Gonzalvo: “Elaius”. Enrique Villagrasa González: “Rio Ebro, Rio Ebro”. Bárbara Fernández Esteban: “Los ojos del Jiloca”.

Al termino de la las lecturas, después de haber recorrido el rio, ver sus amaneceres, sentir su capacidad evocadora, sus aguas tranquilas, zambullirnos en ellas con Don Quijote Y Sancho, creo que todos los presentes salimos un poco trasformados, y quizás, por el poder de la literatura un poco más sabios y alegres. Di las gracias a todos los presentes y pasé la palabra a Pere Granados, alcalde de Salou para que fuese él quien cerrara el acto.

encuentro en salou 2016

Pere Granados, Alcalde de Salou cerrando el IV encuentro de escritores y música de Aragón

Tras sus bonitas y alentadoras palabras, la rondalla tocó Sierra de luna que todos los presentes en un coro improvisado cantamos.

Mientras todo ello sucedía, cayó la tarde. Entonces, tal como habíamos anunciado,  brindamos con cava  por CERVANTES, el escritor más Ilustre de todos los tiempo, por el Ebro, por Aragón y por supuesto por nuestro magnifico  anfitrión :SALOU

Aquí  dejo la imagen con los siete escritores participantes junto con el Alcalde de Salou y la concejala de Cultura.

IV encuentro en salou con esccritores y música de Aragón.

Foto de familia del IV encuentro en Salou con escritores y música de Aragón. De izquierda a derecha: José Ángel Monteagudo, Carmen Molinero, Enrique Villagrasa Gonzalez, Pilar Aguarón Ezpeleta, Pere Granados( Alcalde de Salou) Bárbara Fernández Esteban, Mª José Rodríguez ( Concejala de Cultura) Belén Gonzalvo y José Carrasco.

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© Bárbara Fernández Esteban, Salou 29 de julio 2016

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http://delcamp.cat/tarragonadiari/noticia/2906/la-torre-vella-de-salou-acull-la-quarta-trobada-descriptors-i-musics-aragonesos

 

 

“Camino de vuelta” en “La Vila”

 

CAMINO DE VUELTA barbara fernandez esteban La vila

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Salou, Abril 2016.

Volver a través de la música. “Camino de vuelta”

Camino de Vuelta

Camino de Vuelta

Volver a través de la música.  “Camino de vuelta”

En algún momento del proceso creativo de “Camino de vuelta” tuve la tentación de abandonar la obra en el cajón más recóndito de mi mesa de trabajo y siempre la rescató del olvido y del abandono la música. En esos momentos, después de invocar a Bach, a Brahms o a Mozart, cerraba los ojos y escuchaba una sonata, un adagio, un impromptus y poco a poco recuperaba el ansia. Algo parecido les ocurre a los personajes de la novela. Cuando me planteé presentarla, tuve claro que la música tenía que ser protagonista directa porque de alguna manera es el alma de la misma.

Alguien me habló de una niña con una relación extraordinaria con la música y descubrí que vivía muy cerca, en Cambrils, Jennifer Panebianco Del Mónaco, reciente ganadora absoluta del Primer Premio en el IV Praga International de violín. Con diez años, Jennifer acumula más de siete primeros premios a nivel internacional en países como Francia, Inglaterra, Italia, Eslovenia, Grecia, Rusia y la Republica Checa. Premio Ferrari de Turin y Estrella Emergente en The Muse International Competition en Santorini. Ha compartido cartel con figuras de la talla de Monserrat Caballé, Raphael o David Bisbal. No solo interpreta, sino que además es compositora. A nadie extrañará que la prensa internacional haya calificado a esta jovencísima catalana como una auténtica “niña prodigio”.

Jennifer estará en la presentación de Camino de vuelta. Algo que me enorgullece, y tengo la seguridad de que nos hará sentir lo que la música ha significado al escribir la novela y lo que significará a la hora de leerla, con independencia del placer que supondrá, sin duda, escuchar su música.

 

© Bárbara Fernández Esteban. Abril 2016.

 

 

CAMINO DE VUELTA

Bárbara Fernández Esteban y su nuevo libro Camino de Vuelta

Bárbara Fernández Esteban con su nuevo libro “Camino de Vuelta”

Con la primavera ha llegado mi nuevo libro

 

 

Camino de vuelta de Bárbara Fernández Esteban

CAMINO DE VUELTA

Os pongo lo que pone la contraportada:

Bajo la apariencia de una familia socialmente feliz se desarrolla un drama humano que puede resultar muy común en estos tiempos salvajes y de sueños rotos. “CAMINO DE VUELTA” invita al lector a realizar una reflexión sobre ciertas situaciones inquietantes que plantea la vida y que exigen, sin duda, retornar al inicio como una segunda oportunidad necesaria.

Para recuperar lo esencial, lo que verdaderamente importa, una madre apela al coraje a la renuncia de si misma, para introducirse en el lado oscuro de un mundo que le es desconocido y ajeno, e intentar iniciar de esta manera un difícil camino de vuelta.

Se trata de una novela en la que los lectores amantes de la música podrán seguir a través de ella el estado de ánimo de la principal protagonista como un elemento más que ayuda a la comprensión del personaje en su andadura.

La primera presentación se hará en Salou . Aquí os dejo una invitación por si a alguien que pase  por aquí le apetece venir. Y también para que yo pueda recordar ese día. 🙂

Invitacion Presentacion del libro Camino de Vuelta

 Ya os iré contando más cosas.

 

Mi primer viaje

Cuando hablamos de viajes enseguida viene a nuestra mente una ciudad, unos museos, unos monumentos, un paisaje… pero hay viajes que no necesitan tanto. Os dejo un enlace donde podréis leer el relato de mi primer viaje. Este relato aparece en el libro colectivo editado por la editorial Casiopea como resultado de V certamen de relatos de viajes. Espero que os guste:

MI PRIMER VIAJE

© Bárbara Fernández Esteban. 2013

 

El abanico

El abanico

EL ABANICO

 

Las luces se habían hecho tenues y los músicos empezaron a tocar “La lluvia de noviembre”. Las miradas de las muchachas se transformaron. Apuré mi copa mientras jugaba con el abanico, y mis ojos recorrieron la sala en busca del galán más apetecible. Lo vi como se ve un relámpago en la noche. Era un hombre guapo y apuesto, de pestañas largas y maneras suaves. Pantalón, blanco, ajustado y una camiseta azulona que dejaba esculpido un torso trabajado en el gimnasio. Mientras lo miraba, abría y cerraba el abanico muy despacio, para que se enterara que, aunque tuviera marido, me interesaba el sabor de su piel tostada. Me acerqué, sostuve el abanico contra el rostro, penetré en sus ojos y caminé hacia la terraza con un contoneo voluptuoso de la que volví defraudada. La lluvia de noviembre llegaba a su fin. Hice mil malabares con el abanico, pero el chico, aunque me miraba perplejo, no entendía aquel lenguaje. Ni siquiera cuando dejé caer al suelo el abanico para hacerle entender que sería suya sin restricciones, después de habérselo mostrado abierto y suspendido al revés, como una ave herida , diciéndole con ese gesto que: “Sin su amor, prefería morir.”

        Por mucho que mi abuela dijera que el juego del abanico era de lo más erótico en su época, sus mensajes no llegaban a destino en tiempos del guasap y de los móviles. Debía ser más contundente. Me quité el chal y dejé mis hombros desnudos. Tomé dos copas y me acerqué a él para ponerle una en la mano. Después del primer sorbo, hice parpadear mis pestañas, me incliné para arreglarme la falda, dejando mis pechos más visibles. No sé si lo entendió. Le sonreí mientras indagaba en sus ojos. En ese momento sonó un tango. Rasgué la costura izquierda de mi vestido estrecho dejando al aire mi pierna. Le tomé las manos e hice que me abrazara y lo arrastré al centro de la pista. Me pegué a él. El lenguaje del abanico no lo entendería, pero al sentir mi cuerpo apretado contra el suyo esperé que lo activara. Bailamos tan juntos que nuestros cuerpos parecían uno. Me abría, me cerraba, entraba y salía en mis brazos, como yo en los suyos al envolverle con mi pierna desnuda de la que se escabullía y yo lo buscaba luego con más ahínco al ritmo del tango. Mis manos acariciaban su espalda, subían hasta los hombros e introducía mis dedos en sus rizos, para luego bajar y medirle el contorno de las nalgas. Mi boca susurraba en su oído palabras ardientes y mis deseos eran como brasas. Con el último acorde del tango, los dos exhaustos, con el índice le bajé la barbilla y puse mis labios frente a los suyos. Acerqué mi boca para besarle.

