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Día del libro

DIA DEL LIBRO 23-04-2016

Ayer, día del libro pasé un día agotador pero maravilloso entre libros y rosas. Entre amigos y lectores interesados en los libros. Entre las gentes del lugar donde paso mis días y, fue gratificante.

dia del libro en salou

Associacio oncológica Amedeu Pelegrí

Como en años anteriores estuve en Salou, donde resido. Ese día, más si cabe que el resto del año, mis libros son solidarios. Muchas asociaciones benéficas cuentan con ellos. Yo suelo estar en la parada de una asociación local contra el cáncer, y allí firmo casi sin tregua los de esa parada y los que compran en otras y vienen a que se los firme.Dia del libro

Ayer, fue un día precioso, mucha gente se llevó mi libro dedicado. Volví a casa agotada pero feliz. Contenta de que la gente se interesara por mi nuevo libro y que además sirviera para recaudar fondos para la lucha contra el cáncer y otras enfermedades.

Espero que todos hayáis pasado un buen día. Yo guardo mis emociones en el corazón con la sensación de   haber puesto mi granito de arena para lo que realmente es esencial. Ayudar a los demás.

 

 

 

© Bárbara Fernández Esteban.   Abril 2016.

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La rosa y mi libro

La rosa y mi libro.

 

Ya me dolía la mano de tanto firmar y la boca de tanto repetir lo mismo. «¿Cómo te llamas?» , les preguntaba con voz cansada. La cola era larguísima. A continuación ponía el nombre mientras escribía en la primera página una dedicatoria amable. Había quien la pedía especial, incluso me la dictaba. Yo, encantada, así no tenía que pensar.

—¿Y tú? —le pregunté al siguiente.

—Murakamí —me contestó. Llevaba una rosa en la mano.

—¿Haruki? —exclamé. Me sonrió alargando sus ojos oblicuos. Casi se me cayó el bolígrafo de las manos.

No me acuerdo qué le puse pero me salió la letra temblorosa. Luego le rogué que me firmara uno de los suyos que había en un montón.

—¿Has visto? —le dije al siguiente mientras señalaba al que se alejaba con mi libro.

—¿Qué? —preguntó un tanto sorprendido. Era alto, repeinado, con los cabellos muy grises.

—¡Murakami! —le contesté con aspavientos.

—Imposible—me contestó—. Además, no firma libros y está en Hawái, tal vez corriendo —añadió con cierto acento latino.

Lo miré de arriba abajo, ladeada, antes de preguntarle por su nombre, y empecé a escribir algo formal. «Mario», respondió después de una eternidad.

Metí la rosa del otro en el libro y se lo devolví, clavándole los ojos.

—Vargas, claro. ¡Anda ya!

© Bárbara Fernández Esteban ,/abril 2013

 

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