Entradas con la etiqueta ‘cancer’

Día del libro

DIA DEL LIBRO 23-04-2016

Ayer, día del libro pasé un día agotador pero maravilloso entre libros y rosas. Entre amigos y lectores interesados en los libros. Entre las gentes del lugar donde paso mis días y, fue gratificante.

dia del libro en salou

Associacio oncológica Amedeu Pelegrí

Como en años anteriores estuve en Salou, donde resido. Ese día, más si cabe que el resto del año, mis libros son solidarios. Muchas asociaciones benéficas cuentan con ellos. Yo suelo estar en la parada de una asociación local contra el cáncer, y allí firmo casi sin tregua los de esa parada y los que compran en otras y vienen a que se los firme.Dia del libro

Ayer, fue un día precioso, mucha gente se llevó mi libro dedicado. Volví a casa agotada pero feliz. Contenta de que la gente se interesara por mi nuevo libro y que además sirviera para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer y otras enfermedades.

Espero que todos hayáis pasado un buen día. Yo guardo mis emociones en el corazón con la sensación de   haber puesto mi granito de arena para lo que realmente es esencial. Ayudar a los demás.

 

 

 

© Bárbara Fernández Esteban.   Abril 2016.

.

El abrazo

Tal día como hoy nació Laura. Una mujer maravillosa. Una mujer anónima para el mundo pero no para los que la conocieron y que de alguna forma rozó sus vidas. Una mujer a la que le debo la vida y mucho más. Una mujer que siempre está a mi lado. Una mujer que se fue…pero se quedó conmigo. Una mujer a la que jamás dejaré de querer y admirar.  Gracias mamá.

 

El abrazo

 

Aprender a soslayar las cosas triviales y a apartar de mí los pensamientos destructivos no fue fácil. Me invadía la rabia y la tristeza. La impotencia ante la realidad me superaba. Me miraba fijamente a los ojos mientras me decía que para ella lo importante era que yo fuese feliz. Que la rabia acabaría envenenándome si seguía comportándome como lo hacía. Que debía admitir la realidad y que pasase lo que pasase ella siempre estaría a mi lado.

Sentada en una silla de la cocina con las manos recogidas en su regazo me observaba. Puse el aceite en la cazuela, un poco de cebolla muy cortada y antes de que dorara del todo arrojé el pollo troceado. Luego tome un bote cerveza del frigorífico, lo abrí, di un sorbo y con el resto ahogue los pedazos de carne.  Lo hacía tal y como ella lo había preparado siempre. Parecía que me examinaba. Entrecerraba sus ojos grandes y negros que no habían perdido su brillo, y sin embargo, nunca lograba darle ese punto tan especial que ella le daba a sus guisos. Parecía querer cerciorarse de que todo lo que me había enseñado a lo largo de su vida lo había aprendido bien.

Desde que había comenzado el otoño su salud renqueaba, sin embargo apenas se quejaba de los persistentes dolores abdominales que la martirizaban. Era fuerte y aguantó más de lo debido. Una mañana de enero, cuando el invierno blanqueaba se desvaneció. Creí morir de angustia. Una ambulancia nos trasladó rápidamente al hospital donde con prisas hurgaron en sus entrañas. Como si la hubieran recompuesto parecía que revivía, que el frio se atemperaba haciendo las tardes plácidas, pero, en una de ellas, la noticia que nos dio un médico con cara estúpida nos dejó desencajados a todos. El cáncer se había apoderado de ella tal y como él había sospechado. Aquella tarde el sol se escondió de vergüenza y el cielo parecía la barriga de una rata. Llovió tanto que mi alma se quedó humedecida. Desde entonces cuando me hablan de esa enfermedad algo frio y húmedo se cuela en mi memoria.

Con aquella sensación en mi piel no me atrevía a entrar en su habitación. No tenía ni idea de cómo tratarla. Alguien me había robado una parte importante de mi vida; algo ya no era mío y a partir de ahí la rabia me fue carcomiendo, hasta que ella me facilitó el camino. A lo largo de los siguientes meses me dio las lecciones más importantes de la vida.

Cuando en el hospital ya no podían hacer más por ella nos despidieron. Pero no volvimos solos, la muerte vino en su maleta, se instaló en nuestro hogar como una invitada intrusa y descarada que se apodera del mejor sillón de la casa. Mi madre la miraba sin perturbarse y poco a poco fueron intimando. Yo no quería verla. Le pedía a gritos que se marchara de nuestro hogar. La odiaba. Sin embargo, mi madre empezó a hablarme de ella, y me sonreía.  Poco a poco aprendí a tolerarla. Cada día me sorprendía de alguna manera. Con naturalidad, como si no pasara nada, fue desprendiéndose de todas las cosas materiales. Como si se tratara de un juego encontraba los momentos adecuados para ponerme un anillo en mi dedo. Una gargantilla en el cuello de una de sus nietas.  Un collar en el de otra… Con cada gesto yo me reservaba las lágrimas, y así poco a poco fue quitándose las cosas terrenales que parecían molestarle. Otro día abrió su armario, <<este traje me gusta, siempre me ha gustado, es cómodo y elegante>>. Yo intuía qué quería decirme y un escalofrío recorría mi espalda mientras le sonreía y seguía su conversación como si estuviéramos preparando la ropa para una fiesta o una celebración. A solas lloraba para luego ante ella poder ofrecerle mis sonrisas. Eran muy duros esos momentos en los que su serenidad y aceptación me superaban. Cada vez la admiraba más. Sería muy difícil seguir sin ella. Pero en esos momentos, contagiada por su aplomo la acompañaba en el juego que había inventado.  Otro día me sorprendió revisando mi ropa. Hace tiempo que no te pones este traje negro, me dijo. ¿Por qué no lo llevas a la tintorería? Te sienta muy bien. Me hubiera gustado gritar. Salir corriendo y no parar hasta acabar extenuada. Me limité a dedicar unos momentos para ir a la tintorería obedeciendo mientras ella me dedicaba una caricia junto a su limpia sonrisa.

Dos largos meses se hicieron muy cortos, y cambiaron mucho mi vida. La invitada seguía allí, paciente, apoderándose de ella, conquistándola, acercándose cada día más a su vera. En las últimas semanas mi madre fue empeorando de la mano de la parca. La morfina le suprimía el dolor físico, de eso estaba convencida porque siguiendo las instrucciones de sus médicos me encargaba personalmente de suminístrale la dosis oportuna. ¿Y el dolor moral? Eso nunca lo sabré porque nunca me dejó entrar en su mente para poder saberlo a ciencia cierta. Hasta el último momento su entereza fue una lección. Una mañana la invitada en un abrazo fatal se la llevó con ella. Se fue con la misma dignidad con la que había vivido. Aunque, nunca se fue del todo porque parte de ella se quedó con nosotros y sigue dándonos la fuerza y la fe para continuar viviendo.

 

 

Mis libros

¡Suscríbete!

Archivos

julio 2017
L M X J V S D
« Oct    
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31