        En aquel instante, noté el vibrador en el muslo. Sacar el teléfono de la liga me sustrajo del ensueño. Era mi marido, como siempre tan oportuno. Sin contestar lo metí de nuevo debajo de la liga.

        —Me llamo Ángel —me dijo el chico—. ¿Te importaría enseñarme el lenguaje del abanico? —preguntó con una gran sonrisa.

—Por supuesto —le dije entusiasmada.

—Resultaría tan elegante para ligar del todo a mi Manolo —añadió.

        Tomé el abanico y se lo puse de un golpe en la mano. Era la manera de decirle que lo abominaba, después de haberme encandilado.

Él, con su sonrisa plácida, me devolvió todas las que yo le había dedicado.

 

© Bárbara Fernández Esteban. Mayo 2015

 

 

 

Entrega de premios VII premio internacional relatos de viajes

Bárbara Fernández Esteban recibiendo el premio de manos de Pilar Tejera y de Cristina Bernat

A las siete de la tarde del 29 de octubre estaba convocada para la entrega de premios del VII Concurso Internacional de relatos para Mujeres Viajeras con motivo de haberse otorgado el segundo premio, entre medio millar de participantes, a un relato de mi autoría titulado “La ciudad de mis sueños”. El acto, al que concurrieron un centenar de personas, resultó muy emotivo y tuvo lugar en un local precioso que la Agencia de Viajes Pangea  estrenaba en la Calle Príncipe de Vergara de Madrid.
Los tres relatos premiados, junto con otros cuidadosamente seleccionados por el jurado de Mujeres Viajeras en atención a su bondad literaria, han sido publicados en un libro de magnífica hechura por Ediciones Casiopea que componen un relato colectivo del mundo, escrito por Mujeres  que unen su entusiasmo por viajar con la literatura como testimonio. El libro fue puesto a la venta en dicho acto que culminó con una copa de vino.
Mientras saboreaba esa copa, mi mente barruntaba sobre posibles ciudades de Europa donde disfrutar el premio con mejor aprovechamiento. No me vendrá mal unos días de asueto en Paris, Venecia, Roma, o Tallin, o Dubrocnik, o Praga o Berlín. Son ciudades tan maravillosas y el premio tan prometedor… tendré que decidir.
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Os dejo a leer unas líneas de “La ciudad de mis sueños”.
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“Hace poco cumplí sesenta y ocho años y con cada felicitación exhibí para mi propio solaz, las ilusiones y los sueños que han empujado mi vida. Sin embargo, admito con rubor que son muchas las etapas que han ido conformándola en la ruta de un maravilloso peregrinaje. Mis ojos son capaces de reflejar los lugares que he visitado, que admiro y me conmueven, y con fidelidad puedo reproducir sus colores, unas veces sombríos y otras brillantes. Sabría describir los olores que caracterizan cada país y aun muchos pueblos desde Tokio a Manila. En mis oídos resuenan la música y los profundos silencios de los ríos africanos. En mi rostro han quedado dibujadas en forma de arrugas, cada brisa y cada viento que ha empujado plácidamente mi barco por aguas caribeñas, o los temibles cuarenta rugientes a bordo de una goleta francesa, atravesado Cabo de Hornos, más allá del mar de Tasmania. En mi alma, las emociones guardadas para cuando llegue el día en que mis alas cargadas de plomo se posen sin huella en la memoria.
Pero hay un viaje, el único, del cual el tiempo no ha conseguido borrar un solo detalle. Al contrario, cada recuerdo ha sido cincelado día a día. Un lugar que llevo en mi pensamiento, porque hay lugares de los que dependemos, que pertenecen al sentimiento y detuvieron el tiempo para siempre. Un lugar que dejó en mi corazón una huella imborrable, como una puerta entreabierta que hay que volver a traspasar para poder cerrarla. Mi avión saldrá en unos minutos para llevarme allí a pesar de mi juramento…………..”
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Aquí dejo el enlace  de la Editorial por si a alguien le interesa no solo cabar de leer mi relato, sino todos que lo acompañan. Tambíén el de la Agencia de Viajes Sanga, patrocinadora de mi premio, que organiza unos viajes muy interesantes.
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©Bárbara Fernández Esteban. Octubre 2015
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También os dejo un enlace para que podáis escuchar una entrevista en el programa  TRAVESIAS  realizada por María Álvarez de Eulate  a Pilar Tejera de la editorial Casiopea y responsable de mujeresviajeras.com convocantes de los certámenes internacionales de relatos de viajes de mujeres, en la que también participamos las tres primeras seleccionadas.
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Una bonita experiencia

Imagen de familia con el Alcalde Salou, concejalas de cultura y de juventud, profesores de los distintos centros, miembros del jurado y premiados.

Los XIV premios 30 de octubre en los que participan niños y jóvenes saluenses en distintas actividades artísticas han dejado en mí, este año, una maravillosa huella. Más concretamente en la parte a que se refiere el certamen literario. Cuando MªJosé Rodríguez, concejala de cultura del Ayuntamiento de Salou me pidió si quería formar parte del jurado no dudé en aceptar. No niego que el encargo me sorprendió gratamente, no por la designación, que ello siempre supone un trabajo arduo si una se lo toma en serio, sino porque dilucidar entre una treintena de textos bien seleccionados, de una calidad indudable, conllevaba mucha responsabilidad y una intención de aprendizaje.
Han sido muchos los relatos en catalán, castellano e inglés, que se han presentado a dicho concurso escritos por alumnos de todos los centros escolares de Salou, desde primaria a los últimos cursos de Bachillerato, entre los que la competitividad era manifiesta. Me siento muy orgullosa de las nuevas generaciones de niños y jóvenes salouenses. He leído relatos de una imaginación desbordada, de una fantasía exuberante, he sabido de sueños, de ilusiones, de fracasos que dan sentido a la vida, relatos amenos, frescos,  conmovedores, intimistas, reflexivos, relatos capaces de llegar al corazón. He leído poemas de una sensibilidad exquisita, y mis dudas bien fundadas iban de uno a otro, lamentando la limitación de premios, la incapacidad de poder premiar muchos más de los que admitían las bases.
Ha sido una experiencia maravillosa para mí porque ha puesto en evidencia lo mucho que se puede aprender de las generaciones jóvenes. En definitiva, ha sido un contagio de juventud, muy saludable para mi provecta edad, que debo agradecer a esos escritores en ciernes, después de felicitar a todos los participantes y también al Ayuntamiento de Salou por la oportunidad.
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©Bárbara Fernández Esteban. Octubre
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VII Premio internacional de relatos mujeres viajeras.

Estoy muy feliz.  Hace unos días me comunicaron que mi relato “LA CIUDAD DE MIS SUEÑOS” había conseguido el SEGUNDO PREMIO en el VII certamen literario internacional de relatos de viajes. Durante cinco años he participado en ese concurso y en todos he quedado finalista, estando incluidos mis relatos en los libros correspondientes a esos años.  Este año , entre más de medio millar de relatos presentados de casi todo el mundo, he logrado obtener el  SEGUNDO PREMIO. Todo un honor.

La Editorial Casiopea edita un libro de cada certamen. Una edición muy cuidada. Unos libros hechos con cariño y con una excelente calidad, con unas ilustraciones preciosas. Ya estoy deseando disfrutarlo, aunque deberé esperar al 29 de octubre, cuando vaya a Madrid a la entrega de premios. Recogeré  mi premio y algún ejemplar . Ya os contaré. De momento os dejo la portada del libro y el enlace a la editorial por si alguien quiere comprarlo. Los anteriores son divinos, según dicen, este los va a superar.

http://www.edicionescasiopea.com/?product=vii-premio-internacional-relatos-de-viajeras

Cuando vuelva de Madrid de recoger mi premio ya os contaré más cosas.  Antes de ese día creo que podré contaros otras noticias. Ya que el 13 tambien voy a Madrid y volveré a ir el 16 y el 17.  Tendré muchas cosas que contaros.

 

© Bárbara Fernández Esteban

 

Salou en la memoria

Salou en la menoria.

En este libro están recopilados los relatos y poesías que se leyeron en el III encuentro de escritores en Salou el pasado 28 de agosto 2015.

Los escritores cedieron todos los derechos para esta edición al Ayuntamiento de Salou.  Como podéis ver el libro es pequeño pero bonito, y en el han quedado guardadas las huelas de lo que aconteció en dicho acto. La portada es una pintura de Pilar Aguarón.

Prologado con las palabras del Señor Alcalde de Salou, Pere Granados y del presidente de la Asociación Aragonesa de escritores con sede en Zaragoza José Luis Corral Lafuente, contiene además de una jota dedicada a Salou, “Mira si Salou es bello”, que compuso para la ocasión el aragonés Javier Sanz director de la Rondalla Jaime I de la Asociación cultural aragonesa en Salou, los siguientes temas:

“Salou lleno de amor” de José Antonio Prades

“Poemas para Salou”  de María Otal

“Love Me do”  de Pilar Aguarón Ezpeleta

“Dark night” de José Malvís

“Salou Dorada” de Carmen Aliaga

“Las Rocas” de Estela Alacay

“Oulas” de Santi Abad

“Nostalgia” de Pilar Hernandis

“La playa” de Fran Picón

“El apartamento de Salou” de José Carrasco Llácer

“La torre Vella de Salou” de Carlos Tundidor

“Salou en la memoria” de Bárbara Fernández Esteban

“Muelle de Salou” de Ángel Guinda.

Todos ellos escritores pertenecientes a la AAE.

Los asistentes al acto se lo llevaron de recuerdo agradeciendo a los escritores y al Ayuntamiento de Salou el detalle.

El libro, dado que es una edición no venal, puede tenerse a cambio de una pequeña donación que el ayuntamiento entregará a una asociación benéfica.

Agosto 2015.

Salou, paisaje para la literatura.

Tema: Salou, paisaje para la literatura

Torre Vella- 2015 III Encuentro en Salou con escritores y música de Aragón – Tema: SALOU, paisaje para la literatura

 

Cuando el último viernes de agosto el sol decaía y la luna emergía llena detrás de la tapia de los muros de la Torre Vella de Salou, la palabra subrayada por la música suscitó el hechizo en el numeroso público que colmaba el patio de la antigua fortaleza seducido por la magia del momentoPor tercer año consecutivo el Ayuntamiento de Salou y la AAE han organizado ese encuentro de escritores con gran éxito. A pesar del calor, el público llenó el portentoso patio de la Torre Vella.

El motivo fue Salou como paisaje de la literatura. El mar, las playas, sus gentes, sus fiestas, sus edificios, sus avenidas y plazas, el muelle, el puerto, las barcas y los pertrechos de pesca, sus caminos y senderos, el faro, Santa María del mar, las rocas, los hoteles, las cafeterías y discotecas y el bullir incesante de la gente, el color del cielo, la brisa y estruendo de las olas al romper en playas de arena dorada.

Todo sirvió para plasmar idilios o locuras de una noche de verano, rupturas o tránsitos por las simas de la memoria para despertar la nostalgia de lo que fue. Salvar los recuerdos y la historia. Salou es memoria, pero también es estrella que despunta. De ello se escribió para sacar a flor de piel las emociones. Nuestras y ajenas. No fue difícil para mis compañeros de pluma afilada rasgar el alma y extraer la nostalgia y la risa.

Casi trescientas personas se prestaban, con los poemas y los relatos, a pasar sin solución de continuidad del retozo a la pena, del amor al desamor, de la angustia a la esperanza, de la vida a la imaginación, reflejados en el paisaje de Salou, mientras los músicos susurraban canciones de raíces aragonesas. Los escritores Pilar Aguaron, José Manuel Prades, Estela Alcay, Maria Otal, Carlos Tundidor, José Malvís, Santi Abad, Pilar Hernándiz y el rapsoda Luis Trebol estuvieron presentes en la Torre.  También repitieron presencia Carmen Aliaga, Fran Picón y Ángel Guinda. De todos quedó constancia en un libro editado por el Ayuntamiento con el título “Salou en la memoria”, a través de sus poemas y relatos, que, prologado por el señor Alcalde y por el presidente de la AAE, fue repartido como testimonio del evento a los asistentes. Después, los escritores fueron requeridos por el público para rubricar dedicatorias sobre sus obras que graciosamente habían cedido para esa edición. Del dibujo de la portada, de preciosa hechura, es autora la pintora y escritora zaragozana Pilar Aguarón.

Sería petulante admitir que mi participación fue mayor. Solo fue más por mor de la cercanía y no por ello más importante, sino solo necesaria para que rodase el evento sin estridencias en su programa, con la ayuda del también escritor José Carrasco en la presentación de los autores.

Javier Sanz, director de la rondalla nos asombró con una jota en estricta primicia, dedicada a la ciudad y a los salouenses, bajo el titulo: “Mira si Salou es bello”

Despidió el acto en nombre de la Corporación municipal el Teniente de Alcalde, Marc Montagud con palabras entusiastas y de gratitud para todos los asistentes y dio por propuesta la próxima convocatoria.

No estoy facultada para hablar por nadie. Pero, en lo que de mí depende como coordinadora de este tercer “Encuentro”, en mi propio nombre agradezco al Ayuntamiento la producción del  evento y del libro, a la Asociación aragonesa de escritores la promoción, a los escritores su probidad y buen hacer literario, a la rondalla su colaboración, y también a cuantos de manera altruista han aportado su ayuda para el éxito de este III Encuentro de escritores que ya se está convirtiendo en un referente en Salou, dónde la extensa colonia aragonesa se siente tan a gusto como en su propia casa.

Lo he disfrutado. Si habéis podido compartir el mismo gozo me doy por satisfecha;  puedo aseguraros que como aragonesa y saluense me siento muy orgullosa.

 

© Bárbara Fernández Esteban. 29 de agosto 2015.

 

III Encuentro en SALOU con escritores y música de aragón.

III Encuentro en SALOU con escritores y música de Aragon
El próximo día 28 a las 7 de la tarde en el recinto de la Torre Vella tendrá lugar el III Encuentro con escritores y música de Aragón.
 El tema será: Salou, paisaje para la literatura.
En esta ocasión, los escritores participantes han querido que SALOU sea el escenario de la literatura donde transcurre la acción de sus relatos o sea el sujeto de las metáforas poéticas. Con ello se pretende, no un homenaje, sino mostrar su admiración y gratitud a esta bella ciudad, tras ceder al Ayuntamiento y a Salou todos los derechos de la primera edición de sus textos.
La rondalla aragonesa Jaime I de Salou se ha sumado a la iniciativa y ha compuesto una jota para Salou que se estrenará como primicia en este acto.
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Bárbara Fernández Esteban

Aquel verano

Balneario de Archena Imagen: Balneario de Archena.

AQUEL VERANO

Los rayos de sol se abrían paso entre las frondosas palmeras del bonito jardín de aquel bar. Marta, sentada en una silla de mimbre al lado de una pequeña mesa de mármol veteado en grises, bebía una cerveza mientras leía una novela tras haber pasado gran parte de la mañana en la piscina. Era domingo, lo podía recordar perfectamente porque los domingos se llenaba el balneario de las gentes de los alrededores. Sobre la mesa tenía un paquete de cigarrillos y un encendedor. De vez en cuando levantaba los ojos del libro y observaba tras las oscuras gafas a las personas que por allí transitaban disfrutando de la paz del lugar y se imaginaba mil historias sobre ellas. La arboleda al lado del rio y las montañas que rodeaban el lugar cooperaban a hacer de aquel entorno  un sitio aislado del mundo.

Llevaba en aquellos parajes tres días, de sus labios solo habían salido breves frases, las indispensables para saludar en recepción y en el comedor o para pedir al camarero algo que beber. Le gustaba ese silencio, al fin de cuentas ella lo había elegido para pasar unos días de descanso y escapar del estrés de su vida cotidiana.

De repente le llamó poderosamente la atención una mujer joven. Era guapa, era de ese tipo de mujeres que no pasan desapercibidas ni para hombres ni mujeres. Vestía deportivamente pero su elegancia afloraba por todas partes. Llevaba unos pantalones piratas, unas zapatillas blancas y plateadas y una camiseta blanca con unas pequeñas mariposas bordadas en el lado izquierdo. Una gorra a juego con las zapatillas recogía su pelo moreno y unas grandes gafas negras cubrían sus ojos y parte de su bello rostro.

Marta la observó con disimulo pensando que, o esperaba a alguien o ese alguien la había dejado allí sola.

Dejó de observarla y se volvió a enfrascar en la lectura. Su cerveza se había calentado. Al pasar el camarero con señas le pidió otra y siguió con su libro y su silencio.

Inesperadamente aquella mujer se acercó a ella con un cigarrillo en la mano pidiéndole fuego. Marta le tendió el mechero sin mediar palabra, la chica encendió su cigarrillo y diciendo en voz baja gracias marchó a su mesa.

No habrían pasado más de diez minutos cuando la muchacha volvió a levantarse y se acercó nuevamente a la mesa de Marta.

—¿Puedo sentarme?

Marta estaba tan sorprendida que no pudo negarse.

La chica empezó a hablar, mientras sus ojos se arrasaban, sin duda alguna su alma necesitaba sacar la pena que la acompañaba y Marta, paciente, la escuchó sin interrumpirla.

—Era el amor más bonito que había tenido en mi vida, era una persona culta, educada, sabía estar, jamás nos habíamos peleado. Nos amábamos y jamás pensé que ese precioso idilio pudiera terminar. Era todo ternura, cariño y de una inmensa belleza.

Marta empezó a darse cuenta que la habían dejado allí plantada.

—¿Qué ha ocurrido? — preguntó dándole un pañuelo para que se limpiara las lágrimas.

—Ha sido extraño. Habíamos venido a pasar el fin de semana, ayer pasamos un día de ensueño, pero esta mañana se presentó una de mis mejores amigas y desde ese momento todo ha cambiado. Me han ido dejando de lado hasta que me he dado cuenta por sus miradas que yo estaba de sobras.

—Mujer, ¿no les has pedido una explicación?

—No. ¿Para qué? No hacían falta palabras para saber que estaba pasando.

—Pero tú eres una persona educada, encantadora, guapa, no creo que sea fácil dejar a una mujer como tú. Te aseguro que si yo fuera hombre ahora mismo te pediría que te quedaras. Eres todo lo que un hombre puede desear.- dijo Marta convencida de que así era-

La chica sonrió al mismo tiempo que le agradecía que la hubiera escuchado, necesitaba hablar y sacar su pena.  Se había desahogado.

Marta llamó al camarero y pidió dos cervezas.

—Soy Marta—dijo tendiéndole la mano a la chica.

—Cristina, —contestó la muchacha.

Bebieron sus cervezas y a Cristina se la vio más serena. Miró el reloj mientas decía que el taxi que habia pedido  estaba al llegar.

Se levantó y elegantemente le agradeció su ayuda al mismo tiempo que al despedirse le decía:

»No hubiera sido necesario que fueses hombre para pedir que me quedara, en cualquier otra circunstancia yo te hubiera pedido quedarme, me gustan las buenas personas, te pareces un poco a Carmen pero estoy segura que tú no me hubieras abandonado como lo ha hecho ella. Gracias por permitirme pasar a tu lado estos momentos.

Marta no supo que contestar, volvió a su silencio y encendiendo un cigarrillo se levantó de la silla y se encaminó muy despacio hacia su habitación, mientras, viendo como el taxi se alejaba pensaba en la extraordinaria belleza de Cristina y en lo que podría haber sucedido si su taxi no hubiera venido a buscarla.

© Bárbara Fernández Esteban

Recordando a mi padre

Recordando a mi padre

Recordando a mi padre.
Un amanecer de un día como hoy de hace ya muchos años se nos fue tras una larga agonía, sin embargo, parece que fue ayer.
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RECORDANDO A MI PADRE
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Suena la fuente sin cesar, noche y día, produciendo círculos concéntricos de espuma… Murió mi padre apagándose como un pájaro enjaulado a quien se le obstruyó el camino de los ecos; como a mí se me queda la mano suspendida sobre el teclado del piano que espera ansioso el arpegio de sol sostenido. Qué terrible ser un arpegio eternamente en el camino. Le cedí el paso al subir al autobús. Así se quedó él, a la espera, una espera eterna que le hizo estallar los oídos con todas las palabras fuera.  Pensé que alguna encontraría resquicio. Fue inútil. Todas las palabras habían perdido su sentido, como si hubieran desaparecido detrás de una esquina. Por eso fui a la librería y pedí un diccionario baldío. Quería saber lo que oía.  El librero, que es mi amigo, empezó a rasgar sus páginas. No, no era eso. Yo quería saber lo que dice un diccionario sordo, no un diccionario mudo.  Estoy convencida que no es lo mismo. ¿O sí? No, no, las palabras existieron, existen. Eso es lo terrible. Mi parada estaba cerca, no quería llegar. Miré el libro, luego a él. Me miró cuando bajó como diciéndome un adiós con sus ojos.
Después perdió la mirada, se le quedó colgada en un punto como se queda un gabán olvidado en un viejo perchero de un café cochambroso.  Ahora cada vez que veo un gabán olvidado me recuerda su mirada.  Cuando entro en un café bailan mis ojos enlazados con los percheros viejos, pretendo reencontrar en ellos su mirada apagada.  La otra noche un camarero bajito, con pantalón negro y la camisa blanca sudada me preguntó qué buscaba. Cuando le contesté que su mirada se apresuró a decirme que estaba todo cerrado. Pobre imbécil, pensé… Ya sé que está todo cerrado. En la televisión vi un abrigo en un perchero. Le dije a mi marido: «mira». « Qué», me contestó. «Qué pasa ».  «Nada, nada, es un perchero de cuatro brazos y quizás…» Me paré. Tenía fija la mirada. «Estás loca», dijo.  Sé que no lo estoy, pero como si lo estuviera.
Solo me quedaron sus manos. Se las sobaba. Me parecía que le sobaba el alma. Eso me parecía. Si no me oía y no me veía, le escribiría dentro. Sería como colarme por la ventana. Inútilmente. Se marchó hace poco o quizás hace mucho.
Murió con sus manos en las mías. Con sus manos en las mías. Con sus manos en las mías hasta que le cerré los ojos. Sus cerrados ojos abiertos. Tengo que pensar. Al revés no sería lo mismo.
La fuente sigue lanzando sus chorros y al caer siguen formando círculos concéntricos.
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©Bárbara Fernández Esteban.
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Un día especial en CAIXA-FORUM Zaragoza

Concurso de relatos La Caixa y RNE 2015 (Imagen de RTVE)

Concurso de relatos La Caixa y RNE 2015 (Imagen de RTVE)

 
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Crónica de mi día en Caixa-Fórum Zaragoza en la entrega de premios del concurso para mayores 2015 organizado por la Fundación La Caixa en colaboración con RNE en la que tuve el honor de ser una de los 15 finalistas.
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Todo empezó con la llamada telefónica que me sacó del letargo canario de la playa del Inglés a donde había ido con la intención de recuperar las fuerzas que a lo largo del año había ido derramando en Salou, lugar donde vivo, por mor de las muchas obligaciones que le sobrevienen a una jubilada, esposa, madre, y abuela, precisamente por “no tener nada que hacer”, según dicen.
A mi alrededor, casi todo lo que en aquel momento valía la pena. La soledad, la arena cálida, el rumor de las olas, los azules del océano y el cielo despejado por el viento alisio, el mar inmenso lamiéndome los pies y un sol que podía tornarse inclemente de un momento a otro. Entre las cremas solares, el pareo, tres pares de gafas y Polaris, el último libro de Fernando Clemot, me costó encontrar el teléfono que sonaba desesperado dentro del bolso. En el suelo, la toalla, la pamela y mis zapatillas.
—¿Doña Bárbara?
—Bárbara, tan solo—contesté a una voz deliciosa que salía de mi nokia primitivo.
—¿Doña Bárbara Fernández Esteban? —insistió.
—Sí, soy yo. Dígame.
—¿Es usted la autora del relato: “Un beso y un clavel”?
—Sí.
—Permítame que la felicite de entrada. Tengo el placer de informarle que su relato “Un clavel y un beso” ha quedado entre los 15 finalistas y le damos la enhorabuena, dado que han sido 1.384 relatos presentados al premio literario para personas mayores que patrocina la Fundación La Caixa y Radio Nacional de España.
Me incorporé sobre la toalla extendida sin haber encontrado las palabras para contestarle a María del Mar Ferrador, representante de la Fundación la Caixa, persona que en esos momentos me estaba hablando.
Le agradecí, nerviosa, su felicitación.
—Nos gustaría tenerla en el acto junto al resto de finalistas, queremos que sea un día precioso para ustedes.
—Me encantaría. Pero me es imposible. Nos separa el océano. Estoy en Gran Canaria y precisamente el día 18 paso a disfrutar el resto de mis vacaciones en Lanzarote. Para mí es un verdadero lio.
—No se preocupe por nada, le ayudaremos a que todo sea fácil para que pueda estar entre todos nosotros.
A las pocas horas recibí un correo confirmándome la noticia, y que además me decía que una persona se pondría en contacto conmigo para solucionarme todos los traslados a Caixa Fórum Zaragoza, donde este año se entregaban los premios.
Al día siguiente recibí una llamada de Arantxa Balmaseda, (representante de www.hartford.es )que después de saludarme me aseguró lo precioso que iba a ser el acto. Me preguntó que de dónde era para prepararme el traslado. Le respondí que vivía en Salou, pero que en estos momentos estaba en Canarias de vacaciones por lo que era un buen lio para mi trasladarme a Zaragoza el día 18, más que un lío muchos impedimentos. Y le propuse que una amiga me representara.
—Para eso estoy yo, para encargarme de que todo sea fácil para usted, me contestó animándome hasta convencerme para que abandonara durante un par de días la playa del Inglés, los azules, y mi merecido descanso, a cambio de emociones literarias y el cierzo inflamado de mi entrañable Zaragoza.
Arantxa se encargó de todo. A los pocos días, recibí un billete de avión para el traslado de las Palmas a Madrid, junto con un billete del Ave Madrid-Zaragoza. Seguimos hablando, ya solo quedaba el hotel y el regreso. Al día siguiente, tenía ya el bono para el hotel y el billete de vuelta a Lanzarote donde me esperaba mi marido, mi maleta, mis cosas, y el resto de mis vacaciones que viviría con los bonitos recuerdos de ese viaje mágico dentro de mi viaje vacacional.
Fue un acto precioso presidido por los escritores Soledad Puértolas y Fernando Schwartz, el director territorial de CaixaBank en Aragón y La Rioja, Raúl Marqueta; el director de RNE, Alfonso Nasarre; el director de programas de RNE, Ignacio Elguero; el subdirector de La Vanguardia, Llàtzer Moix y la ganadora del concurso en 2014, Elena Sánchez.
El acto fue magníficamente presentado y dirigido por Juan Fernández Vegue, presentador y director del programa radiofónico de RNE “Juntos paso a paso” acompañado por Itziar Jimenez Berrón.
El recibimiento en Caixa Fórum fue espléndido. Nos presentaron uno a uno. El auditorio estaba repleto. Periodistas, cámaras, micrófonos, las sonrisas expectantes de los elegidos, el jurado, los locutores, nervios, y entre el público algunos amigos que habían venido ex profeso, entre ellos, Pilar Hernándiz que me recibió con un abrazo y sus mejores deseos. Mil trescientos cuarenta y ocho relatos de todo tipo que el jurado tuvo que cribar con exigente criterio literario. Había de todo, pero el nivel de los seleccionados, dijo Soledad Puértolas, era sobresaliente. Fernando Schwartz leyó un relato que había escrito sin prisas para la ocasión. A continuación entregaron a los 15 finalistas un recuerdo de su selección.
A mí me lo entregó Alfonso Nasarre, director de RNE. Luego nombraron a Luisa Fernandez, ganadora  del certamen con su bonito relato “Gotas de lluvia”.  Para finalizar el acto público actuó un conjunto de música vocal. Todo un verdadero espectáculo. La tensión que habíamos vivido fue amainando con los temas que interpretó aquel grupo cubano. Finalizado el acto, repartieron al público el libro de los relatos que habían sido seleccionados en el concurso del año pasado, mientras a nosotros nos llevaron a la exposición de Joaquín Sorolla que a la sazón se exhibía en las salas de exposiciones de la Caixa. Otro espectáculo de luz, colores y sombras del universal pintor valenciano. El acto siguió para nosotros con un cóctel, durante el que nos entregaron más obsequios y que se prolongó sin que pesara el tiempo hasta casi media tarde. Justo casi hasta poco antes de que me llevaran al aeropuerto, cargada con mi bolsa llena de regalos y la satisfacción de haber vivido un día fantástico.
Mientras volaba de nuevo para retomar mis vacaciones interrumpidas, pensaba ya en mi relato del próximo año. Un relato alegre. Más alegre todavía que el que envié este año para revivir el brindis que un torero famoso ofreció a la Bárbara mozuela.
Gracias a todos los que creéis en mí y me animáis en la ilusión de escribir. Gracias a la Fundación La Caixa y a Radio Nacional de España por alentarme a seguir escribiendo. Es como vivir dos veces. Mientras tanto vuelvo a mis azules canarios para reponer fuerzas y al cabo volver a Salou para reencontrarme con mi gente y mis amigos y con mis obligaciones de esposa, madre y abuela jubilada, que “nada tiene que hacer”, dicen. ¡Menos mal que queda mucho por escribir y, por ende, mucho que revivir!
Bárbara Fernández Esteban, recibiendo el trofeo de manos de D.Alfonso Nasarre, director de RNE en CAIXA-FORUN Zaragoza.

Bárbara Fernández Esteban, recibiendo el trofeo de manos de D.Alfonso Nasarre, director de RNE en CAIXA-FORUN Zaragoza.

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©Bárbara Fernández Esteban. Junio 2015.
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HIELO, novela de David Aliaga

“Hielo”, novela de David Aliaga, editada por Paralelo Sur Ediciones, para su colección Aquilón (Noviembre 2014), funciona en torno a una trama de cuatro historias turbadoras sin ningún tipo de cromatismo que arrebate protagonismo a un hielo que nunca será lágrima. Son historias protestantes, herméticas, trágicas, sin épica, sin redención, ni primavera. Ni el “eros” será capaz de resurrección. Bálsamo, si acaso. La satisfacción y el gozo se conciben si hay deseo de renacer, de ser ave fénix. De ahí que las historias de Hielo no sean historias de luz eterna, sino una vuelta de tuerca a la resistencia a pesar de todo, como alternativa del suicidio o como otra forma del mismo. La muerte como liberación de los horrores vividos, presentidos, sospechados, sin catarsis. No es el mito de Orfeo, sino el de Sísifo el que nos muestra Aliaga con una madurez insólita.

Todas las miradas de los personajes que hollan el “Hielo” de David Aliaga son huidizas, y evidencian actitudes silentes ante la realidad demasiado pavorosa. Sin aspavientos, a media voz y entre penumbras y susurros, la expresión del dolor, la conciencia de culpa, la mentira, el miedo, —sentimientos sombríos que se mimetizan sobre el paisaje blanco sin concesiones al color—, se transforman en un malestar melancólico, patético disfraz que torna difícil o imposible la esperanza. Cabe huir, intentarlo como sea, aún a sabiendas de que no hay salida.

En siete capítulos cortos, con un lenguaje que requiere esfuerzo en la lectura, una voz entrecortada que hurga en lo poético y el uso habitual de la metonimia como un puzle que encaja milimétricamente las metáforas, David Aliaga nos lleva de forma agónica al deshielo de los personajes, y de nosotros mismos conmocionados con ellos, en una lucha inútil e insolidaria contra el cerco fronterizo de la verdad.

Comencé a leer Hielo acompañada del concierto para Cello de György Ligeti, menos dionisiaco que Stravinski, pero de manera especial el último capítulo con el Poema sinfónico para 100 metrónomos.  Sísifo en estado puro. Es una sensación muy subjetiva, pero no por eso deja de ser una sugerencia.

©Bárbara Fernández Esteban febrero 2015

Un blues en Navidad

Un blues en Navidad

 

Un blues en Navidad

Tomó el tren esa misma tarde.  Al despedirse en el andén de la estación supe que nunca regresaría, que quizás no volvería a verle.

Había nevado durante todo el día. Todavía lo hacía cuando salí de la fábrica. Hollar la nieve, sentir cómo crujía bajo las suelas de mis zapatos me producía una sensación extraña. Pisar por donde nadie antes lo había hecho era como dejar huella en una noche tan especial. Las tiendas y las calles desbordaban luces de todos los colores. Los villancicos eran un eco continuo. Las gentes transitaban deprisa cargadas con paquetes en bolsas brillantes. Era esa noche mágica en la que la soledad debiera ser imposible. Me resistía a volver a casa; No me esperaba nadie.

Seguí caminando sin rumbo. De repente, detrás de una esquina escuché el lamento de un blues. Sin fuerzas para seguir me quedé delante de aquel hombre que tocaba.  Era joven, pero el sonido de su saxo tenor era triste como su rostro. Un sombrero viejo cubría su pelo hirsuto y una gabardina gastada le resguardaba de la nieve y el frio. Sus dedos apoyados en las llaves del instrumento sobresalían de sus guantes cortados. Me quedé largo rato estremecida con aquel sonido. De pronto dejó de tocar y su mirada se cruzó con mis ojos.

—¿Puedo ayudarla?—me dijo con una voz cálida. En el suelo, junto a él había una botella de ron y a sus pies la maleta del instrumento abierta con unas monedas que imaginé que él mismo había puesto.

Tardé unos instantes en reaccionar. No sabía qué decir. Debía de llevar mucho rato escuchando.

—No. Es su música.

—¿Le gusta? No es un villancico.

—Es distinta. Expresa lo que siento —contesté con un poso de amargura.

Inició el tamborilero. Le supliqué que parara.

—¿Quiere cenar conmigo? —me preguntó de improviso.

Detrás de su propuesta estaba su sonrisa ingenua de músico callejero y unos dientes blanquísimos. Me quedé sorprendida sin atreverme a contestarle.

—No es una broma, mi proposición es seria —añadió. El saxofón, atravesado sobre el pecho, le colgaba del arnés. La nieve seguía cayendo, como la duda dentro de mí.

—Supongo que no la espera nadie—dijo adivinando mi pensamiento.

Qué distinto de hace un año. Que yo sola hubiera sobrevivido a la tragedia me dolía.

—No se equivoca.  Pero su propuesta no deja de sorprenderme.

Puso el saxofón en su funda, se la colgó al hombro, cogió la botella de ron y empezamos a caminar bajo los copos de nieve. Me aferré a su brazo. Nuestros pasos se escuchaban al unísono y los villancicos quedaron atrás.  La noche resultaba menos inhóspita. Él, sin perder la sonrisa, me miraba e imaginé que sentía lo mismo que yo. Al final de la calle unas luces de neón se encendían y apagaban.  Nos paramos allí. Al letrero iluminado de la fachada le faltaba una letra.

—Esta es mi pensión —me dijo—.  No creo que a Manolita le importe poner un plato más en la mesa para ti.

Iba a protestar, pero su mirada amable y su gesto al cederme el paso me disuadieron. Subimos al primer piso y tras cruzar un corto pasillo llegamos al comedor. Los adornos navideños, las bolas de plástico y las guirnaldas de papel alrededor de una lámpara con cuatro tulipas azules daban una atmosfera irreal. Las paredes estaban llenas de fotografías antiguas. El tapizado raído de las sillas y un viejo armario con puertas de cristal dónde estaba la vajilla eran testigos elocuentes de muchas historias en torno a una mesa ovalada. Era como si al atravesar aquella puerta hubiéramos retrocedido más de cincuenta años. Todo estaba limpio y ordenado.

Doña Manolita me abrazó como si fuera alguien de la familia que hubiera venido a verla. «Me complace que mi músico preferido haya traído una amiga», dijo entusiasmada mientras me presentaba al resto de huéspedes. Era una mujer corpulenta. En su cara redonda, muy maquillada, destacaban unos ojos vivos y saltarines. Llevaba un vestido de lentejuelas que le apretaba en demasía. Un mantel de color rojo, como el esmalte de sus largas uñas, vestía la mesa. Con grandes aspavientos nos fue colocando a todos. Una chica joven vestida con delantal y cofia, nos sirvió una sopa caliente. Nadie separaba los ojos del plato mientras la apuraban en silencio. Me di cuenta de que el músico me miraba, bajé los ojos y empecé a comer. La compañía bien valía una botella de vino. Doña Manolita se había esmerado con el pollo para darle sabor a romero y a orégano. Las conversaciones se fueron animando. Sacó polvorones, mantecados y guirlache. Con ellos Manolita cantó un villancico que no conocíamos, hablaba de compartir las estrellas. Le saltó una lágrima cuando nos dijo que lo cantaba a dúo con su padre. Cerré los ojos y una mano fuerte apretó la mía. Luego brindamos con sidra después de apurar el vino que quedaba en los vasos. Aquella gente desconocida se convirtió esa noche en mi familia. Apenas habían pasado unos minutos de las doce cuando él se levantó, se colgó la maleta del saxo sobre el hombro y me dio la mano. Quise despedirme de todos pero no me dio opción. Lo cierto es que cada uno estaba por sus cosas. De la única que pude hacerlo fue de Doña Manolita, que cuando le di las gracias por la cena y la compañía me pidió que volviera.  Me quité mi pañuelo de seda y se lo anudé al cuello. El abrazo que recibí me estremeció de pies a cabeza.

Caminábamos aprisa, sin hablar, para llegar a un local mal iluminado. Bajamos tres escalones. Olía a humedad y a cannabis. Me lo aclaró cuando le interrogué sobre aquel olor tan raro.

—Viene conmigo, ponle un ron y cuídala —le dijo a un camarero mientras me hizo ademán de que me sentara en un taburete en una esquina de la barra.

—Llegas tarde—escuché que le dijo el hombre que estaba sentado al piano.

Él se incorporó al grupo de músicos sin contestarle.

La música empezó a sonar. El local estaba abarrotado. Era un lugar extraño.  Observaba a la gente que escuchaba entusiasmada. Una mujer de color cantaba con melancolía. Volví a quedarme atrapada por aquella música. Mientras sonaba un blues apuré mi copa. El camarero quiso volver a llenarla. A las tres de la mañana dejaron de tocar. Fuimos a un par de tugurios donde se encontró con muchos conocidos. En la calle hacía mucho frio, helaba. La nieve pisoteada por las ruedas de los coches había dejado de ser blanca.  Me pasó el brazo por encima de mis hombros y me apretó contra él.  Me sentí protegida.  Cuando dijo de llevarme a mi casa le dije que no. Quería seguir con él. Fuimos caminando en silencio hasta su pensión. Al llegar encendió un brasero eléctrico y nos sentamos junto a él. Sacó dos vasos y una botella de ron.  Cuando ya amanecía seguíamos hablando. En aquellas horas nos contamos muchas cosas. Le conté lo del camión. Aquel maldito camión que aplastó a mi marido y a mi hija en la carretera hacía apenas cuatro meses, robándome la vida.  Con un beso me sorbió las lágrimas.

Era como si nos conociéramos de toda la vida. El ron y el cansancio me vencieron y me quedé dormida. Era mediodía cuando me despertó.  Se escucharon las campanadas del reloj de una iglesia cercana.  Las ruedas de los coches trazaban surcos ennegrecidos sobre la nieve de la calzada. Era el día de Navidad y aunque parecía que el tiempo se había detenido, él tenía que coger un tren. Le escribí en un papel mi nombre y mi teléfono, lo dobló y lo metió en una esquina de la funda de su saxofón. Me quedé sola en el andén mientras el tren se lo llevaba. Ni siquiera sabía su nombre.

Pasaron muchas más navidades pero nunca olvidé aquella. Desde entonces en mi casa no faltó un poco de ron para escuchar un blues.

Un día, fue en Paris, acompañada de Carlos, mi segundo marido, me crucé con un hombre en el hall del Hotel de la Opera. Me resultó familiar. Alto, moreno, con el pelo hirsuto, y las sienes plateadas. Iba de frac, con su pajarita blanca, muy elegante, con las manos en los bolsillos.  Nos miramos, detuvimos el paso llenos de dudas, al fin seguimos andando cada uno, pero no me atreví a volver la cabeza. En el mostrador, con discreción, pregunté por él. Me dijeron que era un afamado director de la Orquesta de la Opera.

El teléfono sonó varias veces. —No—le dije, mi acompañante no tiene problemas para compartir la cena, siempre que invite yo y suene un blues. Al fin y al cabo tengo pendiente una deuda. Ese día supe cómo se llamaba el hombre que me regaló una Navidad.

© Bárbara Fernández Esteban

“Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Mi lectura de “Los últimos”, una novela de Juan Carlos Márquez, publicada por la Editorial Salto de página en su Colección púrpura, que partía con la ventaja del entusiasmo por una nueva obra del escritor bilbaíno, del que he leído casi todo lo que ha publicado hasta ahora (Oficios, Norteamérica profunda, Llenad la tierra, Tangram y Lobos que reclaman la noche), adolecía también de un hándicap, mejor decir, de una clara dificultad para mí y para la novela. Y es que no me gusta la ciencia ficción —una más de mis muchas imperfecciones—, y menos en literatura apocalíptica. Casi todo está muy redicho en el último libro de la Biblia. Lo demás son imitaciones. Sin embargo, Márquez, vence mi repugnancia con la ironía que rezuma su novela que, aun narrando una historia lineal, transcurre entrecortada a base de destellos y flases en la oscuridad, a través de calculadas pulsiones que transfieren el ritmo de un juego de acción. Una novela que se lee deprisa y que además se me ha quedado corta. Un humor que sustenta todo el relato, además del lirismo de ciertos relámpagos que iluminan los detalles de una vida novísima, en la que queda deslumbrado, y la infancia. Márquez resulta a veces un sentimental agazapado en la ironía como disfraz.

La novela tiene dos partes muy diferenciadas, hasta en el tono aun siendo una sola voz, y es un acierto.

La primera es lo más parecido a un video juego, en el que imagen y palabra avanzan en simbiosis para describir con una iconografía muy potente un mundo destruido del que hay que huir, una civilización acabada, no por su propia contradicción que es lo usual en la mayoría de las apocalipsis —Márquez no entra en valoraciones éticas o morales, solo le importa lo esencial—, sino por el devenir del propio omega para iniciar un nuevo alfa en una vida que no se subordina. Sobrevivir no es más que un constante renacer.

“Los últimos”, después de la regresión apocalíptica de un mundo derruido, sin Sibilas ni oráculos, disuelve la civilización y la cultura; casi todo menos la ciencia como medio de supervivencia y, por supuesto, la memoria. Y con ese bagaje se entra en la segunda parte, como una nueva arca de Noé muy precaria en un medio hostil al que adaptarse, un nuevo oeste que conquistar, mutar para comenzar de nuevo. Se acabó el video juego. Aquí, “mutatis mutandi”, volvemos a Defoe. Lo prodigioso será integrarse con alguna esperanza en el medio casi incompatible para hacerlo útil. Sobrevivir. La energía como recurso que recrea el mundo.

Este encuentro de la segunda parte no sufre la paranoia de la huida, es mucho más pausado, más didáctico, más emocional y más denso sin dejar de lado la ironía, carente ya de todo sarcasmo.

Juan Carlos Márquez nos descubre en esta novela, con una prosa concisa, una creatividad admirable que hace atractiva su lectura y por ende muy recomendable tanto para los fieles de la ciencia ficción al que tan devota es con meritado aplauso la Editorial Salto de Página, como para los agnósticos al género como yo, lo que sin duda dice del mayor mérito de la novela.

Una novela cuya lectura tiene banda sonora. Siendo ello muy subjetivo, la he leído, potenciadas al máximo sus imágenes, escuchando el Uaxuctum de Giacinto Scelsi o, menos agreste, también el Goodbye Blue Sky de Pink Floyd. Prueben.

© Bárbara Fernández Esteban. Noviembre 2104.

II Encuentro en Salou con la literatura y la música aragonesa. Homenaje a Labordeta.

Homenaje a Labordeta. Organizado por la AAE y el Ayuntamiento de Salou

Homenaje a Labordeta en el II encuentro en Salou con la literatura y la música aragonesa. Organizado por la Asociación aragonesa de escritores con la colaboración del Ayuntamiento de Salou y la rondalla cultural aragonesa Jaime I de Salou.

Desde mi casa se ve el mar. Eran las siete de la tarde del 29 de agosto pasado y después de mirarme al espejo, en un último repaso a mi aspecto para  acudir a una cita importante, me asomé a la ventana para contemplar el cielo que habían anunciado amenazador desde hacía tres días. El mar permanecía tranquilo sin que nada alterase su azul oscuro a pesar de que, en el horizonte exageradamente gris, las nubes de plomo se habían detenido sobre él.  Después de varios días de poemas y canciones de José Antonio Labordeta, a cuyo encuentro iba en la Torre Vella de mi pueblo, para el merecido homenaje que le dedicaba la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE) y el Ayuntamiento de Salou, me pareció encontrarme con su rostro cincelado en aquel mar que él había descubierto a los veintitrés años por primera vez desde lo alto del Campamento de Milicias Universitarias de Castillejo. Sé que le sonreí a través de la ventana y él me devolvió al instante la sonrisa con su característico rictus conejil.

Faltaba apenas media hora, y sabía que la rondalla afinaba los instrumentos: las guitarras, el laúd, las mandolinas, y ordenaba las partituras; las sillas estaban vacías, el recinto de la Torre Vella, expectante, de gala, la gente agolpada en la puerta cerrada y los escritores, que encarnarían su voz en una tarde que había quedado plácida, acudían prestos al II Encuentro de la Literatura y la música aragonesa. Y en el centro de todo, el homenajeado, José Antonio Labordeta.  Mientras tanto, un pequeño percance con el ascensor de mi casa hizo que unos minutos se me hicieran larguísimos. Quizás una broma del “abuelo” para que entendiera mejor que toda su obra participaba de la opresión y el agobio de los largos tiempos de la postguerra en su Aragón querido. En el Teruel de mi infancia y en la Zaragoza de mi adolescencia.

Sin exagerar, puedo decir que más de doscientas personas ocupaban, sentados y de pie, apoyadas las espaldas en las viejas paredes del patio de la Torre Vella.  El aire olía a multitud y a memoria bajo el ficus que iluminaba un sol tímido que huía.

En la primera fila estaban la regidora de Cultura y ocho regidores del Ayuntamiento junto al presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores. Yo ocupé, uno de los últimos asientos, para, con mayor libertad, presentarme ante el micrófono por el que tenía que anunciar a todos los escritores y poetas que intervendrían en el evento.  Gentes importantes, a quienes quiero y admiro: Ángel Guinda, Carmen Aliaga, Fran Picón, Manuel Martin. Junto a ellos ocupaban también la primera fila, los cantautores Luigi Maráez y Âlime Hüma. Todos conmovieron al público con sus intervenciones. Pero no quiero adelantarme en el relato de lo que ocurrió esa tarde mágica.

El primer acorde de la rondalla secuestró las palabras y la música inundó el ocaso del último viernes de agosto de la Torre Vella. Un silencio hermoso se extendió entre el público y la voz estremecida del presentador, convocó a Labordeta.  Lo hizo presente José Luis Corral Lafuente. Con excelente oficio nos habló de él, de la literatura que hermana a los pueblos, de su historia y sus vivencias para terminar agradeciendo al Ayuntamiento de Salou su apuesta conjunta con este segundo evento literario.

Le siguió Carmen Aliaga, poetisa aragonesa de voz cercana y gesto dramático que leyó dos poemas de las primeras publicaciones del abuelo. Yo leí un fragmento de “En el remolino”, un texto muy labordiano que habla de lo estúpido que puede ser el sufrimiento y la muerte. Fran Picón nos conmovió con poemas de la época más madura de Labordeta, y Ángel Guinda nos contó su relación con el homenajeado y con su voz profunda nos sacudió el alma con versos propios que cantaba José Antonio. Manuel Martín nos recordó el coraje y las andanzas del abuelo sacando imágenes de su mochila y Luigi y Âlime nos trajeron la añoranza de días pasados de la infancia en dos temas sublimes de Labordeta. La rondalla nos sorprendió con una jota especialmente escrita y dedicada a los escritores de la AAE cuyo eco resonará por mucho tiempo en los muros de la Torre Vella y en nuestros corazones.

El presentador, José Carrasco, (miembro de la AAE), con gran pericia, condujo al público de la mano por el tránsito de la vida y obra de Labordeta, ayudado de las soberbias interpretaciones de la rondalla. La tarde quedó hechizada de nostalgia entre dos luces mientras Labordeta se hacía grande en nuestra memoria.

Con la luz, se fue, después de haber posado sus manos en nuestros hombros igual que el viento sobre el mar. Se fue tras recordarnos que somos como esos viejos árboles batidos por el viento; se fue cerrando la puerta, dejándonos su recuerdo en carne viva.

La Regidora de Cultura cerró el acto con preciosas palabras de gratitud para todos. Nos trasladó el emocionado saludo de nuestro Alcalde que estuvo presente de corazón, y la rondalla comenzó a tocar “Canto a la libertad” que levantó como un resorte a todos y nos pusimos a cantar con José Antonio Labordeta delante de nosotros, seguros de que habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad.

No fui la única a quien se le humedecieron los ojos. La cálida noche del último viernes de agosto en la Torre Vella nos encontró con un vaso de vino brindando por el “abuelo”. Al llegar a casa y mirar por la ventana, una luna incipiente cincelaba en el mar la sonrisa de un aragonés universal.

©Bárbara Fernández Esteban. Agosto 2014.

Prensa:

Salou rinde un homenaje a Labordeta 

http://www.salou.cat/noticia_detall/_WJSnMCmKj4FboysZODAbMSnkejG2YEmk8OIejE8MduM

 

 

“La casa de los arquillos” reseña.

"La casa de los arquillos"

Reseña de “La casa de los arquillos”

 

La explicación de por qué La casa de los arquillos, de Pilar Aguaron, publicada por la Editorial La Fragua del Trovador, no es una novela al “uso”, es porque es una novela sugerida. Y ese es para mí, precisamente, uno de sus principales méritos.  Explicaré lo que quiero decir con ello haciendo referencia al entorno en el que he leído la novela. Un entorno que necesariamente se presta a las sensaciones integradas: al color, al sonido, al sabor, a los olores de una casa, al tacto y finalmente al equilibrio. Exageraría si dijera que para leer La casa de los Arquillos haya que hacerlo en un entorno que excite los sentidos. Sí quiero subrayar que se comprende, que se revive mejor en un ambiente “impresionista”, porque los diez relatos que componen el libro, respecto a su conjunto, están escritos de la misma forma que se elabora una pintura con tal estilo. Historias, retazos reminiscentes, cambiantes e impredecibles en torno a un motivo conductor —una casa cargada de recuerdos, de dolor, de amores, de esperanzas y miserias, las de sus distintos personajes y protagonistas —, como pinceladas que expresan las ideas, insinúan las formas que no se perciben a simple vista, para que el ojo y la mente en una sensación constructora las saque de la bruma.

Pilar Aguaron ha pensado la memoria de La casa de los arquillos de una manera integradora y sintética. Escribir no significa poner algo junto a lo otro dejando abismos de nada, de vacío en los intermedios. La autora, con la maestría de quien sabe del todo a partir de lo específico, nos ha propuesto un discurso diverso, con un hilo conductor único sobre el sustrato que constituye el espacio (la casa) y el tiempo (la memoria). Transiciones dinámicas sobre ese cimiento que es lo que da unidad a la novela a través de sus diez relatos. Una novela insinuada con gran fuerza configuradora desde la imaginación. Otro gran acierto de la escritora zaragozana que lo hace fácil desde su oficio de pintora.  No me refiero al color de las historias—negros y grises con destellos de esperanza y carmín—, a su obra pictórica que lamentablemente desconozco en demasía, sino a la parte literaria de La casa de los arquillos, donde su perspectiva no resulta bidimensional, como si se tratara de dos coordenadas cartesianas, el espacio y el tiempo a que anteriormente he hecho referencia, sino que va más allá. Pilar Aguaron no olvida, quizás por deformación profesional, la tercera dimensión de “La casa…”, que es su elemento más integrador, la simbiosis que produce con los personajes, arrastrándolos con ella, como parte de la misma, al amor, al odio, al éxito o al fracaso, a la envidia, al abandono, a la ira,  a la guerra y al despropósito, a la existencia en definitiva para avocar en la destrucción como salida, pero no en el olvido. Un conjunto bien logrado para una novela magníficamente apuntada.

Con el libro entre las manos y el océano a mis espaldas, de cuyo azul me separaba el aroma y el color intemperante de las flores, era el rumor de las olas, arrastrándose cansinamente entre las rocas, el que ponía banda sonora a la novela de Pilar Aguaron, y a veces me recordaba el sonido de un chelo con ecos de Boccherini o el piano lento de Satie. Sin embargo, cuando la terminaba de leer en la penumbra de la terraza resguardada de un hotel tinerfeño, al atardecer de un día largo, cuando el sol alcanzaba casi el Trópico de Cáncer, sonaba a lo lejos la voz de un saxo tenor, y he descubierto con complacencia que Gato Barbieri, con una “milonga triste”, ponía punto final a un libro excelente. El placer de la lectura ha sido múltiple.

© Bárbara Fernández Esteban. Junio 2014. Puerto de la Cruz.

 

 

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